Volvemos a la carretera

Todavía no nos vamos de viaje como entendemos nosotros el viaje en furgo. Es decir, para vivir, dormir y disfrutar dentro de ella. Pero sí nos vamos de viaje para ver, sin abrazar, a nuestras familias. Y no podemos sentir más emoción y nervios. Lo uno y lo otro.

El tiempo pasa volando. El tiempo, por extraño que sea, se evapora. La última vez que nos asomamos a este espacio habíamos disfrutado del sol, del mar y de Cádiz. Después, vino lo otro. El encierro, las muertes, la vulnerabilidad, el insomnio y la furgo aparcada, sin la ITV en regla…

Éste va a ser un verano extraño, tanto como el tiempo que nos ha tocado vivir. Nosotros, que conjugamos a la perfección el verbo ‘improvisar’, decidiremos nuestro destino en el último momento.

Soñábamos con Córcega, pero nos quedaremos cerca.

Si bien, buscaremos agua. Mar o río, necesitamos sumergirnos quizá para sentir que purificamos y limpiamos este tono triste que nos ha cubierto en las últimas semanas, en los últimos meses.

Sentimos que somos afortunados porque nuestra furgo nos permite esto, hacer y deshacer.

Pronto, también, compartiremos con vosotros una gran noticia…

Ah, y a partir de ahora, ya no viajaremos solos. Lo haremos con yayi Lala, la perra de aguas que hemos adoptado hace unas semanas. Será una aventura convivir en un espacio pequeño con sus ronquidos de perreta de casi 11 años.

Bienvenido, verano, tenemos ganas de viajarte…

Conociendo la Sierra Cebollera, La Rioja

Amanecimos hoy, como dicen en nuestra tierra, con una rosada tremenda. O para que todo el mundo lo entienda: rociada o helada. El área de autocaravanas de Villoslada de Cameros, en la que hemos pasado la noche, estaba blanquísima…

Cuando llegamos, nos costó encontrar espacio libre, había bastantes furgonetas y autocaravanas. Nos dijeron que Villoslada es un pueblo animado, pero nos pudo el frío y la pereza. Lo hemos recorrido esta mañana, comprando pan sobado o amacerado, este último término también de nuestra tierra, Aragón, en una panadería, la única del municipio, con unos panaderos realmente majos.

También hemos tomado un café en el Bar Corona; nos hemos quedado alucinados con la energía de la camarera, pin-pan, le daba golpes a todo… y un grupo de señores estaba zampándose, cuando todavía no eran las 11 am, platos y platos de anchoas, tortilla de patata y caparrones. ¡Toma ya!

Nos hemos acercado hasta el Centro de Interpretación de Sierra Cebollera, donde nos ha atendido un chico muy amable. Desde allí, hemos conducido -con cuidado por posibles placas de hielo- hasta la Ermita de Lomos de Orio, con una escalinata de piedras muy llamativa. Hemos tenido que aparcar más abajo, porque no hay demasiadas plazas.

El paseo, circular, no ha alcanzado los 8 kilómetros y hemos disfrutado de un paisaje precioso. Acebos, pinos, hayas ya con las hojas caídas y multitud de hongos y setas, aunque no comestibles. Por mucho que hemos buscado boletus, no hemos encontrado…

Llegar hasta las cascadas de Puente Ra es sencillo, tanto que hoy éramos bastantes personas siguiendo la senda. Pero lo recomendamos de todas, todas. Hay que seguir unas marcas amarillas y naranjas.

A la vuelta, hemos comido en la furgoneta. ¡Cómo nos gusta la fabada en lata para estas ocasiones! Parecía que estábamos en el mejor restaurante del mundo, de verdad. Ensalada y fabada, cafecito y en marcha…

Hemos continuado ruta hasta Ortigosa de Cameros. Es un municipio muy sorprendente, en lo alto, con vistas a un embalse -hoy medio vacío- y con dos puentes muy llamativos tanto por su longitud como por su altura.

Uno comunica la iglesia con la otra parte del pueblo, y el otro permite llegar a las cuevas. Si bien, hasta la primavera no se pueden visitar. ¡Volveremos!

Pero lo más bonito ha sido callejear por el entramado de callecitas empedradas, cuestas y rincones múltiples. ¡Y con olor a leña!

Ortigosa es un puzle de casas y casitas, que parecen haber surgido unas encima de otras, aprovechando el espacio, y algunas de ellas con porches bajo imponentes vigas de madera. La parte negativa es que la mayoría están abandonadas.

Hemos continuado con la mirada puesta en Brieva de Cameros, que es una aldea diminuta, pero a la que se accede a través de un puerto y de una carretera impresionante. Sin duda, este recorrido es apto para amantes de la conducción y para quienes no se marean. Nos ha gustado tanto que volveremos, como decimos, en primavera.

Por último, nuestra parada, siguiendo el Najerilla, ha sido Viniegra de Abajo. Es otro lugar muy especial, aunque también con la mayoría de viviendas clausuradas. Existen algunas que son testimonio de la bonanza de aquellos que emigraron a América.

En esta zona, desde no hace mucho, según nos ha dicho un señor, se ha señalizado una ruta para motos y la afluencia de motoristas es elevada. ¡Nosotros le hemos lanzado la idea de crear un área para autocaravanas! Y nos ha comentado que ya lo tiene medio hablado con su hermana.

Aunque viajar en esta época del año tiene la desventaja de la oscuridad, hemos continuado. Hemos llegado a Santo Domingo de la Calzada que, aunque ya lo habíamos visitado en diversas ocasiones, siempre resulta apetecible. Hoy, había mercado de comida y también de antigüedades, y de inspiración medieval, en torno a la catedral. Hoy no hemos entrado a ver la gallina que vive en esta última y tampoco hemos estado mucho tiempo en el mercado dado que tanta gente nos agobia.

¿Dónde estamos ahora? En el camping de Santo Domingo, que es enorme, de hecho, estamos en la ampliación. Los baños son enormes y aunque nos han dicho que había calefacción, nosotros hemos soltado algún juramento en la ducha…

El precio de la noche, con la tarjeta ASCI, para dos personas y con electricidad, es de 20 euros. Hay bastante ambiente, y luces de Navidad por todas partes…

Otra vez, sin rumbo

Puente, por fin ha llegado el puente. Y menos mal porque andábamos ya con la lengua fuera. ¿Y dónde estamos? Ahora mismo, tomando una cerveza, comiendo algo de queso y escribiendo este post en Villoslada de Cameros (La Rioja).

Tenemos sangre riojana y hemos estado vinculados a su capital, Logroño, especialmente durante los últimos siete años, sacando adelante el hostel Check In Rioja. Pero sucede con frecuencia que a los lugares más cercanos no se les presta atención, ya habrá ocasión… y la vida entonces pasa y pasa, y te das cuenta que muy cerca existen rincones especiales. Muy especiales.

De modo que en este puente decidimos casi en el último momento, dirigirnos a La Rioja. Y aquí estamos, pero apenas hemos llegado hace un ratito, ya de noche, porque el día lo hemos disfrutado en la provincia de Soria. De donde corre sangre por nuestras venas… Lo de la vuelta a los orígenes nos atrae irremediablemente, y como tenemos tantos… ¡pues es un lujo!

Anoche llegamos a las 23.00 horas a Medinaceli. Para nosotros es un pueblo siempre agradable; hemos estado muchísimas veces porque parte de nuestra familia procede de otro municipio cercano, y asimismo muy bonito: Monteagudo de las Vicarías. No dejéis de visitar ambos, y si necesitáis algo, en el segundo, llamad a la casa pegada a la iglesia…

De Medinaceli casi siempre nos sorprende que haya tantas casas cerradas y que no haya ambiente, en la parte de arriba, queremos decir. Tiene un arco romano, calles agradables y una tiendita en la que el pan está riquísimo y es imprescindible comprar paciencias y mantequilla de Soria. Pero apenas hay movimiento. Nosotros nos imaginamos, una y otra vez, la plaza mayor llena de terrazas con gente… En fin, esto de la despoblación no es una broma.

También tiene una nueva zona de autocaravanas en la campa en la que también se puede jugar al fútbol y desde donde se disfrutan unas vistas muy bonitas.

Hemos dormido y amanecido allí. Es la segunda vez que lo hacemos y nos parece un punto perfecto para hacer noche cuando se viaja rumbo a Madrid o en dirección a Barcelona, Logroño…

Mientras desayunábamos hemos decidido acercarnos a un lugar que, por cercano, nunca antes habíamos visitado: el yacimiento arqueológico de Ambrona. ¿Cuál ha sido nuestra sorpresa? Que estaba cerrado pese a que en el cartel indicaba horario de apertura en este momento del año. En fin, que nos hemos preparado un café y los bocatas para disfrutar de un paseo.

De allí, hemos partido hacia Soria y hemos parado, como siempre hacemos cuando nos encaminamos a Logroño, en Almarza. Nos encantan el chorizo y los torreznos del bar de la entrada. No recordamos el nombre, pero es el de la entrada…

Hemos ido al acebal de Garagüeta y la decisión no ha podido ser más acertada. Nos hemos quedado con ganas de un paseo más largo, pero el recorrido de apenas 4 kilómetros desde el aparcamiento, es fácil y accesible.

Habíamos visto acebos, pero aislados. Un bosque de acebos es una maravilla, porque además están separados, y cada uno está formado por muchas ramas. Nos ha encantado, y lo recomendamos. Es una de esas pequeñas escapadas que, como decimos, por cercanas no suelen tenerse en mente.

Con nuestra filosofía de ir sin rumbo casi siempre tenemos sorpresas maravillosas. Mientras comíamos el bocadillo de sardinas y de mejillones, en una fuente, hemos recordado que una vez escribimos un reportaje sobre Oncala y su festival del acebo. Allí que nos hemos plantado por la tarde. Nos ha fascinado cómo se lo montan en este pequeño pueblo para que su propuesta por atraer visitantes alcance ya la décima edición.

En el mercadillo se podían comprar turrones, quesos, artesanía, y claro está, adornos navideños con el acebo como elemento protagonista.

Además, las calles y casas están adornadas con guirnaldas y coronas, también de acebo, y se pueden visitar la iglesia, en el barrio alto, con la exposición de varios tapices, y en el ayuntamiento, el museo de los pastores. Nos ha gustado muchísimo este último y nos ha recordado que parte de nuestra familia siempre se dedicó a dicha actividad.

Lo recomendamos de veras, porque la exposición desvela aspectos muy interesantes del modo de vida de las personas implicadas en la trashumancia, con un apartado dedicado a la función de las mujeres, quienes permanecían en los pueblos y sacaban adelante a la familia, el campo y otros animales que no eran ovejas.

Mañana os contamos hacia dónde se dirigen nuestros pasos…

Keep Rolling!

Cuenca entre mimbres púrpura

Llevamos una temporada de lado a lado, más emocional que físicamente. Así están siendo las circunstancias; y necesitábamos una salida, sin irnos lejos y aquí estamos, aparcados junto al embalse de Sacedón (Guadalajara). ¿De dónde venimos?

Ayer, sábado, salimos de casa en torno a las 12 horas. Sin darle demasiadas vueltas, decidimos encaminar nuestros pasos hacia Cuenca. Bueno, sin darle demasiadas vueltas, pero consultando a Óscar Checa, periodista especializado en viajes y que procede de La Manchuela.  Si tenéis Instagram, seguidle: @oscarchecalgarra

Mientras conducíamos, apenas 160 kilómetros, incluso hicimos una reserva en la barra del restaurante con estrella Michelin, Trivio. Mereció muchísimo la pena, nosotros no comimos el menú gastronómico, preferimos elegir algunas propuestas de la carta. Nos parecieron una comida y un servicio muy buenos… ¡Gracias por tratarnos tan bien, Ulises!

Después, sin prisa, ¡cómo a nosotros nos gusta!, descubrimos algunas flechas del Camino de la Lana, que nuestros padres, juntos, recorrieron.

Paseamos por el barrio de San Antón, que se está llenando de arte urbano, mensajes de buena convivencia y cuidado del barrio, y que está atrayendo a numerosos artistas a vivir en él.

Por supuesto, subimos a la parte alta, donde se encuentra la catedral. Callejeamos y donde estuvimos un rato largo fue en la Fundación Juan March. Cuenta con unos fondos artísticos de gran valor y el propio edificio que la alberga es una maravilla, se trata de una de las célebres casas colgadas. La entrada es gratuita y se pueden admirar obras de Zóbel, Chillida, Tàpies, Saura…

Cuando ya cayó la noche, nos planteamos hacia dónde emprender rumbo. El destino fue Beteta, en la Serranía de Cuenca, pero como no encontramos dónde aparcar y dormir, condujimos apenas unos kilómetros más, hasta Cueva del hierro.

Llegamos a través de una carretera que intuíamos bonita y, hoy, como suele ocurrir, con la luz del día, hemos comprobado que estábamos en lo cierto. Anoche alcanzamos los -4 grados y había restos de una nevada importante. Hemos dormido muy bien, justo al lado de la mina que hoy hemos visitado. El precio de la entrada es 6 euros.

Joaquín el guía nos ha explicado con todo lujo de detalles el origen, evolución y características de esta mina de origen romano. Se abandonó en los años 60 y los jóvenes del pueblo, que ahora cuenta con apenas 30 habitantes, se propusieron recuperarla con un fin cultural y turístico. Nos ha parecido increíble que hoy estuviera abierta. ¡Enhorabuena por la iniciativa!

De bajada, hemos recorrido y contemplado los campos de mimbre, distribuidos a lo largo de diversos pueblos (Villaconejos de Trabaque, Priego, Cañamares, Fuertescusa, Cañizares, Beteta), unos 40 km de ruta que merece la pena recorrer a finales de otoño.

Checa nos dijo que éste era el momento para disfrutar de su color rojo, simplemente por esto ha merecido la pena la escapada, pero hay mucho más. También zonas boscosas preciosas, sendas botánicas y otros rincones bellísimos en torno, por ejemplo, a la hoz de Beteta, así como el río Escabas y el Estrecho de Priego.

Hemos visto tanto y nos hemos dejado tanto por conocer, que nos han entrado las ganas de volver en primavera. Porque Cuenca y sus alrededores, bien cerca de Madrid, son ese tipo de escapadas, próximas y sin complicaciones, que nos cargan las pilas para la semana que está por empezar.

Guadalajara, viaje interior

Nos hemos propuesto prolongar la sensación de vacaciones, aunque ya no lo estemos. Ya volvimos, ya nos incorporamos a nuestros trabajos, pero sí, todavía nos dura la actitud positiva cuando se vuelve con las pilas a tope.

Vivimos en Madrid y este fin de semana queríamos salir. Pensamos en el norte, en alguna playa. Por ejemplo, Sopelana, que nos gusta mucho. Pero la previsión del tiempo no lo recomendaba así que, sin demasiadas vueltas, encontramos el destino. Y ahora, a estas horas de domingo, todavía lo estamos disfrutando. Escribimos este post desde la plaza mayor de Ayllón (Segovia).

Si bien, nuestros pasos han discurrido por la comunidad de Guadalajara. El viernes, en torno a las 17 horas, partimos de casa y nos dio tiempo a recorrer algunos pueblos de arquitectura negra: El Espinar, Campillejo y Campillo de Ranas.

Las casas y otras construcciones son de pizarra negra, la piedra común en la zona. En el segundo municipio, visitamos el Museo de Roizo, apellido del señor que lo ha creado. Él (sentimos haber olvidado su nombre) ha fabricado en los últimos años, con mucha paciencia y pericia, pequeños objetos. Se trata de elementos y escenas propios de oficios de España, no solo de la zona. Es una delicia de pequeño museo y la entrada cuesta 1 euro.

De allí nos dirigimos a Majaelrayo y, después de tomar una cerveza en el Mesón Jabalí, volvimos a la furgo, aparcada en una zona de parking a la entrada. Nuestro amigo Alfredo nos dijo que estando allí no deberíamos dejar pasar la oportunidad de subir al Ocejón. Se trata de un pico de 2.049 metros.

Acostumbramos a ir un poco al revés que el resto… así que empezamos a caminar a las 10.20 horas. Tela, telita, tela la subida… Lo conseguimos, aunque hoy tenemos dolor en todo el cuerpo. No nos encontramos con nadie hasta llegar casi a la cima. Luego supimos que hay otro sendero desde Valverde de los Arroyos.

No nos molestó el calor, pero sí la cantidad de moscas, mosquitos y otros insectos que decidieron acompañarnos. Ah, y tuvimos más compañía. Cuando comenzábamos la bajada apareció una cabra y fue detrás de nosotros hasta el pueblo.

Allí, nos asomamos a una casa y preguntamos. Nos dijeron que buscaban al pastor y que no nos preocupáramos, que la cabra se quedaba en buenas manos.

Solemos encontrarnos con amigos por arte casi de birlibirloque. Y en esta ocasión vimos a Alfredo, Noelia y a su hijo Pablo. Casualmente estaban pasando el día en la casa de unos amigos, quienes nos acogieron como si nos conocieran de toda la vida. Nos vieron tan derrotados que nos dieron cerveza fría, tortilla de patata y unas empanadillas de morirse. Ah, y torreznos. ¡Casi nada! ¡Mil gracias!

Una vez recuperados, tomamos la pista de tierra que conduce de Majaelrayo a Cantalojas. Son 30-45’ con algún bache, naturalmente, pero nada complicado. Turismo y furgos pasan sin problemas, pero quizás las autocaravanas deban prestar más cuidado.

En Cantalojas hemos pasado la noche en el Camping Los Bonales. El precio por dos personas y una camper, sin electricidad: 17 euros. Los baños estaban limpísimos y la ducha fue un lujo. Además, tiene bar-restaurante en el que nos han dicho que se come fenomenal. Cuando se trata de un pequeño pueblo que cuenta con camping municipal no dudamos en alojarnos allí, aunque fuera haya opciones, por apoyar este tipo de iniciativas y a quienes se animan a sacarlas adelante.

Decíamos que en el restaurante se come bien, pero a nosotros a la hora de la cena nos esperaban otros amigos: Judith, Jorge y el pequeño Ander. Jorge es la persona que certificó nuestro compromiso de querer estar juntos. Fue en el ayuntamiento de este pequeño y encantador pueblo de Guadalajara donde nos casamos una tarde octubre.

Qué gusto ver a los amigos y charlar como si no hubiese transcurrido tanto tiempo. Fue un placer haber estado un ratito tanto con Alfredo y Noelia, como con Judith y Jorge. Siempre nos sabe a poco.

Esta mañana, después de haber dormido de cine, hemos subido al Hayedo de Tejera Negra. La entrada está controlada y en el punto de acceso hay que pagar 4 euros. En otoño es precioso, y conviene reservar. Nosotros lo visitamos hace años, pero no pudimos disfrutar demasiado porque llovió todo lo que este año hace falta. Así es el bosque está algo seco y los arroyos apenas tienen agua.

Y ahora, en cuanto subamos este post y terminemos el café, rumbo a casa. Que mañana es lunes y nosotros ya no estamos de vacaciones. Aunque el puente sí y está a la vuelta de la esquina.

Galicia y Asturias… sin gasolina.

Era nuestro segundo viaje con la furgo de Nacho, una Traffic camperizada, con todo de quita y pon. La boda de unos amigos en una aldea perdida de Galicia fue la excusa para reunir unos días y recorrer esa zona. Y quizá también Asturias. Así lo hicimos.

Salimos desde Logroño y paramos a comer en el Lago de Sanabria. De repente, fuimos conscientes de que no teníamos tanto tiempo. La boda era unas horas después y, con las prisas, no nos dimos cuenta de que apenas teníamos gasoil. Ya sabéis, si una situación puede empeorar, empeorará… y ya en ruta  no encontramos ninguna gasolinera.

Nuestro amigo, el novio, además, nos había dicho y repetido que el GPS te podía llevar por un recorrido que no debíamos seguir. Y claro: Ésa fue nuestra ruta. Sin gasolina y sin cobertura, ah, pero con la tranquilidad que da llevar la casa a cuestas con comida y cerveza en la nevera. Aquella carretera, en la que no nos cruzamos con nadie (y sí con algunos ciervos) en muchos kilómetros, se terminó en una aldea, tal cual. Nos bajamos de la furgo y preguntamos a dos señoras por el destino que buscábamos, nos preguntaron que por dónde habíamos ido y pusieron esa cara que lo dice todo:

‘¿Cómo?’ ‘¡Hace años que nadie va por esa carretera por la que habéis venido!’.

No fueron capaces de indicarnos el camino a seguir, pero nosotros llegamos y vaya que si disfrutamos de la fiesta.

Al día siguiente, lentamente, como dicta una buena resaca post-boda, nos marchamos. Lo hicimos de esa forma que tanto nos gusta: sin rumbo.

Fuimos a Vigo, visitamos la ciudad y continuamos en busca de una playa. La hallamos y uno de nosotros (o una) sufrió la picadura de una faneca. Cuando lo recuerda es con dolor pero también entre carcajadas. ¡Qué escena montamos! Advertencia: Las picaduras de estos peces son habituales en la zona y, de hecho, los asiduos utilizan “fanequeras” (zapatillas de goma) para protegerse de ellas. Después de dos días pernoctando en la zona que da acceso a la playa visitamos A Coruña y, tras una buena mariscada, fuimos a dormir a Isla de Arousa. Allí, como recordábamos hace una semanas en otro post, soplaba tal viento que creímos volar…

Al día siguiente, recorrimos la costa Gallega hasta Ribadeo, y después de un paseo por el pueblo, nos dirigimos a Praia das Catedrais. Llegamos tarde y con la marea alta, así que nos acostamos intrigados por el espectáculo que disfrutaríamos al despertar… y, efectivamente, increíble la panorámica matinal que vivimos en primera persona.

Saltamos a Asturias, a Llanes, y nuestra visita mereció un cachopo en El Dorado. Alguien que nos conoce bien y que vive allí, nos indicó un lugar de ensueño para dormir. Llegamos de noche, una vez más, aparcamos la furgo y en su coche volvimos a cenar al pueblo.

A la mañana siguiente la sorpresa fue enorme. Mucho más que enorme. Estábamos en medio de un prado y no lejos pastaban unas vacas.

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Y a pocos metros de distancia, descubrimos una de las playas más bonitas que hemos visto, la de Cué, y una de las mejores en la que nos hemos sumergido.

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Solo viajar en furgo te permite esto. Dormir sintiendo el olor y el sonido de la naturaleza, levantarte antes de que lleguen los demás y descubrir que la luz del día ilumina, con frecuencia, auténticas joyas.

Como veis, solemos dormir en zonas próximas a las playas, en medio de bosques o, incluso, en las afueras de algún municipio. No decimos que no a un buen camping o área de autocaravanas, y también los visitamos con frecuencia, sobre todo por cuestiones logísticas.

Como veis también gastamos en restaurantes, hacemos la compra en comercios locales, pagamos las atracciones turísticas que creemos que merecen la pena… Y ahora que algunos municipios y comunidades autónomas, como Asturias, se están planteando regular y restringir el turismo en furgo y autocaravanas, no queremos dejar de escribir unas líneas para reivindicar que quienes viajamos en furgo #NoSomosDelincuentes que #FreeCampingIsNotACrime y que, si en algún sitio no somos bien recibidos, dejaremos de ir.

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Y claro, iremos encantados a aquellos sitios en los que nos sintamos bien acogidos como lo que somos: viajeros. Con otro estilo y con la casa a cuestas.

#nosinmifurgo
#keeprolling