De Torimbia a Sopelana en furgo

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Dejamos Asturias tras tres noches en Torimbia con sus inolvidables atardeceres y amaneceres, la cuesta para llegar a la playa y los furgoneter@s tan majos que conocimos como la familia de Madrid con la que charlamos y el granadino que nos regaló dos calabacines.

Sin agua, sin comida y casi sin diésel debíamos partir y cargamos en Llanes, pero esta vez no entramos en este bonito municipio. Queríamos llegar a Sopelana para adelantar algo del camino que ahora nos lleva a nuestro paraíso en Soria, Monteagudo de las Vicarías.

A Sopelana vamos con frecuencia, pero suele ser durante el invierno. Anoche el parking de arriba estaba cerrado y abajo hemos dormido francamente mal. Hemos soportado muchísimo ruido y a un tipo del ayuntamiento segando el maltratado césped del aparcamiento desde las 8 am. Además, anoche hubo chicos dando voces y tocándole las narices a un perro de una furgoneta. Lo hicieron hasta altas horas y eso nos intranquilizó bastante.

Bueno, el atardecer sobre la salvaje compensa. Y también el paseo de hoy porque a la playa no hemos podido acceder con Lala. Indicar que ahora, en verano, hay que pagar por estacionar.

Anoche, cumplimos con la tradición de zamparnos una hamburguesa en La Triangu.

Hoy, hemos salido a media mañana y hemos entrado en Gorbeia. Lo teníamos pendiente y el bosque ha cumplido, como suele hacer, su función. Ha sido un paseo reparador, equilibrador. Y es que la vuelta a la realidad nos está tensando…

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De camino al monte, se pasa por pueblos muy bonitos, Orozco, es uno de ellos, con sus casonas y balcones con flores coloridas.

Ahora, conducimos por La Rioja y pensamos en volver pronto al norte.

De Rodiles a Torimbia en furgo

En Rodiles estuvimos tres días con sus tres noches. En el parking de la playa, donde existe una zona para autocaravanas. Había baño, que en circunstancias normales, como dijimos en el anterior post, tiene duchas, abierto de 10 a 22 horas, junto al chiringuito y la escuela de surf en la que hicimos un curso de tres días.

Uno de nosotros se encuentra ahora mismo con poca energía así que no le importó estar haciendo nada junto a Lala. A ella no le dejan acceder a la playa y lo cierto es que las sendas en esa zona de ría y mar son limitadas de modo que caminamos vueltas y vueltas por los eucaliptos situados frente a la playa y apenas corrimos, un par de tardes 4 km. También subimos a un monte que ha sufrido un incendio y en el que las máquinas han abierto caminos. Tantos que en un momento creímos perdernos.

En Rodiles surfeamos, leímos -aunque no estamos muy lectores esta vez, debimos agotar todas las ganas en el confinamiento-, comimos helados en un puesto llamado ‘Los valencianos’ y pipas de otro, que creemos recordar se llamaba ‘Emilio’ y que era un anciano que se despedía con un ‘adiós, vida’. Sin el mi, es bonito.

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Conocimos a una pareja de Santoña que hacía poquito habían comprado su camper y nos gustó comprobar cómo algunos nos emocionamos con la casa sobre cuatro ruedas.

Abandonamos Rodiles a media tarde y nos fuimos a Lastres, subimos y bajamos las cuestas que en su momento una serie de televisión llevó a turistas en peregrinación. ¡Lala se portó como una campeona! Este pueblo, catalogado como uno de los más bonitos de España (el nuestro, Monteagudo de las Vicarías, también pertenece a dicha nómina -toma cuña publicitaria-), es realmente bonito. Recordamos una noche que pasamos en el Hotel Palacio de Luces, cuando no teníamos furgo, y entramos en la pequeña tienda de la aldea, entonces para comprar un bañador y esta vez, Cabrales, melocotones… y otras provisiones.

Pasamos por Colunga y nos detuvimos en las playas de Carabia, donde paseamos al atardecer, en la última, llamada Beciella, que permite el acceso de perros. Esto de los perros está siendo un rollo, podemos comprenderlo, pero podía haber horarios, zonas reservadas… bueno, un rollo.

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Queríamos dormir en el mirador del Fitu, en un área que no encontramos y que tenía un acceso un poquito complicado que no nos atrevimos a probar por la niebla y la atmósfera invernal. Así que de bajada, cerca ya de las 22 horas -este viaje vamos tarde a todas partes-, decidimos pasar la noche en una antigua cantera. Éramos cinco furgonetas y la noche fue muy tranquila.

Nuestro amigo Matías nos recomendó acercarnos hasta el pueblo del que descienden sus padres y en el que él paso un tiempo de la infancia. Se llama Cueves del Agua y es una preciosidad. El acceso, a través de una cueva, es muy sorprendente. Allí charlamos con Verónica, que tiene una tienda y donde compramos varios quesos, que hoy nos zamparemos. El Cabrales de la tiendita de Luces lo llevamos ya… porque resulta que a Lala le chifla el queso.

La noche pasada hemos dormido en el prado de unos familiares, en Hontoria. De allí hemos ido a la playa de San Antolín, al final, pasado el río, se puede estar con perros. Hemos estado mientras el otro surfeaba… pero nos han llamado la atención al salir y se nos han hinchado un poco las pelotas. Así de claro. Tanto que hemos pensado en irnos a Cantabria, pero estamos en Torimbia, playa que ya conocíamos y que es una maravilla.

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Hemos estado en la última playa, nudista y que admite perros. No hay carteles de prohibido así que mañana nos la jugaremos en la playa grande.

Ahora llueve mucho, las hormigas voladoras han anunciado la tormenta. Aquí nos quedamos, a refugio, mientras Lala ronca…

Casa Zaldierna merece un viaje

Nos gusta e interesa mucho la gastronomía, por ello, con frecuencia conocer un restaurante o una zona con productos ricos supone la razón de nuestros viajes. Esta escapada a través de Soria y La Rioja tenía una meta: nuestra reserva en Casa Zaldierna.

Zaldierna es una pequeña aldea, a escasos kilómetros de Ezcaray, municipio muy conocido y con un ambiente súper agradable. Allí, sin duda, existe otro lugar, Echaurren, con dos merecedísimas estrellas para la familia Paniego, con el chef Francis a la cabeza, y que asimismo merece un viaje.

Precisamente, Francis Paniego nos habló por vez primera del proyecto de Antonio y de Pilar, propietarios de Casa Zaldierna. Ambos, que son pareja, coincidieron trabajando en la casa de Paniego y, aunque ninguno es de La Rioja, decidieron iniciar un proyecto personal en una aldea en la que apenas viven 6 personas.

Se trata de un lugar con encanto, en un entorno natural maravilloso y en el que este restaurante, que además tiene cuatro habitaciones, supone un gran reclamo turístico.

Hemos comido de cine, como hacía tiempo. Cabe señalar que quienes adoran la caza y las setas, en temporada, como ahora, aquí pueden perder la cabeza. El plato de boletus con crema de calabaza, foie y huevo a baja temperatura ha sido para llorar.

Destaca la parrilla y el sarmiento impregna platos increíbles, pero antes de llegar a principales logradísimos y a platos de cuchara que traen gratos recuerdos, es obligatorio, sí, lo es, empezar por las croquetas. MA-RA-VI-LLO-SAS.

Ahora que están de moda las tartas de queso, la de Casa Zaldierna merece, como decimos, un viaje. Buena, rebuena. Claro que la de cuajada con polvo de boletus por encima… no se queda atrás. Y los helados, además, son de Fernando y Angelines, de la Heladería dellaSera, otra parada obligatoria, esta vez, en Logroño.

Nosotros hemos tomado el menú degustación (42 euros, bebidas aparte) que permite una buena inmersión en la filosofía de la casa. Nos gusta además el vínculo con los productores y la importacia otorgada a los ingredientes próximos. Gran parte de la despensa vegetal procede de La huerta del Oja, un proyecto en manos de emprendedores jóvenes sumamente interesante. ¡Antonio nos ha comentado que los chiles que allí cultivan son espectaculares!

Para nosotros, que procedemos de un pequeño pueblo, tiene mucho mérito el que se inicien proyectos o continúen negocios de toda la vida en el medio rural. Porque los fines de semana, en vacaciones y durante le verano, suele haber gente, pero el día a día, sobre todo en invierno, es realmente duro. Y defender un establecimiento tan especial como Casa Zaldierna, disfrutar de su cocina y atención, pueden ser una buena razón para programar una escapada.

Y claro, antes o después, detenerse en Ezcaray, para darse una vuelta e intentar tener suerte en Casa Masip -nosotros hoy no la hemos tenido- y tomarse un buen aperitivo. También para acercarse a la fábrica de Mantas de Ezcaray y querer, como nosotros, llevarse bufandas de todos los colores.

Cerdeña en furgo III

[Este post fue escrito hace dos noches; es lo que tiene la falta de cobertura. Y tan ricamente, oiga.]

Pues con la pareja de Pamplona estamos ahora. Rosa y Txus nos han dicho que no les importa que les nombremos así que ya lo hemos hecho. Cuando se viaja en furgo se suelen dar coincidencias agradables, puedes tener la suerte de encontrar personas afines con las que compartir la cena, el desayuno o un rato de playa. Así nos ha sucedido con ellos. Ésta es la segunda noche que hemos montado el campamento juntos. Y estamos encantados.

¡Pero vayamos por orden!

La noche en Sinzias tuvo un pequeño contratiempo, mínimo. El parking no era muy amplio y, además con bastante desnivel, pero nosotros ocupamos una esquinita, siguiendo las indicaciones del vecino de al lado, un italiano majo. Su mujer pegó la oreja mientras charlábamos con otros furgoneteros de Bilbao, porque, como nos dijo, le encantaba nuestro idioma.

Pues eso, aparcamos junto a ellos, dejando un ‘corralito’. Y a media noche, abrimos un ojo y vimos que teníamos una autocaravana justo detrás, dando la impresión de habernos bloqueado la salida apurando un mínimo espacio plano. Nos llamó la atención lo dormidos que debíamos estar porque no los habíamos escuchado al aparcar. Y no dormimos ya a gusto pensando que estábamos, como decimos, sin salida.

De modo que a las 6.30 h. estábamos en pie, recogimos y a las 7.00 h. nos marchamos. Lo hicimos rumbo a una playa que nos había sugerido el matrimonio vasco: Feraxi. Si leen este blog: ¡GRACIAS!

Es el lugar en el que más horas hemos pasado hasta ahora. Y allí llegaron Rosa y Txus, y anoche cenamos tan ricamente. Ellos se curraron una súper tortilla de patatas; nos chiflan las cenas con compañeros de furgo, en las que se pone todo sobre la mesa… nosotros ayer teníamos poco chicha, pero hicimos pasta y ellos, como broche, sacaron una botella de moscatel (Azpea, de Lumbier).

Esta mañana, hemos desayunado largo y tendido. Nos hemos despedido y ellos han continuado; nosotros nos hemos ido a la playa, pero el viento nos ha animado a seguirles le pista. Y aquí estamos ahora, en Cea, rodeados de mosquitos, pero tan contentos sabiendo que compartiremos buena cena y mejor charla.

Ellos nos están reconciliando con nuestra vida en Pamplona, de la que tenemos un recuerdo un poquito agridulce. ¡Gracias, pareja!

Un pequeño apunte práctico, al parking de Sinzias llegamos en torno a las 17.30 horas y no tuvimos que pagar. En el de Feraxi, en un pinar que ayer estaba lleno de familias disfrutando del domingo, hemos pagado 5 euros cada día. Pero advertimos que aquí, en Cerdeña, no es raro regatear… Porque a Txus y a Rosa les pidieron 10 euros, nosotros les dijimos que ni de broma, ¡Y pagaron 3 euros!

Ah, y hoy antes de abandonar el aparcamiento le hemos comprado queso a un tipo en furgoneta, ¡Y también hemos conseguido una mini rebaja de 2 euros!

Mañana, más…