Empecemos por lo penúltimo: 48 horas en Oporto.

Vaya por delante nuestro deseo de un año llenito de viajes en tren, en avión, en bici, a pie y, sobre todo, en furgo.

Las personas ordenadas suelen comenzar por el principio, nosotros hace tiempo que entendimos (y asumimos) que vivimos en un pequeño caos. Por eso, dejamos en el tintero algunos viajes como la ruta por la Isla de Arrán en Escocia; el regreso a casa atravesando Europa desde Reino Unido hasta España; Lisboa y alrededores; así como la última -y navideña- escapada al Pirineo catalán, para contaros el penúltimo viaje. Nosotros empezamos por lo penúltimo.

Nos declaramos incondicionales de Portugal. Nos gustan sus ciudades y pueblos, sus playas y nos vuelve locos su gastronomía. Aprovechamos los dos últimos puentes del año para escaparnos a Lisboa, en octubre, y a Oporto, en diciembre.

 

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(© Unsplash)

Había transcurrido muchísimo tiempo desde que ambos habíamos estado en la ciudad que baña el Duero. Si éste es también vuestro caso y la visitáis ahora descubriréis que en Oporto, en este momento, hay más turistas que nunca. Y la mayoría son españoles.

Salimos de Madrid a última hora de la tarde del 5 de diciembre, con niebla y bajas temperaturas. Decidimos hacer noche en Ciudad Rodrigo (Salamanca), en varios foros habíamos leído que se podía pernoctar en el parking del Mercado.

No tiene ningún tipo de servicios para furgos o autocaravanas, pero por la noche es una zona tranquila, hay bares para desayunar y supermercados en las proximidades. Además, está a unos 200 metros de la entrada al casco histórico. Eso sí, suponemos que en días laborables la actividad en el mercado empezará muy pronto.

Antes de parar el motor, dos sorpresas: parada de la Guardia Civil a la entrada del pueblo en un control rutinario (carnet, papeles de la furgo, etc.) y al aparcar y salir fuera, descubrir que llevábamos una buena capa de hielo en los retrovisores y en el toldo.

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A la mañana siguiente, iniciamos el viaje, después de haber dado cuenta de un desayuno doble a base de porras, churros y tortilla de patatas, y recorrer el casco histórico así como haber comprado las viandas propias de la zona, esto es: chorizo, lomo, etc.

Tras cruzar la frontera a Portugal, la primera obligación es gestionar el pago de las autopistas, puesto que muchas de ellas permiten tan solo hacerlo electrónicamente. No hay peajes, sino portalones con cámaras dónde comprueban si has pagado, y si no… ¡Pues receta que también llega a España! Entrando a Portugal por  la A-25 hay un Welcome Point en el área de servicio de Alto de Leomil (Vilar Formoso) y allí se puede pagar.

La primera noche en Oporto la pasamos en un hotel que, por motivos laborales, debíamos conocer. Pero la siguiente, después de un día intenso recorriendo la ciudad y alguna de sus bodegas, dormimos en nuestra furgo. La ciudad tiene varias opciones donde aparcar (y pernoctar) relativamente cerca del centro (unos 15/20 minutos andando) en los márgenes del río y dónde es habitual encontrar furgos y autocaravanas. Como siempre, cuando dormimos en ciudades procuramos ser lo más discretos posible (¡imprescindible el poty!).

No pretendemos escribir una guía exhaustiva de Oporto, tan solo recogeremos algunas direcciones que a nosotros nos encantaron.

1.- Adega de Sai Nicolau. A estas alturas quienes leéis este blog y seguís nuestras RRSS sabéis de sobra que nos pierde la comida. Nos hablaron de este restaurante y fue un acierto. Es imprescindible reservar dado que se trata de un pequeño y concurrido restaurante en Ribeira, es decir, la zona del río. Atención al pulpo rebozado.

2.- Seguimos comiendo. No se puede visitar Oporto y no probar la francesinha. Los viajes son para pasarlo bien y dejarse de ataduras o, en este caso, no pensar en las calorías. Hablamos de una auténtica bomba: un sándwich relleno de embutido (jamón, mortadela…) y carne (ternera o cerdo), cubierto con queso gratinado y con una salsa picante… por si fuera poco en algunos sitios ¡la sirven con huevo!. La lista de locales que anuncian preparar ‘LA MEJOR’ es infinita, pero nosotros recomendamos elegir cualquier tasca, por ejemplo, Churrasqueira Moura (Rua do Almada, 219-223). Una buena señal es que está hasta la bandera de locales.

3.- Más recomendaciones. Subir a la última planta del edificio situado en el número 178 de Rua de Passos Manuel y descubrir Maus Hábitos. Fue una casa okupa y, desde hace más de quince años, es uno de los locales con más rollo de la ciudad. Las vistas son muy especiales, combina restaurante, café y sala nocturna. Ah, y los camareros, al menos ese día, fueron encantadores. Las plantas de abajo siguen siendo un aparcamiento de coches.

4.- Alejarse de las tiendas gourmet de nuevo cuño y elegir las de toda la vida. En Rua do Bonjardim hay algunas de ellas especializadas en bacalao, quesos, vinos, café… A nosotros nos encantó, entre otras, O pretinho do Japao. Y volvimos cargados de latas de sardina, paté de bacalao y salmón, así como quesos buenísimos y pan para acompañar.

Además es de obligada visita el Mercado do Bolhao. ¡Impresionante!

Pese a haberse convertido en una ciudad, como decíamos, abarrotada de turismo, el encanto de Oporto reside en esa parte decadente que, por fortuna, todavía conserva. Mantened los ojos bien abiertos porque todavía es posible encontrar tiendas antiguas especializadas, por ejemplo, en escobas y cepillos. Eso sí, con cierto lavado de cara. Una muestra es Escovaria de Belomonte, fundada en 1927.

Nosotros huimos de las filas, de modo que no aguardamos ni accedimos a la archiconocida Librería Lello, inspiradora de algunos de los episodios de Harry Potter. No somos fans de los lugares llenos hasta la bandera ni tampoco del pequeño mago, aunque sabemos que es un espacio bellísimo porque estuvimos hace mucho tiempo.

5.- Pasear sin rumbo fijo, subir y bajar cuestas. Hacerlo aunque, como nos sucedió a nosotros, llueva a mares. En ese caminar impenitente conviene acercarse hasta la zona vertebrada por la calle Miguel Bombarda. Allí se concentran galerías de arte y multiespacio 100% interesantes.

Nos gustó mucho, por ejemplo, Early Made. Combina diseño, artesanía y moda 100% fabricados en Portugal. Además, tiene un patio al fondo en el que se puede tomar un café.

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(© Early Made)

A quienes les gustan las tiendas de moda y complementos vintage les recomendamos Patch Porto (Rua do Rosário, 193).

6.- Darse un atracón de azulejos. No dejar de visitar la Estación de Sao Bento y la Capilla de las Almas.

48 horas después, abandonamos Oporto para continuar ruta. Nos detuvimos en Aveiro, donde uno de nosotros pasó una noche en otra furgo hace tiempo. El recuerdo de esta localidad nada tenía que ver con el momento presente. Es decir, también plagado de turistas.

Huimos junto al mar. Dormimos en Praia Vagueira, donde hay plazas de aparcamiento especialmente reservadas para furgos y autocarvanas (sin servicios, pero junto al pueblo y a pie de playa).

A la mañana siguiente, tras hacer la compra en el mercado local (¡qué bueno es viajar con la nevera a cuestas!), regresamos a Madrid para evitar atascos.

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(© Unsplash)

Lo dicho, felices viajes en este nuevo año.

#nosinmifurgo
#keeprolling

Volvemos a los Cotswolds.

¿Creíais que habíamos desaparecido? Casi, pero no. Tras nuestro regreso a España, a finales de agosto, no hemos tenido demasiado tiempo libre y éste lo hemos utilizado en lo que más nos gusta: viajar.

Cuando creamos este blog lo hicimos con el firme convencimiento de disfrutarlo, de no convertirlo en una obligación, pero también es cierto que echamos de menos compartir lo vivido en la isla de Arran, que visitamos justo antes de abandonar Escocia; nuestro viaje de vuelta a través de Inglaterra, Países Bajos, Bélgica y Francia; así como las últimas escapadas a Lisboa y a Oporto, justo hace unos días.

De momento y dado que la Navidad ha llegado, aprovechamos para compartir las fotografías que, justo hace un año, hicimos en Inglaterra, concretamente en la pintoresca zona de los Cotswolds, cuando nos dirigíamos al sur de Inglaterra, para tomar el ferry y volver a casa para comernos los turrones.

Tres son los pueblos que, al menos, os recomendamos visitar: Bourton on the water, Burford y Arlington Row, en Bibury.

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Si podéis hacerlo en la época navideña, descubriréis que por esos lares no se estilan los árboles de plástico ni los adornos artificiales. Todo lo contrario, se toman muy en serio lo de engalanar puertas y ventanas con plantas y frutos naturales.

 

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Si decidís visitar la zona en invierno, os recomendamos ir preparados para pasar un poco de frío, y llevar provisiones para las largas horas de oscuridad porque anochece realmente pronto. Para nosotros un par de libros y un par de series completas se convirtieron en indispensables en nuestros viajes invernales por Reino Unido, las horas de oscuridad se pueden hacer muy largas.

Aunque Inglaterra no es tan permisiva como Escocia en lo que se refiere a acampada, no tuvimos ningún problema en pernoctar en alguno de los parkings turísticos que hay en la entrada de los pueblos. Eso sí, la soledad hizo que alguno de nosotros (o alguna) sintiera cierta intranquilidad al principio de la noche.

 

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Hoy, volvemos a los Cotswolds, aunque solo sea con el recuerdo.

#keeprolling

Glasgow merece la pena. Mucho.

Nos resistíamos a escribir sobre Glasgow porque no la hemos visitado en furgo. Y no queremos que éste sea un blog sobre cualquier cosa; queremos que sea sobre nuestras experiencias conociendo, redescubriendo y disfrutando del mundo en nuestra VWT6. Si bien, en las últimas semanas hemos recibido varios correos de personas que quieren pasar las próximas vacaciones en Escocia. Casi ninguno había incluido Glasgow entre las paradas. Y eso es un gran error.

Ahora, no iremos de listillos. A nosotros también nos costó Glasgow. Fuimos en otoño, por motivos laborales y concluimos, así, sin pestañear, que no volveríamos, que no se nos había perdido nada allí. Sin embargo, una compañera, Catriona, no paró hasta convencernos y darle una segunda oportunidad. Ella sabía que estábamos equivocados.

A Glasgow, como decimos, no hemos ido ni dormido en la furgo. Nos han sugerido un posible lugar, en Park Circus, con unas vistas increíbles de Kelvingrove Park. Es una zona de viviendas, tranquila, y entendemos que es mejor ser discretos, no subir el techo, etc.

Glasgow resulta interesante por múltiples razones. Contamos parte de ellas en el blog Cardamomoyclavo. Pero tenemos, al menos, seis más.

1.- Mackintosh walking tour.
Tenemos muy claro que la mejor forma de conocer una ciudad es quemando zapatilla. Caminando con y sin rumbo. ¡Así la cerveza de última hora sienta mejor!

Nos gustan los tours gratuitos que hemos experimentado en primera persona: Berlín, Londres, Ámsterdam y Dublín, entre otros. Los hemos encontrado mejores y peores, pero en nuestra opinión son una opción a tener en cuenta. ¡Por favor, nunca hay que ser tacaño con los/as guías!

Además, cada vez en más lugares es posible unirse a una visita guiada temática. Por ejemplo, el Mackintosh walking tour promovido por la Glasgow School of Arts.

Se haga o no el tour, es un lugar que hay que visitar. En 2014, el edificio original sufrió un grave incendio y está en obras. Justo en frente, en la ampliación, existe una pequeña sala que muestra las obras de remodelación y la trayectoria de algunos insignes alumnos como Charles Rennie Mackintosh. Además, tiene una tienda con objetos de diseño de esos que quieres todos.

La escuela es el punto de partida (y de llegada) del recorrido que muestra las obras más relevantes del arquitecto escocés y de sus coetáneos. Es un paseo muy agradable, de unas dos horas y media. Merece mucho la pena. Los guías son alumnos y transmiten con pasión sus conocimientos. Se precisa, eso sí, un buen nivel de inglés. Precio: 19,50 £.

2.- The Lighthouse.
No, no existe un faro en el centro de Glasgow. Es un edificio proyectado por Mackintosh en 1895, junto a las imprentas del Glasgow Herald. De hecho, su función era la de depósito; es decir que contenía agua para responder con rapidez ante un posible incendio en la rotativa. El fuego es una de las obsesiones de los escoceses.

Ahora es un centro didáctico sobre arquitectura y diseño.

Que nadie se eche atrás ante sus 134 escalones. No nos inventamos el número, nuestra amiga, Sandrine, tuvo a bien contarlas. Las vistas compensan el esfuerzo. Creednos. La entrada es gratuita.

3.- Kelvingrove.
Como en muchas otras ciudades, Glasgow está creciendo y si se quiere conocer su verdadera esencia y lo que está en boga, hay que moverse más allá del centro. En el oeste, se encuentra, por ejemplo, Kelvingrove.

Inaugurado en 1901, es uno de los museos más interesantes de Escocia y el parque que lo rodea es perfecto para un picnic. Es aconsejable visitarlo con tiempo y puede ser una buena propuesta en un día gris, de lluvia, en el que se busca refugio. El edificio es una joya. Esas lámparas. Ese órgano.

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Nos gustó el apartado dedicado a Mackintosh y a su esposa, Margaret Macdonald. Ella también fue una artista muy relevante dentro del movimiento Glasgow Style, durante la década de 1890. De ella, su compañero dijo que tenía genio, mientras que él solo tenía talento.

Pero si hubo una instalación que captó toda nuestra atención fue la firmada por Sophie Cave: Floating Heads. Se compone de más de 50 cabezas, creemos que es la misma, pero cuyos rasgos denotan diferentes emociones. Es hipnótica. Y con el cambio de la luz resulta fantástico.

 

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Sin olvidar que Kelvingrove alberga la archiconocida obra de Dalí: Cristo de San Juan de la Cruz. Es un lienzo controvertido que ha sido atacado en dos ocasiones, pero por fortuna, hoy sigue a la vista de quien quiera contemplarlo.

La entrada también es gratuita.

4.- Riverside Museum.
El río Clyde fue y sigue siendo clave en la vida de la ciudad. Los astilleros han vivido un lavado de cara y una buena muestra es un edificio tan espectacular como el Riverside Museum, que alberga la colección del antiguo Museo del Transporte.

No podía ser menos teniendo el sello de la afamada arquitecta egipcia Zada Hadid. En España, por ejemplo, dejó su impronta en la bodega riojana R. López de Heredia, en Haro. Que también recomendamos visitar y no solo por el buen vino. (Nos tira mucho La Rioja).

En el museo se puede visitar una recreación de las calles del Glasgow del siglo XIX, incluyendo un pub, el metro… y con numerosas referencias a los movimientos obreros que han convertido a esta ciudad en icono de la lucha por los derechos de los trabajadores.

5.- Pollock Country Park.
Se podría afirmar que Escocia es en sí misma un parque gigante. En los pueblos y ciudades existen infinidad de jardines, huertos y otros espacios verdes. Los hay más o menos grandes; y más o menos a la vista de todos. En el sur de Glasgow, por ejemplo, se encuentra Pollock Country Park.

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Es, en nuestra opinión, una maravilla para quienes disfrutan caminando y contemplando la naturaleza. Caminar, correr, ir en bici… Solos, con niños, acompañados por el perro. Es una gozada.

6.- House for an Art Lover.
Otra buena pista, situada también en las afueras, es House of an Art Lover. Es un inmueble que recrea diseños de la pareja artística formada por Mackintosh y Macdonald. No son piezas originales, pero no importa.

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La historia cuenta que, en 1901, juntos participaron en un concurso, promovido por una revista alemana de diseño. Debían proyectar una casa para los amantes del arte. Debían respetar las dimensiones de las diferentes habitaciones, las escaleras y el presupuesto.

Ellos cumplieron los requisitos, convencieron a los jueces por el colorido y singularidad de la casa, si bien, un pequeño trámite a la hora de entregar imágenes de los interiores les dejó fuera de la competición. Y su proyecto se quedó en eso: en el papel, en los planos, en los dibujos y bocetos.

Asi fue hasta que en 1989 alguien alumbró la maravillosa idea de construirlo. En 1996 abrió al público.

Un último apunte, si es la hora del almuerzo, el café ofrece un menú equilibrado (nada de fish&chips) y con un buen precio. Nosotros lo probamos y nos encantó.

#nosinmifrugo
#keeprolling

Britannia: Una de romanos, o dos.

La semana pasada quisimos deciros en qué lugar de Reino Unido nos había sorprendido un atardecer único mientras conducíamos. Quisimos, pero las tecnologías nos jugaron una mala pasada y el texto se esfumó como por arte de magia. Será que vamos muy deprisa. Tanto que la entrada que subimos en sustitución incluía, entre las primeras líneas, una falta de ortografía muy, muy grande. ENORME. Os pedimos disculpas. Lo bueno es comprobar que algunas personas nos leen y nos envían mensajes para que enmendemos el fallo. Gracias.

Y como aquél fue un atardecer inolvidable vamos a intentar recuperar el texto en la medida en que nuestra memoria nos lo permita. Ahí vamos…

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Viajar en furgo tiene muchas ventajas. Una de ellas es que si el trayecto es largo puedes sentir la necesidad de detenerte para descansar o comer algo, y recalar en pueblos y ciudades que, de otra forma, probablemente no conocerías. Eso sucedió en diciembre. Cuando viajábamos hacia el sur, hacia Portsmouth para tomar el ferry, nos detuvimos en Bath. La sorpresa fue mayúscula.

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Llegamos por la tarde, ya de noche. Aparcamos en el centro de la ciudad, en el parking de larga estancia de Charlotte Street y allí dormimos muy tranquilos. En las ciudades no acabamos de sentirnos cómodos, y por eso decidimos estacionar cerca de la máquina expendedora de tickets donde, claro, había varias cámaras de seguridad. Si os animaís a dormir allí os aconsejamos recorrer todo el parking, puesto que aunque la mayor parte de las plazas están en cuesta es posible encontrar espacios bien nivelados. Los precios son: 5,40£ por 4 horas, 6,40 por 6 y 8,50£ por 8.

A pesar de estar cansados, dimos una vuelta por la ciudad. Y antes de ir a cenar a un restaurante chino, que encontramos por casualidad cuando lo que buscábamos era un japonés, incluso tuvimos tiempo de entrar en una iglesia a escuchar un festival de villancicos. El restaurante chino se llama Hoi Faan, está en el nº 41 de St James´s Parade y cumple el famoso tópico de “si hay chinos comiendo en él es bueno”, ¡Éramos los únicos occidentales! Y sí, buenísimo, aunque pidiéramos al azar la mitad de los platos, y la otra mitad señalándole al camarero lo que veíamos en las mesas de alrededor.

Por la mañana visitamos los baños romanos. Optamos por el ticket que también incluye el Fashion Museum Bath y la Victoria Art Gallery. Pagamos 21,50£ cada uno. Los baños merecen mucho la pena, pero los otros dos espacios quizá se pueden omitir.

Sorprende cómo los romanos, al tiempo que invadían, introducían aquello que consideraban esencial en su vida diaria. Véase el uso y disfrute de aguas termales. Sabían que la conquista iba para largo y no querían prescindir de sus costumbres.

En cuanto al museo de la moda, si se han visitado otros centros de estas características, éste se queda pequeño. El interés de la galería de arte depende en gran medida de la calidad de la exposición temporal. En cualquier caso es una observación personal.

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Entre museo y museo, descubrimos, por ejemplo, la librería Topping&Booking, y la encantadora calle Margarets Buildings, llena de pequeñas galerías de arte, librerías de segunda mano y anticuarios.

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Desde allí, y volviendo al parking para retomar el viaje, conocimos otra zona de Bath altamente recomendable, el Circus, bello ejemplo de arquitectura georgiana.

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Como decíamos al principio, la semana pasada no pudimos compartir la entrada sobre Bath, así que aprovechamos ‘la mala pata’ para añadir otro lugar vinculado al imperio romano en Reino Unido. Nos referimos a Hadrian’s Wall (Muro de Adriano).

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Tuvimos la oportunidad de conocerlo el pasado fin de semana. Se encuentra al norte de Inglaterra, en el límite con Escocia, en la región de Northumberland. En su empeño por conquistar Britannia, el emperador Adriano encontró un gran obstáculo: las valientes tribus del norte. Su ejército no pudo avanzar, ni reducir los ataques, así que ordenó construir este muro, de más de tres metros de alto y más de cien kilómetros de largo, para defender el territorio sometido al sur.

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Con el tiempo, el muro se cayó y las piedras fueron en gran medida utilizadas para la construcción de casas particulares de la zona. A partir de 1850 se reconstruyó, y en la actualidad se visita y se camina. De hecho, existe una ruta que discurre paralela: Hadrian’s Wall Path. En 1987 la Unesco lo declaró Monumento de la Humanidad. Quien desee conocer más sobre esta obra, puede consultar la entrada de Wikipedia.

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Es aconsejable visitar los restos de la ciudad llamada Vindolanda. En el museo se puede contemplar una interesante selección de piezas halladas en los años de excavaciones: joyas, calzado realizado en piel, cerámica, etc. Los trabajos continúan hoy por hoy. En el parking, además, tienen el detalle de guardarnos un sitio especial…

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Otro museo muy recomendable en la zona es el Roman Army Museum, especialmente si se visita con niños.

Existe un punto especialmente bonito en este muro: el lugar en el que se encuentra el árbol Sycamore. No tenemos ninguna imagen de él porque íbamos al volante y diluviaba. Por cierto, conducir por las carreteras de la zona resulta muy divertido. ¡No os podéis imaginar qué subidas y qué bajadas! ¡Como un tobogán!

El paisaje es increíble y pudimos ver, una vez más, esas ovejas tan enormes y que tan bien nos caen.

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Lo dicho, pensábamos contar una de romanos y al final, han sido dos.

#nosinmifurgo
#keeprolling

 

San Sebastián, desde las alturas.

Es y será una de nuestras ciudades favoritas. Hemos perdido la cuenta de las veces que hemos ido y siempre se produce el mismo efecto. Sí, regresamos a casa, a la rutina, con la sensación de haber disfrutado al máximo, sin haber hecho nada excepcional, y también de haber cargado las pilas. Porque San Sebastián, Donosti, tiene mar, buena oferta gastronómica y es, se mire por dónde se mire, una ciudad bellísima. Y eso casi siempre funciona.

Si la conocéis, habréis comprobado que aparcar es complicado y mucho más hacerlo gratuitamente. Seguramente también sepáis que la oferta hotelera es amplia y no barata precisamente. Nosotros hemos estado en pensiones y en alguna ocasión en hotel, pero a partir de ahora nos quedamos en el Monte Ulía y disfrutamos de unas vistas impresionantes.

 

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Y es que está realmente alto. Pero una senda y multitud de escaleras lo conectan con el barrio de Gros. Si al día siguiente tenéis agujetas, ¡que no os sorprenda!

Advertimos que no es fácil encontrar el parking. Nosotros, de hecho, dimos varias vueltas y nos peleamos con el GPS, pero al fin lo conseguimos. Está en un bosque frondoso y es muy tranquilo. Dormimos junto a otras cinco ó seis furgonetas y un autobús convertido en vivienda (¡espectacular!).

 

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No penséis que al estar en una ciudad a altas horas de la madrugada habrá ruido, música en los coches o botellón. Al menos cuando nosotros hemos ido, no ha sucedido. Señalar, eso sí, que no es posible dormir a pierna suelta hasta tarde. Se trata de una zona de paseo muy popular y, desde muy temprano, se escucha el movimiento de coches y de paseantes.

Muy cerca se encuentra el Albergue Juvenil Ulía. Nos gustaría contar nuestra opinión porque nosotros nos acercamos al haber leído algún comentario positivo. Nuestra experiencia no fue así. Cuenta con una terraza y una panorámica verdaderamente maravillosa, si bien, pagamos un elevado precio por un desayuno mediocre y los baños estaban muy sucios.

Como decimos, si se siguen la senda y las escaleras, se llega al barrio de Gros. Nos gusta su playa; The Loaf Bakery, por su pan y su tarta de zanahoria; así como el restaurante japonés Elosta.

Si os apetece probar este último, conviene reservar y disfrutar de las sugerencias fuera de carta. Nosotros no hicimos lo primero, pero tuvimos suerte y el personal, que fue muy amable, nos hizo un hueco en la barra. Alucinaron porque probamos casi de todo. Y claro, luego teníamos la tripa tan llena que pensar en las escaleras se nos hizo cuesta arriba… Así que volvimos en taxi, por apenas 5 euros, y nos dejó en la puerta de la furgo.

En el albergue nos dijeron que hay un servicio de autobús. Llamas por teléfono una hora antes de subir, y te espera en una parada en Gros. No sabemos hasta qué hora funciona, pero es una gran solución.

Para nosotros, cada nueva visita a San Sebastián resulta relajada precisamente por todas las veces que ya la hemos recorrido. No sentimos prisa alguna por conocer nuevos lugares, paseamos sin rumbo fijo y casi siempre disfrutamos con ojos de recién llegados.

Y sí, la Playa de la Concha sigue despertando en nosotros más de un suspiro porque siempre luce bonita. En invierno, puede que incluso más.

 

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De Donosti, además, siempre volvemos con buen sabor de boca. Es complicado no acertar aunque la calidad tiene precio.

En cuanto a barras y restaurantes, elegimos: A Fuego Negro, Zeruko, GanbaraNineu y Bodegón Alejandro. Por supuesto, las opciones son numerosas y no recordamos el nombre de otros establecimientos en los que disfrutamos. A La Cuchara de San Telmo dejamos de ir por antipáticos. Quizá hayan cambiado, ojalá, porque tenían propuestas muy buenas.

En algún momento hay que pasar por La Viña y compartir (o no) una porción de su deliciosa tarta de queso (¡se merece un monumento!); por la Pastelería Otaegui y comprar chocolate; y también por Barrenetxe y llevarse sus bizcochos de almendra o ‘txintxorros’.

Si de un café o una copa a media tarde se trata, cerca del Aquarium hay un bar, en una esquina, con un neón rojo. Se llama Akerbeltz. No tiene nada especial pero a nosotros nos gusta, nos trae buenos recuerdos y nos encantan los neones.

 

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En cuanto a compras, también sabrosas, resultan imprescindibles el Mercado de La Bretxa y Aitor Lasa, especializado en hongos y setas. Don Serapio no está en el centro, pero es otra dirección clave si se trata de encontrar buenos quesos y carnes.

Por último, otra tienda muy suculenta es Mimo San Sebastián. Merece la pena visitarla por la selección de aceites, vinos y conservas que ofrece; porque está en el emblemático (y maravilloso) Hotel María Cristina y porque organizan interesantes talleres de cocina, catas y visitas guiadas por la ciudad con la gastronomía como eje, naturalmente.

Pero no todo es comer y aunque suele ser un plan en familia y con niños, nosotros recomendamos conocer el Aquarium también cuando se viaja en pareja, solo o con amigos.

Recoge la historia de la ciudad a través de la pesca, cómo eran los hombres y mujeres que vivían del mar y cómo ha sido la evolución de esta actividad económica. Además, claro está, permite ‘sumergirse’ y contemplar espectaculares peces, algunos son preciosos y otros, no tanto. La visita resulta relajante e inquietante a partes iguales.

 

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Para quienes disfrutan en las tiendas de objetos bonitos para el hogar, una última recomendación: Valentina.

Ésta es una pequeña parte de lo que San Sebastián ofrece. Lo mejor es vivirlo en persona y dejarse sorprender como si fuera la primera vez. Nunca falla.

#nosinmifurgo
#keeprolling

 

Edimburgo, mejor en furgo.

La primera vez que viajamos a Edimburgo fue por motivos laborales y en tren. Cogimos el de vuelta a las 6 de la tarde; una hora después debíamos estar en nuestro destino. Llegar, llegamos, pero 7 horas más tarde dado que, en las vías, un semáforo estaba en rojo. No identificaban porqué pero no era posible continuar. Volvimos a la estación y regresamos en un autobús, ya de madrugada. Como anécdota, coincidió con nuestro aniversario de boda y la cena fue tan sólo unos cuantos pistachos. Las siguientes veces hemos ido en la furgo. ¡De momento, ella no falla!

Para nosotros el mejor lugar para dormir está en la playa de Portobello. Hay varios aparcamientos y todos son gratuitos. Nos gusta el de mayor tamaño; estacionas casi en la misma arena y suele haber otras furgonetas y caravanas. Por la noche, se escucha el movimiento de las olas aunque la marea esté baja. Resulta muy relajante.

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Hay un bar y un pequeño café, que no cierran tarde. El segundo tiene muy buena pinta aunque nosotros no hemos entrado porque preferimos desayunar en la furgo.

Desde temprano, llegan coches de quienes se acercan a caminar por la orilla.

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Portobello Beach no dista demasiado del centro. Si bien, hay que coger el autobús. En la calle principal, hay una parada y cualquiera de ellos conduce a la ciudad. Nosotros hemos cogido el 26 y el 125, la última parada es en la parte nueva de Edimburgo, es decir, pleno centro. El billete sencillo cuesta 1,60 £. También existe uno para todo el día sin límete de viajes por menos de 5 libras.

Edimburgo impone por su carácter arquitectónico. También por esa atmósfera de otro tiempo que contrasta con el ambiente universitario y juvenil. Aunque muy turística, resulta una ciudad sugerente. Es fácil de explorar durante un par de días aunque quedan, eso sí, multitud de lugares para la próxima visita.

De la parte nueva, nos gusta recorrer George Street, que concentra un buen número de tiendas. Hace un tiempo, escribí una entrada en cardamomoyclavo.blogspot.co.uk, precisamente sobre el encanto de dicha calle.

No lejos, otro buen plan consiste en deambular, sin buscar nada en concreto, por la tranquila zona de Heriot Row, Great King y Howe Street, y detenernos, además, en los jardines de Queen Street. Sospechamos que improvisar allí un picnic, en primavera o verano, no tiene que ser mala idea.

Caminando por dicha zona, vimos esta maravilla de T3.

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En el número 8 de Howe Street está Homer. Es una tienda con una atractiva selección de velas y cosmética de calidad, la mayoría bio; muebles, ropa y  objetos bonitos para el hogar; libros y multitud de artículos de papelería… A los británicos les encantan las postales y siguen enviándolas y entregándolas en ocasiones que lo merecen.

De Homer te llevarías todo. Además, quienes allí trabajan son muy amables. Nosotros compramos una vela con un aroma muy suave y natural a coco.

¡Nos hubiéramos comprado diez!

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En cuanto a oferta artística y cultural, existen interesantes centros y en la mayoría el acceso es gratuito. En nuestra opinión, si no se cuenta con más tiempo que un fin de semana, elegimos dos: The Scottish National Gallery y National Museum of Scotland.

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Este museo solo tiene un inconveniente: alberga demasiadas piezas y todas de sumo interés. Así que o se invierten unas cuantas horas o hay que volver. De nuevo, en cardamomoyclavo.blogspot.co.uk, podéis leer algo más sobre todo lo que reúne.

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Lo que nunca hay que dejar para la próxima es la séptima planta. Se trata de una azotea con espectaculares vistas. Si el día es soleado, esta atalaya se convierte en un lugar privilegiado desde el que admirar los edificios, monumentos y lugares más representativos de la ciudad, por ejemplo, el castillo así como Nelson Monument y mucho más.

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Pero volvamos al interior porque hay un agradable café. Allí se puede tomar un té, un refresco o un tentempié. Si bien, antes o después de la visita, y a tan solo un par de calles de distancia, se encuentra otro espacio delicioso para los amantes de la cafeína: Brew Lab Coffe. No es barato, pero se nota la diferencia. Y había unos doughnuts con una pinta y unos rellenos de escándalo. ¡Nosotros fuimos fuertes y nos resistimos!

Cargadas las pilas, nunca está de más descender la Royal Mile y High Street para conocer el Scottish Parliament, obra del arquitecto español Enric Miralles. Es un edificio singular y llamativo.

Por supuesto, también es aconsejable acercarse hasta St. Giles Cathedral y el castillo. Acceder o no al interior del segundo es una elección personal y una cuestión de presupuesto. La entrada cuesta 16,50 £ y no aplican descuentos, ni siquiera a estudiantes. Desde la pequeña plaza de entrada, se admira una bonita panorámica y se divisa el mar.

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De esta ciudad, como de la mayoría de Reino Unido, nos gusta cómo la muerte está integrada en la vida, en la ciudad o, al menos, cómo los cementerios son parte del escenario urbano.

Resulta curioso caminar entre las tumbas de Canongate y de Greyfriars. La entrada del primero se identifica por la estatua del poeta Robert Fergusson y el segundo por la de un perro, de raza Skye Terrier, que permaneció junto a la tumba de su dueño durante 14 años. Hasta que él falleció.

La historia es muy conocida y contribuye a ese cariño que en este país sienten hacia los perros. ¡Casi todo el mundo tiene uno o dos!

cementerio-edimburgoFoto: Greyfriars.

En cuanto a oferta culinaria. En la parte nueva, en la conocida calle peatonal Rose Street, existe un antiguo local llamado Nicholson’s Rose Street Brewery. Nos gustó el ambiente, el servicio y, sobre todo, la comida. La relación calidad-precio fue muy buena.

Otra sugerencia está muy cerca de la Royal Mile, es decir, en la parte vieja, y es Arcade Bar. Nosotros recomendamos el fish&chips, uno de los mejores que hemos probado (nos estamos haciendo expertos). A nosotros nuestro amigo Tom nos lo recomendó por su famoso haggis, pero nosotros a lo nuestro: ¡Fish&chips!.

arcade-1Foto: Arcade.

A media tarde, tomamos una cerveza en un pub: Nº1 High Street. Quisimos cenar en el japonés Kanpai, pero al no tener reserva no fue posible. Lo guardamos para otra ocasión porque todo apunta a que lo disfrutaremos.

Nosotros ahora vivimos cerca de Edimburgo y todavía nos queda mucho por conocer. Nos han hablado, por ejemplo, de Water of Leith, un paseo de cerca de 15 kilómetros que permite conocer diferentes lugares de interés, entre ellos, Dean Village. También tenemos pendiente el Royal Botanic Garden y subir tanto a Arthur’s Seat como a la colina Calton Hill. 

Volveremos una vez más y será en furgo.

#nosinmifurgo
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