Guadalajara, viaje interior

Nos hemos propuesto prolongar la sensación de vacaciones, aunque ya no lo estemos. Ya volvimos, ya nos incorporamos a nuestros trabajos, pero sí, todavía nos dura la actitud positiva cuando se vuelve con las pilas a tope.

Vivimos en Madrid y este fin de semana queríamos salir. Pensamos en el norte, en alguna playa. Por ejemplo, Sopelana, que nos gusta mucho. Pero la previsión del tiempo no lo recomendaba así que, sin demasiadas vueltas, encontramos el destino. Y ahora, a estas horas de domingo, todavía lo estamos disfrutando. Escribimos este post desde la plaza mayor de Ayllón (Segovia).

Si bien, nuestros pasos han discurrido por la comunidad de Guadalajara. El viernes, en torno a las 17 horas, partimos de casa y nos dio tiempo a recorrer algunos pueblos de arquitectura negra: El Espinar, Campillejo y Campillo de Ranas.

Las casas y otras construcciones son de pizarra negra, la piedra común en la zona. En el segundo municipio, visitamos el Museo de Roizo, apellido del señor que lo ha creado. Él (sentimos haber olvidado su nombre) ha fabricado en los últimos años, con mucha paciencia y pericia, pequeños objetos. Se trata de elementos y escenas propios de oficios de España, no solo de la zona. Es una delicia de pequeño museo y la entrada cuesta 1 euro.

De allí nos dirigimos a Majaelrayo y, después de tomar una cerveza en el Mesón Jabalí, volvimos a la furgo, aparcada en una zona de parking a la entrada. Nuestro amigo Alfredo nos dijo que estando allí no deberíamos dejar pasar la oportunidad de subir al Ocejón. Se trata de un pico de 2.049 metros.

Acostumbramos a ir un poco al revés que el resto… así que empezamos a caminar a las 10.20 horas. Tela, telita, tela la subida… Lo conseguimos, aunque hoy tenemos dolor en todo el cuerpo. No nos encontramos con nadie hasta llegar casi a la cima. Luego supimos que hay otro sendero desde Valverde de los Arroyos.

No nos molestó el calor, pero sí la cantidad de moscas, mosquitos y otros insectos que decidieron acompañarnos. Ah, y tuvimos más compañía. Cuando comenzábamos la bajada apareció una cabra y fue detrás de nosotros hasta el pueblo.

Allí, nos asomamos a una casa y preguntamos. Nos dijeron que buscaban al pastor y que no nos preocupáramos, que la cabra se quedaba en buenas manos.

Solemos encontrarnos con amigos por arte casi de birlibirloque. Y en esta ocasión vimos a Alfredo, Noelia y a su hijo Pablo. Casualmente estaban pasando el día en la casa de unos amigos, quienes nos acogieron como si nos conocieran de toda la vida. Nos vieron tan derrotados que nos dieron cerveza fría, tortilla de patata y unas empanadillas de morirse. Ah, y torreznos. ¡Casi nada! ¡Mil gracias!

Una vez recuperados, tomamos la pista de tierra que conduce de Majaelrayo a Cantalojas. Son 30-45’ con algún bache, naturalmente, pero nada complicado. Turismo y furgos pasan sin problemas, pero quizás las autocaravanas deban prestar más cuidado.

En Cantalojas hemos pasado la noche en el Camping Los Bonales. El precio por dos personas y una camper, sin electricidad: 17 euros. Los baños estaban limpísimos y la ducha fue un lujo. Además, tiene bar-restaurante en el que nos han dicho que se come fenomenal. Cuando se trata de un pequeño pueblo que cuenta con camping municipal no dudamos en alojarnos allí, aunque fuera haya opciones, por apoyar este tipo de iniciativas y a quienes se animan a sacarlas adelante.

Decíamos que en el restaurante se come bien, pero a nosotros a la hora de la cena nos esperaban otros amigos: Judith, Jorge y el pequeño Ander. Jorge es la persona que certificó nuestro compromiso de querer estar juntos. Fue en el ayuntamiento de este pequeño y encantador pueblo de Guadalajara donde nos casamos una tarde octubre.

Qué gusto ver a los amigos y charlar como si no hubiese transcurrido tanto tiempo. Fue un placer haber estado un ratito tanto con Alfredo y Noelia, como con Judith y Jorge. Siempre nos sabe a poco.

Esta mañana, después de haber dormido de cine, hemos subido al Hayedo de Tejera Negra. La entrada está controlada y en el punto de acceso hay que pagar 4 euros. En otoño es precioso, y conviene reservar. Nosotros lo visitamos hace años, pero no pudimos disfrutar demasiado porque llovió todo lo que este año hace falta. Así es el bosque está algo seco y los arroyos apenas tienen agua.

Y ahora, en cuanto subamos este post y terminemos el café, rumbo a casa. Que mañana es lunes y nosotros ya no estamos de vacaciones. Aunque el puente sí y está a la vuelta de la esquina.

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