North Coast 500, la ruta de las Highlands (I): Inverness-Ullapool.

Antes de contaros nuestro viaje por la North Coast 500, hemos de decir que al iniciar este blog pretendíamos publicar un artículo cada viernes. La vida y sus circunstancias son caprichosas y exigentes, y nosotros no damos más de sí. Si algo deseamos es divertirnos y compartir este otro estilo de vida, el furgonetero. Dicho esto, escribiremos sin presiones. Dicho esto, nos subimos en nuestra T6 porque, ahora sí, empieza el viaje.

Durante la primera semana de mayo recorrimos la llamada “Route 66 escocesa”. En cinco días, sumamos más de 1.700 kilómetros y disfrutamos como hacia tiempo del hecho de conducir. Apenas hicimos otra cosa que eso a lo largo de carreteras muy estrechas, llenas de curvas y de “passing place”, es decir, de pequeños huecos en los que orillarse y dejar pasar a otro vehículo. En algunos momentos, confesamos que las pasamos canutas.

Passing place
Aunque para furgoneteros habituados a viajes largos 1.700 kilómetros en 5 días no son mucho… hay que tener en cuenta que en algunos tramos de la North Coast 500 se puede tardar hasta 1 hora en recorrer poco más de 15 kilómetros. Sin duda, esta ruta se merece hacer el viaje con calma y dedicarle al menos 5 días sólo a esas 500 millas (805 kilómetros).

Conducir despacio por esas carreteras permite disfrutar de los montes típicos del país, llamados munros, de los humedales cubiertos de vegetación que los rodean y del olor de la turba que se intuye en las profundidades.

munros
Para quienes se animen a recorrer esta ruta, es muy importante prestar atención a los pasos canadienses (“Cattle grid”). Aparecen de repente, no siempre están señalizados y pasar rápido sobre ellos supone que toda la furgo empiece a vibrar escandalosamente. Y claro, hay que prestar mucha atención a todo tipo de animales que los frecuentan. Y no solo hablamos de ovejas y vacas.

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La ruta comienza y concluye en Inverness. Nosotros no regresamos al punto de partida porque vivimos en el sur del país y no contábamos con demasiados días. Tomamos un desvío y conocimos un pueblo maravilloso: Plockton. Pero esto lo contaremos en la próxima entrada; hoy nos quedamos con la primera parte del viaje.

En nuestra opinión, Inverness se merece una visita, pero sin invertir demasiado tiempo en ella. Hasta llegar allí, condujimos durante tres horas desde casa. Para dormir buscábamos un parking que nos habían recomendado nuestros colegas de The Orange Pumpkin Travels junto al río; pero era muy tarde para andar dando vueltas, así que aparcamos en el parking del “Inverness Leisure“. Es un sitio tranquilo, pero la actividad del centro comienza temprano y hay algo de movimiento (a nosotros no nos molestó). Para quienes prefieran dormir en camping, hay uno junto al “Inverness Leisure” desde el que se puede acceder fácilmente a la ciudad.

Por la mañana, visitamos la catedral, nos acercamos al castillo y callejeamos. Lo dicho, es el punto de partida pero lo bueno está por llegar, así que merece la pena ponerse en marcha.

Y así, sin prisa pero sin pausa, llegamos a uno de los puntos míticos en el recorrido: John o’ Groats. Situado en el extremo norte de las tierras altas. Es algo así como el Finisterre escocés, y multitud de personas se acercan por aquello de sentirse en el final de la tierra. Desde allí se divisan las impresionantes Islas Orkney.

El punto más septentrional de Gran Bretaña es Dunnet Head, y hasta él fuimos. Por algún extraño motivo, a uno de nosotros le hacía especial ilusión ser la persona que se encontraba más al norte de toda la isla.

casita aislada

En Dunnet Head hay un faro y restos de lo que durante la Segunda Guerra Mundial fue un campamento militar. Hoy queda una gran huella de él en forma de bunkers y polvorines.

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Recorrer la North Coast 500 brinda la oportunidad de visitar bellísimas playas.

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En una de ellas, encontramos un trozo de madera que queremos que nos ayude a recordar estos meses de vida escocesa.
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Las tierras altas están al margen del ruido y, aunque nos habían dicho que encontraríamos multitud de turistas, apenas nos encontramos con unos cuantos. La segunda noche la pasamos junto a una entrada de mar. Tras pasar el pueblo de Tongue la carretera discurre sobre un dique y, nada más cruzarlo, a la derecha sale una carretera hacia Talmine. Unos 500 metros más allá, a la derecha, hay una esplanada perfecta para aparcar y pasar la noche. Sólo un pequeño inconveniente en esa época del año… ¡los pájaros se despiertan y cantan con los primeros rayos de luz, es decir, a las 4.30 de la mañana!

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Admitimos que no preparamos el viaje con antelación. En la oficina de turismo de Inverness nos entregaron un mapa y nos dejamos guiar por el consejo de diferentes personas. Por ejemplo, la dueña del restaurante The Shorehouse, justo frente a la isla de Handa, que es reserva natural y a la que se puede acceder en un barquito. En su pequeño establecimiento, disfrutamos de las cigalas que su padre había pescado esa misma mañana (no recordamos el precio exacto, pero no nos pareció caro y, en cualquier caso, se puede consultar la carta en el exterior del local).

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cigalas

Cargadas las pilas pusimos rumbo a Ullapool. Deteniéndonos aquí y allá, y conduciendo sin prisa. Claro, que las carreteras tampoco permiten pisar demasiado el acelerador.

En este pueblo costero, que no somos capaces de pronunciar y cuyas sílabas cambiamos de posición continuamente, dormimos en el único camping que existe (20£ furgo y dos personas). Muy recomendable si hay que darle un “repaso” a la furgo: dispone de puntos de electricidad, lugar de vertido de aguas grises y negras, grifos y mangueras para cargar agua, etc. Duchas y baños limpios y, algo a tener muy en cuenta en un país en el que todo cierra entre las 5 y las 6 de la tarde, si se llega cuando la recepción está cerrada se puede entrar, dormir, y al día siguiente pasar a pagar.

Una vez más la suerte estuvo de nuestro lado… y coincidimos con la celebración de un festival de folk. Así que, una vez más, nos dedicamos a recorrer los pubs del pueblo disfrutando de buena música y cerveza.

Próximamente, North Coast 500, capítulo segundo. Desde Ullapool a Plockton.

#nosinmmifurgo
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The Lake District, Inglaterra.

En la región de Cumbria, en el norte de Inglaterra, existe un parque natural de gran belleza. Lo es por las elevadas montañas, por la vegetación y la fauna, pero sobre todo por los enormes lagos que allí se encuentran. Es The Lake District. Y a nosotros nos encanta.

Tanto que lo hemos visitado en diversas ocasiones. Está a poco más de una hora y media de casa y nos escapamos cuando podemos, sin pensarlo dos veces. Nos gusta especialmente un pueblo llamado Keswick y una pequeña aldea próxima, Buttermere. La carretera que une ambos lugares es maravillosa, pero no apta para quienes se marean o pasan miedo en carreteras estrechas y con precipicios.

La primera vez que fuimos, recorrimos andando el lago de Buttermere. Apenas fue una hora y posiblemente lo que más llamó nuestra atención fue el tamaño y el color de las ovejas. ¡A estas alturas ya os habéis dado cuenta de todo lo que nos gustan!

 

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Como dijimos, la carretera es estrecha (muy estrecha, demasiado) y sinuosa. De vuelta, vivimos una situación de ‘terror’ al encontrarnos con un camión. Sin sonreír, el conductor no se detuvo y no hizo ademán de facilitar las maniobras. Todo lo contrario. Aceleró su vehículo y frenó justo a medio metro del morro de nuestra furgo.

Nos dejó claro que si alguien debía dar marcha atrás no era él. Tras conducir mirando por el retrovisor varios cientos de metros, y sintiendo la presión de su cara impasible y el sonido de su motor casi pegado al nuestro, solo cuando él pudo pasar, nos regaló una sonrisa. ¡Ay, Reino Unido y sus carreteras!

Ya en Keswick y gracias a una amable señora de la oficina de turismo, supimos que en las afueras del pueblo existe una pequeña carretera sin salida en la que ‘se puede’ aparcar. En Inglaterra, a diferencia de Escocia, la acampada no es libre.

Este gran descubrimiento se encuentra poco después de pasar la gasolinera que hay saliendo del pueblo hacia Portinscale y la A66. Está entre un gran campo, en el que pacen las ovejas, y un río; casi siempre hay un buen número de furgos y autocaravanas (por lo que es muy evidente y fácil de encontrar). De forma que tener hueco es cuestión de suerte. Nosotros siempre la hemos tenido de nuestra parte. En cualquier caso, muy cerca hay un camping.

 

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Precisamente, la primera vez ‘sufrimos’ el ruido de los usuarios del camping que volvían tras cenar o tomar algo en el pueblo. Entre ellos, varios españoles con un volumen de voz, pues eso, muy español. La última, tanto el viernes como el sábado, cerca de las 3 am, hubo un grupo de ‘graciosos’ que llegó sigilosamente con un coche hasta el final y recorrió los 200 metros de la carretera quemando rueda y haciendo ruido. Ya sabéis que tontos se encuentran en todas partes, en The Lake District también. Pese a todo, el sitio es perfecto para pernoctar una o dos noches.

Siguiendo un sendero, en apenas medio kilómetro se llega a Keswick. Es un pueblo turístico pero que nada tiene que ver con Windermere, más al sur y también dentro del distrito. De hecho, en una ocasión, nos acercamos a este último y vimos tantos y tantos turistas que ni siquiera bajamos de la furgo.

Como decíamos, Keswick ofrece una interesante oferta para disfrutar del fin de semana y no solo hablamos de actividades al aire libre o en el lago Derwentwater. Por ejemplo, cuenta con multitud de tiendas especializadas en montaña, la mayoría con buenos precios. A quien le guste el diseño escandinavo, le recomendamos visitar Nordic Outdoor. Resulta una tentación para los furgoneteros ya que encuentras, por ejemplo, los artículos de menaje de la firma Light my Fire.

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También las mochilas de Fjällräven Kånken, que tanto nos gustan. Tenemos una pero nos encantaría poseer una de cada color. En la tienda de Keswick, además, los colores son realmente singulares.

 

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En esta zona, la industria minera ha sido fundamental. Concretamente, la extracción de grafito. Por eso, cuenta con una fábrica de lápices, e incluso, un museo, Cumberland Pencil Museum, que sufrió graves daños durante las inundaciones que asolaron la región en 2015. Está previsto que reabra en unas semanas. De momento, en el centro del pueblo, se puede visitar la tienda de la firma de lapiceros Derwent.

The Lake District está vinculado a Beatrix Potter. La célebre escritora e ilustradora de cuentos infantiles vivió hasta su muerte en la zona e invirtió en la industria ganadera el dinero que ganó gracias a su éxito literario.

Ella, como nosotros, también sentía especial simpatía por estas ovejas que lucen estupendos ‘abrigos’ de lana en gris, blanco, negro… Murió sin hijos y cedió al estado sus propiedades. Sobre gran parte de ellas, hoy se encuentra este parque natural del que todos disfrutamos.

En Keswick, por ejemplo, hay una pequeña tienda en la que encontrar su obra así como todos los peluches y juguetes que la mercadotecnia ha creado en torno a su nombre. Se llama Peter Rabbit and friends.

 

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Si de libros se trata, existe otra librería muy agradable llamada Bookends. En ella es posible adquirir novelas, poesía y, cómo no, mapas de la zona. Los británicos no ponen un pie en el campo si no es con un buen mapa y una brújula.

Cada sábado, en la calle principal hay un mercado de pequeños productores. Venden pan, mermeladas, salchichas… Si la debilidad pasa por el queso, se encuentra la deliciosa tienda The Cheese Deli.

Además, existe uno de lo pocos supermercados de la firma Booths. El pan es muy recomendable.

 

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Sí, nos gustan las ovejas y también los supermercados. ¡Hasta hemos escrito algún artículo al respecto!

A Keswick se va a pasar un fin de semana relajado y a caminar. La vuelta al lago supone 16 kilómetros. En nuestra primera visita caminamos algo más de la mitad y tomamos un barco que nos llevó al punto de partida, junto al Theatre by the lake. La segunda, decidimos seguir una ruta y ascender a un par montañas: Cat Bells.

 

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No fue muy duro, aunque en algunos momentos se puede sentir algo de vértigo y las vistas merecien el miedo habido y por haber.

 

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Lo mejor fue que al descender hasta la orilla del lago, el sendero nos llevó directamente al embarcadero en el que nos rendimos aquella primera vez. Así que lo retomamos. Hay uno de nosotros (o una) que no se siente bien si no completa los retos.

 

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Como habíamos caminado y quemado calorías de sobra, por la tarde, no tuvimos cargo de conciencia y tomamos un fish&chips. Allá donde fueres, haz lo que vieres, en este caso, dirigir nuestros pasos al local archiconocido por los autóctonos: The Old Keswickian. La calidad confirmó nuestras sospechas, es una buena dirección.

Después del día subiendo y bajando montes, tampoco genera culpa entrar en De Olde Friars y comprarse unos caramelos o chocolates. Esta tienda fue fundada en 1927 y aunque no resulta especialmente económica es maravillosa para quienes aman el azúcar. Y claro, para rematar la jornada, nada mejor que una pinta de cerveza (o varias) en cualquier pub del pueblo.

Si se cuenta con tiempo, sugerimos acercarse a Castlerigg.

 

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Es uno de los círculos de piedras más conocidos de Reino Unido y desde allí se pueden contemplar algunos de los picos más altos de Cumbria: HelvellynSkiddawGrasmoor   y Blencathra. Para saber más, como siempre, remitimos a Wikipedia.

Sin duda, resulta impresionante a pesar de que la gente se sienta encima de las piedras a comer helado. Si se busca una experiencia más íntima quizá haya que acercarse temprano o al atardecer…

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Galicia y Asturias… sin gasolina.

Era nuestro segundo viaje con la furgo de Nacho, una Traffic camperizada, con todo de quita y pon. La boda de unos amigos en una aldea perdida de Galicia fue la excusa para reunir unos días y recorrer esa zona. Y quizá también Asturias. Así lo hicimos.

Salimos desde Logroño y paramos a comer en el Lago de Sanabria. De repente, fuimos conscientes de que no teníamos tanto tiempo. La boda era unas horas después y, con las prisas, no nos dimos cuenta de que apenas teníamos gasoil. Ya sabéis, si una situación puede empeorar, empeorará… y ya en ruta  no encontramos ninguna gasolinera.

Nuestro amigo, el novio, además, nos había dicho y repetido que el GPS te podía llevar por un recorrido que no debíamos seguir. Y claro: Ésa fue nuestra ruta. Sin gasolina y sin cobertura, ah, pero con la tranquilidad que da llevar la casa a cuestas con comida y cerveza en la nevera. Aquella carretera, en la que no nos cruzamos con nadie (y sí con algunos ciervos) en muchos kilómetros, se terminó en una aldea, tal cual. Nos bajamos de la furgo y preguntamos a dos señoras por el destino que buscábamos, nos preguntaron que por dónde habíamos ido y pusieron esa cara que lo dice todo:

‘¿Cómo?’ ‘¡Hace años que nadie va por esa carretera por la que habéis venido!’.

No fueron capaces de indicarnos el camino a seguir, pero nosotros llegamos y vaya que si disfrutamos de la fiesta.

Al día siguiente, lentamente, como dicta una buena resaca post-boda, nos marchamos. Lo hicimos de esa forma que tanto nos gusta: sin rumbo.

Fuimos a Vigo, visitamos la ciudad y continuamos en busca de una playa. La hallamos y uno de nosotros (o una) sufrió la picadura de una faneca. Cuando lo recuerda es con dolor pero también entre carcajadas. ¡Qué escena montamos! Advertencia: Las picaduras de estos peces son habituales en la zona y, de hecho, los asiduos utilizan “fanequeras” (zapatillas de goma) para protegerse de ellas. Después de dos días pernoctando en la zona que da acceso a la playa visitamos A Coruña y, tras una buena mariscada, fuimos a dormir a Isla de Arousa. Allí, como recordábamos hace una semanas en otro post, soplaba tal viento que creímos volar…

Al día siguiente, recorrimos la costa Gallega hasta Ribadeo, y después de un paseo por el pueblo, nos dirigimos a Praia das Catedrais. Llegamos tarde y con la marea alta, así que nos acostamos intrigados por el espectáculo que disfrutaríamos al despertar… y, efectivamente, increíble la panorámica matinal que vivimos en primera persona.

Saltamos a Asturias, a Llanes, y nuestra visita mereció un cachopo en El Dorado. Alguien que nos conoce bien y que vive allí, nos indicó un lugar de ensueño para dormir. Llegamos de noche, una vez más, aparcamos la furgo y en su coche volvimos a cenar al pueblo.

A la mañana siguiente la sorpresa fue enorme. Mucho más que enorme. Estábamos en medio de un prado y no lejos pastaban unas vacas.

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Y a pocos metros de distancia, descubrimos una de las playas más bonitas que hemos visto, la de Cué, y una de las mejores en la que nos hemos sumergido.

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Solo viajar en furgo te permite esto. Dormir sintiendo el olor y el sonido de la naturaleza, levantarte antes de que lleguen los demás y descubrir que la luz del día ilumina, con frecuencia, auténticas joyas.

Como veis, solemos dormir en zonas próximas a las playas, en medio de bosques o, incluso, en las afueras de algún municipio. No decimos que no a un buen camping o área de autocaravanas, y también los visitamos con frecuencia, sobre todo por cuestiones logísticas.

Como veis también gastamos en restaurantes, hacemos la compra en comercios locales, pagamos las atracciones turísticas que creemos que merecen la pena… Y ahora que algunos municipios y comunidades autónomas, como Asturias, se están planteando regular y restringir el turismo en furgo y autocaravanas, no queremos dejar de escribir unas líneas para reivindicar que quienes viajamos en furgo #NoSomosDelincuentes que #FreeCampingIsNotACrime y que, si en algún sitio no somos bien recibidos, dejaremos de ir.

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Y claro, iremos encantados a aquellos sitios en los que nos sintamos bien acogidos como lo que somos: viajeros. Con otro estilo y con la casa a cuestas.

#nosinmifurgo
#keeprolling

Mull of Galloway, junto al faro.

En Escocia, con la furgoneta pasa como con salir a correr. Si esperas a que luzca el sol y no llueva, nunca sales. Sea primavera o incluso verano. Posiblemente, en esto haya mucho de actitud positiva y a nosotros no nos molesta ni la lluvia, ni la nieve ni tampoco la niebla o la oscuridad. Porque #nosabemosquedarnosencasa.

Recordamos hoy Mull of Galloway. Llegamos en una noche un tanto desapacible, pero lo que vimos al levantar la persiana, a la mañana siguiente, pertenece ya a nuestra colección personal de amaneceres únicos.

Tras una cena que se prolongó demasiado el viernes, con varias botellas de vino español y algún whisky de por medio, el sábado, salimos sin prisa de casa y estuvimos varias horas en Wigtown.

Es un pueblo muy pequeño en el que hay unas cuantas librerías, la mayoría de segunda mano, así como cafés y hoteles vinculados con el mundo de los libros. Por todo ello merece el título de ciudad literaria. Hemos descubierto que el marketing en Escocia funciona de maravilla, colocan carteles en casi cualquier lugar y los recién llegados nos detenemos. A veces merece la pena y otras, no tanto.

 

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Quizá nosotros esperábamos mucho más, pero disfrutamos de un paseo y de ese nuevo tipo de turismo que nos gusta practicar: el de cementerio.

Y es que por estas tierras las últimas moradas se encuentran en medio de los pueblos y ciudades, están abiertas y a nosotros, qué le vamos a hacer, nos entretiene perdernos entre lápidas y leer nombres, fechas, saber que más de uno es enterrado junto a la suegra, que hay quien pidió una escultura en forma de caballo porque este animal era su mejor amigo, etc.

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Pero volvamos a Mull. Aunque con frecuencia son lugares solitarios y azotados por el viento, como ocurrió entonces, hay algo en los faros que nos atrae.

Lo encontramos, tras recorrer estrechas carreteras, habiéndole llevado la contraria en un par de ocasiones al GPS y sin la menor idea de qué nos esperaba cuando amaneciera.

 

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Nos impresionó tanto la luz, el ruido del viento y el mar tan cerca, tan bravo, que estuvimos varios minutos en silencio y sintiéndonos realmente privilegiados.

Esa mañana de domingo transcurrió sin prisa. Tras el desayuno, decidimos explorar ese rincón del mundo en el que tan plácidamente habíamos dormido y desvelamos el misterio de la luz que habíamos visto en plena oscuridad.

 

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Y es que cuando teníamos todo preparado para cenar, advertimos a alguien caminando desde el faro y hacia nuestra furgoneta, con un frontal. Sinceramente, imaginamos de todo, pero nadie llamó a nuestra puerta.

A plena luz, mejor dicho, a plena niebla, supimos que no era el farero. En este lugar tan apartado de la civilización, existen tres casitas que pueden alquilarse y, en una de ellas, estaban un señor y su perro. Fue él quien salió a cerrar la valla. Nada más.

Él nos explicó que a partir de la primavera hay un museo que se puede visitar. Nosotros nos asomamos por la ventana y pudimos ver máquinas, fotografías…

 

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También curioseamos el huerto de la parte de atrás. Sin duda, nos pareció el destino perfecto para perderse unos días. Con o sin furgoneta. ¡Incluso tienen la piedra del tiempo!

 

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En Escocia la acampada es libre. El hecho de viajar en furgoneta, caravana, en coche o con tienda de campaña está completamente integrado en la vida. A nadie le sorprende, a nadie le molesta. No creen que sea un crimen. De hecho, a la mañana siguiente los propietarios o la empresa que gestiona estas casitas vacacionales compartieron nuestro tweet. ¡Igual que en España!

 

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También son los responsables del bar en el que se puede desayunar, comer, ir al baño y admirar el mar desde una terraza impresionante. (En la foto de apertura)

Sin duda, ellos comprenden que quienes viajamos en furgoneta no pagamos un hotel pero a veces sí desayunamos, comemos y cenamos en bares y restaurantes; compramos leche en las tiendas, el periódico, unas cervezas… En fin, que hacemos gasto.

 

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Tras el paseo y, en cuestión de minutos, la niebla impidió que viéramos el mar, en una dirección, y el faro, en la otra. Por ejemplo, frente a este banco supuestamente estaba el mar.

 

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Volvimos a la furgoneta y emprendimos el viaje. Nos detuvimos en dos playas y pasamos un buen rato fotografiando todo aquello que arrastra el mar hasta la orilla. Lo que en ellas encontramos lo contamos en cardamomoyclavo.

Ésta es una zona altamente peligrosa porque confluyen tres mares. Nadie se baña y no solo por la baja temperatura del agua.

 

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Descubrimos otro buen lugar para instalarse…
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Conversando con el señor de la furgoneta, supimos que a media mañana, el granjero, propietario de la parcela, se acerca y cobra dos libras.

A pocos metros de distancia, hace tiempo que la corriente dejó para siempre un gran tonel o silo de hierro. Nos pareció incluso bonito.

 

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De vuelta, disfrutando de una carretera estrecha y sinuosa, vimos algunas ovejas con corderos que apenas llevan unos días en este mundo. Son especialmente llamativas porque su tamaño es mayor que el de las españolas.

 

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¡Cómo llamativa es la altura y frondosidad de las aliagas!

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La última parada fue el pequeño pueblo de Port Logan. Donde comimos las sobras de la cena del viernes, frente al mar, y sentimos que estábamos en el mejor restaurante del mundo.

 

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No necesitamos nada más para volver a casa con las pilas cargadas y comenzar la semana con energía. ¡Es fácil! Aunque llueva…

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La última noche de miedo: Isle of Whithorn.

No nos cansamos de decirlo: Viajar en furgo es un placer. Unas veces preparamos a conciencia las salidas buscando los lugares donde vamos a pernoctar en el mapa de “furgoperfectos” del foro furgovw.org, en Park4night o en ÁreasAC. Además, hay un buen número de apps que pueden ayudar a planificar o decidir dónde dormir sobre la marcha. En Furgosfera lo saben. Otras veces salimos sin darle demasiadas vueltas e improvisamos, si bien, esto implica, tarde o temprano, tener que dedicar un rato a encontrar un lugar apropiado: que esté nivelado, que no sea una zona ruidosa, que la probabilidad de multa sea pequeña (#FreeCampingIsNotACrime)… y que nos sintamos tranquilos. Otro día hablaremos de las medidas de seguridad que tomamos: fermín (l@s furgonter@s saben a qué nos referimos), detector de gases y alguna que otra cosa.

La cuestión es que no siempre hemos dormido a pierna suelta. En nuestro historial contamos con algunas noches de miedo. Resulta “divertido” que quien más intranquilidad siente al principio, quien más vueltas da y no deja conciliar el sueño al otro, luego es capaz de dormir profundamente. ¿Quién será de los dos?

En una ocasión, uno de nosotros viajó en furgo por Galicia, y lo que se presentó como una agradable noche en Finisterre se convirtió en una pesadilla. Era verano, hacía mucho calor y fue necesario dormir con las ventanillas y el portón trasero abiertos. ¡A las tres de la mañana hubo que salir corriendo porque los mosquitos eran crueles asesinos!

Por ejemplo, en Évora (Portugal) llegamos tarde y aparcamos en una alameda, a las afueras. También era verano, con ola de calor incluida, y la temperatura no ayudaba a descansar. Los portugueses son muy dados a practicar lo que llaman “camping-car”, esto es, hacer turismo durmiendo en el coche.

La cuestión es que a las 2 de la madrugada uno de nosotros (o una) miró por la ventilla de la Renault y se encontró a nuestro vecino de aparcamiento dando vueltas en calzoncillos alrededor de su vehículo. El ajetreo de gente entrando y saliendo de los coches hizo que uno de nosotros (o una) se pegara varias horas asomando la nariz por la cortina, y que no consintiera abrir la ventana… ¡Qué calor! ¡Qué noche!

Es cierto que en Portugal, en alguna zona de bosque, tampoco hemos logramos conciliar el sueño tranquilamente. Uno de los deportes nacionales de los lusos son las barbacoas, y no tienen reparos en hacerlas en agosto, en medio de un pinar y con viento…

Hace apenas unas semanas, la tormenta Doris también nos hizo pasarlo regular (tirando a mal, e incluso, muy mal) en la playa de Portobello, en Edimburgo. Entonces, además de viento, una lluvia torrencial nos hizo preguntarnos por la flotabilidad de la furgo.

Pero sin duda, una de las peores experiencias fue en la Isla de Arosa, Pontevedra. Creímos ser arrastrados por el viento o aplastados por uno de los árboles que teníamos alrededor. El viento hace que la furgo se mueva bastante y el ruido puede resultar bastante inquietante. Hace tan solo unos días las pasamos canutas en otra isla, ésta más pequeña, ésta en Escocia: Isle of Whithorn.

Llegamos de noche a Whithorn y encontramos un aparcamiento al final del puerto, junto a un parque infantil y la zona que conduce al faro. Aunque existe un parking de hierba más alejado del mar, nosotros estacionamos sobre asfalto, a un paso de las rocas y el agua. Si metes la furgo en una zona de hierba en Escocia, el riesgo de quedarte atrapado en el barro es muy alto. Creednos, lo hemos comprobado en primera persona.

Otro dato importante por si alguien visita la zona y decide dormir: al lado, hay un baño público, limpio.

Dormimos -o lo intentamos- junto a otra furgoneta. A medida que avanzó la noche, el vaivén, el tremendo ruido del viento y la violencia de la lluvia, parecía que nos tiraban cubos, nos hicieron preguntarnos si realmente estábamos en un buen lugar o si debíamos salir corriendo. A través de la ventana tan solo veíamos oscuridad y agua, pero intentamos asegurarnos de que no había riesgo de que hubiera objetos (árboles, edificios…) que se nos pudieran caer encima o que pudieran ser arrastrados hasta chocar con nosotros. Además, Isle of Whithorn es en realidad una península  que sale de una bahía y comprobamos en GoogleMaps que estábamos en la zona del interior y no en mar abierto. ¡Estábamos apenas a 2 metros del agua!

Pese a todo, sobrevivimos a una noche más de miedo e intuimos que la sorpresa, al levantar la persiana, haría que el temor hubiese merecido la pena. Y así fue. Como suele ocurrir: después de la tormenta…

 

 

 

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Como hemos dicho en alguna otra ocasión, en Escocia, sobre todo en el campo, en el medio rural, los planes no son demasiado excitantes: Un paseo, algo de lluvia y bastante barro… Nosotros no necesitamos más, al menos, en este punto de nuestras vidas.

Dicho esto, Whithorn es un pequeño municipio pesquero en el que tan solo existe un pub: Steam Packet. Cuando nosotros, que llevamos el horario cambiado, nos tomábamos un café, el local empezó a llenarse de gente que quería disfrutar del almuerzo dominical.

 

 

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Desde el pueblo sale un camino (8 kilómetros) que conduce a la cueva de San Ninian, junto a una playa de piedras. Éste fue un importante punto de peregrinaje; los restos de varias capillas en la zona así lo atestiguan.

 

 

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Tras el paseo, marchamos hacia Port William. Aparcamos frente a la playa y disfrutamos de un plato de fabada, de una ensalada y de unos pimientos con anchoas. Saboreamos hasta el último gramo de las conservas porque se nos han acabado las reservas. ¡Horror!

 

 

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De vuelta a casa, cuando el sol ya se escondía, nos detuvimos en otro lugar: Cairnholy. Allí se pueden contemplar dos tumbas neolíticas. Impresiona el conjunto, el entorno, el mar justo en frente y las vacas y ovejas que continúan comiendo impasibles, como lo han hecho a lo largo de toda la historia.

Coincidimos con un señor que nos explicó el significado de cada una de las piedras y cómo ni la posición ni la forma son casuales. Fue un lujo conocer sus teorías sobre el vínculo de Cairnholy con el ciclo de la naturaleza, con la energía. La primavera, precisamente, llegaría justo unas horas después de nuestra visita y, según nos dijo, en ese atardecer el sol se pondría exactamente entre las dos piedras centrales. Fuimos testigos de que así ocurrió.

No pasamos una buena noche, pero está claro que tras la tormenta llega la calma.

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Cerca. No nos vamos lejos.

En la decisión de comprar la furgo pesó mucho el hecho de que nuestros dos viejos coches tuvieron a bien romperse al mismo tiempo. Se pusieron de acuerdo y nosotros valoramos reparar, una vez más, lo irreparable o lanzarnos. Hicimos lo segundo y estuvimos un par de meses sin vehículo, aunque con moto y bici, hasta que llegó ella. Justo ahora hace un año.

Fue la mejor decisión que hemos tomado. Mucho más sabiendo que, poco después, nos trasladábamos a Escocia, a Dumfries-Galloway, un país en el que acampar no es un crimen.

Y aquí estamos, rodeados de personas y lugares maravillosos, de un entorno natural que inspira, que relaja y que carga las pilas. El legado histórico, además, es asombroso. Así que, casi cada fin de semana, programamos una salida a pesar de que el tiempo a veces nos la juega.

Por supuesto llueve y a veces mucho, aunque podría ser peor según nos dicen.

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Tampoco nos libramos de heladas espectaculares. La pobre furgo sabe bien lo que es quedarse congelada.

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También puede nevar cuando menos lo esperas. Nosotros, poco acostumbrados a ella, nos alegramos como si fuéramos niños.

Hemos residido en el norte de España y no tememos al frío. Nos influye más la luz, que aquí muchos días es tenue, casi inexistente. Si bien, cabe señalar que cuando luce el sol, aunque sea por unos minutos, la luz es única. Tiene un brillo singular, es diferente.

Nos encanta estar dentro de la furgo, como si de nuestro salón se tratara, leyendo, viendo un capítulo de alguna serie… pero visitar ciudades o lugares interesantes y quedarte a oscuras tan pronto, a veces, no apetece.

Afortunadamente ahora anochece a las 18.00 horas, pero en diciembre a las 16.00 horas ya era noche cerrada. En unos meses, cuando lleguen la primavera y el verano, todo cambiará y disfrutaremos de lo opuesto: de largas y luminosas jornadas. Soñamos con eso y con salir a dormir cualquier día de la semana. ¡Estamos rodeados de bosques increíbles que todavía no hemos descubierto!

De momento, no nos hemos lanzado a grandes escapadas, somos felices con salir el sábado por la mañana y regresar el domingo. O si no puede ser porque tenemos tareas laborales o domésticas pendientes, procuramos acercarnos a lugares próximos, pero imprescindibles. Ya sabéis que alejarte un poco, apenas unos kilómetros, y dar un paseo suele funcionar. Por ejemplo, a Glencaple.

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Es una pequeña localidad, apenas a 5 kilómetros de nuestra casa. Está situada en el estuario del río Nith, y la subida y bajada de las mareas es un espectáculo fascinante. Lo cierto es que hay que tener cuidado, multitud de carteles lo advierten.

La luz también es especial y hace que no sepas qué hora del día es. Puede parecer tarde y ser todavía temprano. ¡Así es Escocia!

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Poco después de Glencaple, hay un parking desde el que parte un paseo que recorre una zona de gran riqueza en flora y fauna. Se trata de la reserva natural de Caerlaverock y cuenta con un centro de interpretación.

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En Reino Unido, son multitud los aficionados a observar la naturaleza y la vida animal. Los pájaros, concretamente, les fascinan. Si te cruzas con alguien con los prismáticos en mano, es uno ellos. Es una maravilla caminar y escuchar el canto, por ejemplo, de un pájaro carpintero.

El sendero discurre entre árboles y llega a Caerlaverock Castle, que bien merece una visita.

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Es posible continuar un poco más. Abandonar el castillo, cruzar la carretera y ascender, sin apenas dificultad, hasta lo alto de una pequeña elevación, que fue un observatorio. Se llama The Wardlaw y desde allí se controlaban los incendios. Cuentan, además, que fue el lugar en el que se asentó el Clan Maxwell en tiempos de guerra.

Es un bosquecito minúsculo con unos árboles, altos y frondosos, y tiene una mesa perfecta para disfrutar del picnic y de la panorámica. Desde allí, se contempla el mar, plateado. Y la huella de toda la lluvia que cayó en los últimos días.

Hay que tener cuidado, eso sí, con las madrigueras. Hay quien se cayó en una de ellas…

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A nosotros nos gusta llevar un poco de queso, fruta y un termo con té o café caliente. En cualquier caso, de vuelta, se puede entrar en el pequeño salón de té del castillo y tomar algo para entrar en calor. También venden la típica sopa de tomate o de lentejas, que anuncian como hecha en casa y que es más bien de bote.

En Escocia es mejor salir de casa con buenas botas de montaña o las de agua, y en la furgo tener otras de repuesto así como un par de calcetines secos.

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Muy pronto, más escapadas aquí al lado. En furgo mucho mejor.

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