Cuenca entre mimbres púrpura

Llevamos una temporada de lado a lado, más emocional que físicamente. Así están siendo las circunstancias; y necesitábamos una salida, sin irnos lejos y aquí estamos, aparcados junto al embalse de Sacedón (Guadalajara). ¿De dónde venimos?

Ayer, sábado, salimos de casa en torno a las 12 horas. Sin darle demasiadas vueltas, decidimos encaminar nuestros pasos hacia Cuenca. Bueno, sin darle demasiadas vueltas, pero consultando a Óscar Checa, periodista especializado en viajes y que procede de La Manchuela.  Si tenéis Instagram, seguidle: @oscarchecalgarra

Mientras conducíamos, apenas 160 kilómetros, incluso hicimos una reserva en la barra del restaurante con estrella Michelin, Trivio. Mereció muchísimo la pena, nosotros no comimos el menú gastronómico, preferimos elegir algunas propuestas de la carta. Nos parecieron una comida y un servicio muy buenos… ¡Gracias por tratarnos tan bien, Ulises!

Después, sin prisa, ¡cómo a nosotros nos gusta!, descubrimos algunas flechas del Camino de la Lana, que nuestros padres, juntos, recorrieron.

Paseamos por el barrio de San Antón, que se está llenando de arte urbano, mensajes de buena convivencia y cuidado del barrio, y que está atrayendo a numerosos artistas a vivir en él.

Por supuesto, subimos a la parte alta, donde se encuentra la catedral. Callejeamos y donde estuvimos un rato largo fue en la Fundación Juan March. Cuenta con unos fondos artísticos de gran valor y el propio edificio que la alberga es una maravilla, se trata de una de las célebres casas colgadas. La entrada es gratuita y se pueden admirar obras de Zóbel, Chillida, Tàpies, Saura…

Cuando ya cayó la noche, nos planteamos hacia dónde emprender rumbo. El destino fue Beteta, en la Serranía de Cuenca, pero como no encontramos dónde aparcar y dormir, condujimos apenas unos kilómetros más, hasta Cueva del hierro.

Llegamos a través de una carretera que intuíamos bonita y, hoy, como suele ocurrir, con la luz del día, hemos comprobado que estábamos en lo cierto. Anoche alcanzamos los -4 grados y había restos de una nevada importante. Hemos dormido muy bien, justo al lado de la mina que hoy hemos visitado. El precio de la entrada es 6 euros.

Joaquín el guía nos ha explicado con todo lujo de detalles el origen, evolución y características de esta mina de origen romano. Se abandonó en los años 60 y los jóvenes del pueblo, que ahora cuenta con apenas 30 habitantes, se propusieron recuperarla con un fin cultural y turístico. Nos ha parecido increíble que hoy estuviera abierta. ¡Enhorabuena por la iniciativa!

De bajada, hemos recorrido y contemplado los campos de mimbre, distribuidos a lo largo de diversos pueblos (Villaconejos de Trabaque, Priego, Cañamares, Fuertescusa, Cañizares, Beteta), unos 40 km de ruta que merece la pena recorrer a finales de otoño.

Checa nos dijo que éste era el momento para disfrutar de su color rojo, simplemente por esto ha merecido la pena la escapada, pero hay mucho más. También zonas boscosas preciosas, sendas botánicas y otros rincones bellísimos en torno, por ejemplo, a la hoz de Beteta, así como el río Escabas y el Estrecho de Priego.

Hemos visto tanto y nos hemos dejado tanto por conocer, que nos han entrado las ganas de volver en primavera. Porque Cuenca y sus alrededores, bien cerca de Madrid, son ese tipo de escapadas, próximas y sin complicaciones, que nos cargan las pilas para la semana que está por empezar.

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