Mull of Galloway, junto al faro.

En Escocia, con la furgoneta pasa como con salir a correr. Si esperas a que luzca el sol y no llueva, nunca sales. Sea primavera o incluso verano. Posiblemente, en esto haya mucho de actitud positiva y a nosotros no nos molesta ni la lluvia, ni la nieve ni tampoco la niebla o la oscuridad. Porque #nosabemosquedarnosencasa.

Recordamos hoy Mull of Galloway. Llegamos en una noche un tanto desapacible, pero lo que vimos al levantar la persiana, a la mañana siguiente, pertenece ya a nuestra colección personal de amaneceres únicos.

Tras una cena que se prolongó demasiado el viernes, con varias botellas de vino español y algún whisky de por medio, el sábado, salimos sin prisa de casa y estuvimos varias horas en Wigtown.

Es un pueblo muy pequeño en el que hay unas cuantas librerías, la mayoría de segunda mano, así como cafés y hoteles vinculados con el mundo de los libros. Por todo ello merece el título de ciudad literaria. Hemos descubierto que el marketing en Escocia funciona de maravilla, colocan carteles en casi cualquier lugar y los recién llegados nos detenemos. A veces merece la pena y otras, no tanto.

 

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Quizá nosotros esperábamos mucho más, pero disfrutamos de un paseo y de ese nuevo tipo de turismo que nos gusta practicar: el de cementerio.

Y es que por estas tierras las últimas moradas se encuentran en medio de los pueblos y ciudades, están abiertas y a nosotros, qué le vamos a hacer, nos entretiene perdernos entre lápidas y leer nombres, fechas, saber que más de uno es enterrado junto a la suegra, que hay quien pidió una escultura en forma de caballo porque este animal era su mejor amigo, etc.

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Pero volvamos a Mull. Aunque con frecuencia son lugares solitarios y azotados por el viento, como ocurrió entonces, hay algo en los faros que nos atrae.

Lo encontramos, tras recorrer estrechas carreteras, habiéndole llevado la contraria en un par de ocasiones al GPS y sin la menor idea de qué nos esperaba cuando amaneciera.

 

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Nos impresionó tanto la luz, el ruido del viento y el mar tan cerca, tan bravo, que estuvimos varios minutos en silencio y sintiéndonos realmente privilegiados.

Esa mañana de domingo transcurrió sin prisa. Tras el desayuno, decidimos explorar ese rincón del mundo en el que tan plácidamente habíamos dormido y desvelamos el misterio de la luz que habíamos visto en plena oscuridad.

 

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Y es que cuando teníamos todo preparado para cenar, advertimos a alguien caminando desde el faro y hacia nuestra furgoneta, con un frontal. Sinceramente, imaginamos de todo, pero nadie llamó a nuestra puerta.

A plena luz, mejor dicho, a plena niebla, supimos que no era el farero. En este lugar tan apartado de la civilización, existen tres casitas que pueden alquilarse y, en una de ellas, estaban un señor y su perro. Fue él quien salió a cerrar la valla. Nada más.

Él nos explicó que a partir de la primavera hay un museo que se puede visitar. Nosotros nos asomamos por la ventana y pudimos ver máquinas, fotografías…

 

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También curioseamos el huerto de la parte de atrás. Sin duda, nos pareció el destino perfecto para perderse unos días. Con o sin furgoneta. ¡Incluso tienen la piedra del tiempo!

 

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En Escocia la acampada es libre. El hecho de viajar en furgoneta, caravana, en coche o con tienda de campaña está completamente integrado en la vida. A nadie le sorprende, a nadie le molesta. No creen que sea un crimen. De hecho, a la mañana siguiente los propietarios o la empresa que gestiona estas casitas vacacionales compartieron nuestro tweet. ¡Igual que en España!

 

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También son los responsables del bar en el que se puede desayunar, comer, ir al baño y admirar el mar desde una terraza impresionante. (En la foto de apertura)

Sin duda, ellos comprenden que quienes viajamos en furgoneta no pagamos un hotel pero a veces sí desayunamos, comemos y cenamos en bares y restaurantes; compramos leche en las tiendas, el periódico, unas cervezas… En fin, que hacemos gasto.

 

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Tras el paseo y, en cuestión de minutos, la niebla impidió que viéramos el mar, en una dirección, y el faro, en la otra. Por ejemplo, frente a este banco supuestamente estaba el mar.

 

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Volvimos a la furgoneta y emprendimos el viaje. Nos detuvimos en dos playas y pasamos un buen rato fotografiando todo aquello que arrastra el mar hasta la orilla. Lo que en ellas encontramos lo contamos en cardamomoyclavo.

Ésta es una zona altamente peligrosa porque confluyen tres mares. Nadie se baña y no solo por la baja temperatura del agua.

 

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Descubrimos otro buen lugar para instalarse…
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Conversando con el señor de la furgoneta, supimos que a media mañana, el granjero, propietario de la parcela, se acerca y cobra dos libras.

A pocos metros de distancia, hace tiempo que la corriente dejó para siempre un gran tonel o silo de hierro. Nos pareció incluso bonito.

 

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De vuelta, disfrutando de una carretera estrecha y sinuosa, vimos algunas ovejas con corderos que apenas llevan unos días en este mundo. Son especialmente llamativas porque su tamaño es mayor que el de las españolas.

 

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¡Cómo llamativa es la altura y frondosidad de las aliagas!

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La última parada fue el pequeño pueblo de Port Logan. Donde comimos las sobras de la cena del viernes, frente al mar, y sentimos que estábamos en el mejor restaurante del mundo.

 

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No necesitamos nada más para volver a casa con las pilas cargadas y comenzar la semana con energía. ¡Es fácil! Aunque llueva…

#nosinmifurgo
#keeprolling

 

La última noche de miedo: Isle of Whithorn.

No nos cansamos de decirlo: Viajar en furgo es un placer. Unas veces preparamos a conciencia las salidas buscando los lugares donde vamos a pernoctar en el mapa de “furgoperfectos” del foro furgovw.org, en Park4night o en ÁreasAC. Además, hay un buen número de apps que pueden ayudar a planificar o decidir dónde dormir sobre la marcha. En Furgosfera lo saben. Otras veces salimos sin darle demasiadas vueltas e improvisamos, si bien, esto implica, tarde o temprano, tener que dedicar un rato a encontrar un lugar apropiado: que esté nivelado, que no sea una zona ruidosa, que la probabilidad de multa sea pequeña (#FreeCampingIsNotACrime)… y que nos sintamos tranquilos. Otro día hablaremos de las medidas de seguridad que tomamos: fermín (l@s furgonter@s saben a qué nos referimos), detector de gases y alguna que otra cosa.

La cuestión es que no siempre hemos dormido a pierna suelta. En nuestro historial contamos con algunas noches de miedo. Resulta “divertido” que quien más intranquilidad siente al principio, quien más vueltas da y no deja conciliar el sueño al otro, luego es capaz de dormir profundamente. ¿Quién será de los dos?

En una ocasión, uno de nosotros viajó en furgo por Galicia, y lo que se presentó como una agradable noche en Finisterre se convirtió en una pesadilla. Era verano, hacía mucho calor y fue necesario dormir con las ventanillas y el portón trasero abiertos. ¡A las tres de la mañana hubo que salir corriendo porque los mosquitos eran crueles asesinos!

Por ejemplo, en Évora (Portugal) llegamos tarde y aparcamos en una alameda, a las afueras. También era verano, con ola de calor incluida, y la temperatura no ayudaba a descansar. Los portugueses son muy dados a practicar lo que llaman “camping-car”, esto es, hacer turismo durmiendo en el coche.

La cuestión es que a las 2 de la madrugada uno de nosotros (o una) miró por la ventilla de la Renault y se encontró a nuestro vecino de aparcamiento dando vueltas en calzoncillos alrededor de su vehículo. El ajetreo de gente entrando y saliendo de los coches hizo que uno de nosotros (o una) se pegara varias horas asomando la nariz por la cortina, y que no consintiera abrir la ventana… ¡Qué calor! ¡Qué noche!

Es cierto que en Portugal, en alguna zona de bosque, tampoco hemos logramos conciliar el sueño tranquilamente. Uno de los deportes nacionales de los lusos son las barbacoas, y no tienen reparos en hacerlas en agosto, en medio de un pinar y con viento…

Hace apenas unas semanas, la tormenta Doris también nos hizo pasarlo regular (tirando a mal, e incluso, muy mal) en la playa de Portobello, en Edimburgo. Entonces, además de viento, una lluvia torrencial nos hizo preguntarnos por la flotabilidad de la furgo.

Pero sin duda, una de las peores experiencias fue en la Isla de Arosa, Pontevedra. Creímos ser arrastrados por el viento o aplastados por uno de los árboles que teníamos alrededor. El viento hace que la furgo se mueva bastante y el ruido puede resultar bastante inquietante. Hace tan solo unos días las pasamos canutas en otra isla, ésta más pequeña, ésta en Escocia: Isle of Whithorn.

Llegamos de noche a Whithorn y encontramos un aparcamiento al final del puerto, junto a un parque infantil y la zona que conduce al faro. Aunque existe un parking de hierba más alejado del mar, nosotros estacionamos sobre asfalto, a un paso de las rocas y el agua. Si metes la furgo en una zona de hierba en Escocia, el riesgo de quedarte atrapado en el barro es muy alto. Creednos, lo hemos comprobado en primera persona.

Otro dato importante por si alguien visita la zona y decide dormir: al lado, hay un baño público, limpio.

Dormimos -o lo intentamos- junto a otra furgoneta. A medida que avanzó la noche, el vaivén, el tremendo ruido del viento y la violencia de la lluvia, parecía que nos tiraban cubos, nos hicieron preguntarnos si realmente estábamos en un buen lugar o si debíamos salir corriendo. A través de la ventana tan solo veíamos oscuridad y agua, pero intentamos asegurarnos de que no había riesgo de que hubiera objetos (árboles, edificios…) que se nos pudieran caer encima o que pudieran ser arrastrados hasta chocar con nosotros. Además, Isle of Whithorn es en realidad una península  que sale de una bahía y comprobamos en GoogleMaps que estábamos en la zona del interior y no en mar abierto. ¡Estábamos apenas a 2 metros del agua!

Pese a todo, sobrevivimos a una noche más de miedo e intuimos que la sorpresa, al levantar la persiana, haría que el temor hubiese merecido la pena. Y así fue. Como suele ocurrir: después de la tormenta…

 

 

 

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Como hemos dicho en alguna otra ocasión, en Escocia, sobre todo en el campo, en el medio rural, los planes no son demasiado excitantes: Un paseo, algo de lluvia y bastante barro… Nosotros no necesitamos más, al menos, en este punto de nuestras vidas.

Dicho esto, Whithorn es un pequeño municipio pesquero en el que tan solo existe un pub: Steam Packet. Cuando nosotros, que llevamos el horario cambiado, nos tomábamos un café, el local empezó a llenarse de gente que quería disfrutar del almuerzo dominical.

 

 

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Desde el pueblo sale un camino (8 kilómetros) que conduce a la cueva de San Ninian, junto a una playa de piedras. Éste fue un importante punto de peregrinaje; los restos de varias capillas en la zona así lo atestiguan.

 

 

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Tras el paseo, marchamos hacia Port William. Aparcamos frente a la playa y disfrutamos de un plato de fabada, de una ensalada y de unos pimientos con anchoas. Saboreamos hasta el último gramo de las conservas porque se nos han acabado las reservas. ¡Horror!

 

 

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De vuelta a casa, cuando el sol ya se escondía, nos detuvimos en otro lugar: Cairnholy. Allí se pueden contemplar dos tumbas neolíticas. Impresiona el conjunto, el entorno, el mar justo en frente y las vacas y ovejas que continúan comiendo impasibles, como lo han hecho a lo largo de toda la historia.

Coincidimos con un señor que nos explicó el significado de cada una de las piedras y cómo ni la posición ni la forma son casuales. Fue un lujo conocer sus teorías sobre el vínculo de Cairnholy con el ciclo de la naturaleza, con la energía. La primavera, precisamente, llegaría justo unas horas después de nuestra visita y, según nos dijo, en ese atardecer el sol se pondría exactamente entre las dos piedras centrales. Fuimos testigos de que así ocurrió.

No pasamos una buena noche, pero está claro que tras la tormenta llega la calma.

#nosinmifurgo
#keeprolling

Britannia: Una de romanos, o dos.

La semana pasada quisimos deciros en qué lugar de Reino Unido nos había sorprendido un atardecer único mientras conducíamos. Quisimos, pero las tecnologías nos jugaron una mala pasada y el texto se esfumó como por arte de magia. Será que vamos muy deprisa. Tanto que la entrada que subimos en sustitución incluía, entre las primeras líneas, una falta de ortografía muy, muy grande. ENORME. Os pedimos disculpas. Lo bueno es comprobar que algunas personas nos leen y nos envían mensajes para que enmendemos el fallo. Gracias.

Y como aquél fue un atardecer inolvidable vamos a intentar recuperar el texto en la medida en que nuestra memoria nos lo permita. Ahí vamos…

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Viajar en furgo tiene muchas ventajas. Una de ellas es que si el trayecto es largo puedes sentir la necesidad de detenerte para descansar o comer algo, y recalar en pueblos y ciudades que, de otra forma, probablemente no conocerías. Eso sucedió en diciembre. Cuando viajábamos hacia el sur, hacia Portsmouth para tomar el ferry, nos detuvimos en Bath. La sorpresa fue mayúscula.

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Llegamos por la tarde, ya de noche. Aparcamos en el centro de la ciudad, en el parking de larga estancia de Charlotte Street y allí dormimos muy tranquilos. En las ciudades no acabamos de sentirnos cómodos, y por eso decidimos estacionar cerca de la máquina expendedora de tickets donde, claro, había varias cámaras de seguridad. Si os animaís a dormir allí os aconsejamos recorrer todo el parking, puesto que aunque la mayor parte de las plazas están en cuesta es posible encontrar espacios bien nivelados. Los precios son: 5,40£ por 4 horas, 6,40 por 6 y 8,50£ por 8.

A pesar de estar cansados, dimos una vuelta por la ciudad. Y antes de ir a cenar a un restaurante chino, que encontramos por casualidad cuando lo que buscábamos era un japonés, incluso tuvimos tiempo de entrar en una iglesia a escuchar un festival de villancicos. El restaurante chino se llama Hoi Faan, está en el nº 41 de St James´s Parade y cumple el famoso tópico de “si hay chinos comiendo en él es bueno”, ¡Éramos los únicos occidentales! Y sí, buenísimo, aunque pidiéramos al azar la mitad de los platos, y la otra mitad señalándole al camarero lo que veíamos en las mesas de alrededor.

Por la mañana visitamos los baños romanos. Optamos por el ticket que también incluye el Fashion Museum Bath y la Victoria Art Gallery. Pagamos 21,50£ cada uno. Los baños merecen mucho la pena, pero los otros dos espacios quizá se pueden omitir.

Sorprende cómo los romanos, al tiempo que invadían, introducían aquello que consideraban esencial en su vida diaria. Véase el uso y disfrute de aguas termales. Sabían que la conquista iba para largo y no querían prescindir de sus costumbres.

En cuanto al museo de la moda, si se han visitado otros centros de estas características, éste se queda pequeño. El interés de la galería de arte depende en gran medida de la calidad de la exposición temporal. En cualquier caso es una observación personal.

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Entre museo y museo, descubrimos, por ejemplo, la librería Topping&Booking, y la encantadora calle Margarets Buildings, llena de pequeñas galerías de arte, librerías de segunda mano y anticuarios.

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Desde allí, y volviendo al parking para retomar el viaje, conocimos otra zona de Bath altamente recomendable, el Circus, bello ejemplo de arquitectura georgiana.

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Como decíamos al principio, la semana pasada no pudimos compartir la entrada sobre Bath, así que aprovechamos ‘la mala pata’ para añadir otro lugar vinculado al imperio romano en Reino Unido. Nos referimos a Hadrian’s Wall (Muro de Adriano).

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Tuvimos la oportunidad de conocerlo el pasado fin de semana. Se encuentra al norte de Inglaterra, en el límite con Escocia, en la región de Northumberland. En su empeño por conquistar Britannia, el emperador Adriano encontró un gran obstáculo: las valientes tribus del norte. Su ejército no pudo avanzar, ni reducir los ataques, así que ordenó construir este muro, de más de tres metros de alto y más de cien kilómetros de largo, para defender el territorio sometido al sur.

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Con el tiempo, el muro se cayó y las piedras fueron en gran medida utilizadas para la construcción de casas particulares de la zona. A partir de 1850 se reconstruyó, y en la actualidad se visita y se camina. De hecho, existe una ruta que discurre paralela: Hadrian’s Wall Path. En 1987 la Unesco lo declaró Monumento de la Humanidad. Quien desee conocer más sobre esta obra, puede consultar la entrada de Wikipedia.

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Es aconsejable visitar los restos de la ciudad llamada Vindolanda. En el museo se puede contemplar una interesante selección de piezas halladas en los años de excavaciones: joyas, calzado realizado en piel, cerámica, etc. Los trabajos continúan hoy por hoy. En el parking, además, tienen el detalle de guardarnos un sitio especial…

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Otro museo muy recomendable en la zona es el Roman Army Museum, especialmente si se visita con niños.

Existe un punto especialmente bonito en este muro: el lugar en el que se encuentra el árbol Sycamore. No tenemos ninguna imagen de él porque íbamos al volante y diluviaba. Por cierto, conducir por las carreteras de la zona resulta muy divertido. ¡No os podéis imaginar qué subidas y qué bajadas! ¡Como un tobogán!

El paisaje es increíble y pudimos ver, una vez más, esas ovejas tan enormes y que tan bien nos caen.

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Lo dicho, pensábamos contar una de romanos y al final, han sido dos.

#nosinmifurgo
#keeprolling

 

La furgo-despensa.

Cuidamos la selección de nuestros alimentos. Cada día y también cuando se trata del contenido de la furgo-despensa. Ésta es la lista de nuestros imprescindibles. Porque cada salida en furgo es especial y nos gusta celebrarlo en torno a la mesa.

En dos tupper de Ikea de gran tamaño, guardamos:

  • Un pequeño bote con Nescafé y otro con azúcar moreno. Algunas bolsas de té, un par de infusiones así como un sobre de Cola-Cao y otro de capuchino descafeinado. Nos gusta ese momento, después de la cena, en el que compartimos otra copa de vino o una bebida caliente. Quizá pecamos de maniáticos, pero no llevamos los envases enteros, solo algunas unidades.

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  • Arroz, pasta y cous-cous, en bolsas de plástico.
  • Im-pres-din-di-ble: un bote de tomate frito elaborado por mi madre. Si no tenemos, compramos uno de pesto. En casa casi nunca comemos pasta, pero en la furgo, es fácil cocerla y añadir poco más que una deliciosa salsa. Ésa es la diferencia entre unos tristes macarrones o no.
  • Un par de sobres de sopa miso. Cuando sentimos frío, es indispensable.
  • Un bote de aceitunas y unos frutos secos, ideales para ese picnic improvisado en casi cualquier lugar.
  • Un botecito con sal y un dosificador de chili, pimienta y paprika.
  • Pan tostado para acompañar el queso o algún embutido. Éste es otro de esos alimentos que saca nuestro lado caprichoso. Nos gusta seleccionar panes ricos y quizá con algún sabor. En Reino Unido, elegimos las de Carr’s.
  • Un par de latas de sardina o de paté de pescado. Nuestras favoritas son las de Conserverie la belle-iloise. Siempre que hemos visitado San Juan de Luz, en Francia, hemos comprado provisiones. Y si encontramos esta tienda en otro lugar, nunca pasamos de largo.
  • Algún plato ya preparado y contundente, como la fabada de Casa Gerardo y La Catedral de Navarra. Sí, nos chiflan los platos de cuchara.Somos fieles a esta última firma e incluimos algún que otro capricho como sus pimientos del piquillo confitados. Con un poco de pan y queso son una cena sencilla, ligera y muy sabrosa.

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Fuera de dichos tupper, en el compartimento de la cocina y junto al menaje (que apenas son cuatro ‘cacharros’):

  • Una botellita con aceite de oliva. Comprobamos que cierra herméticamente y lo guardamos en una bolsa de plástico para evitar accidentes.
  • Un pequeño envase con vinagre.
  • Y pan. No somos nadie sin nuestras tostadas del desayuno y un sándwich siempre te saca de algún apuro. Uno de nosotros se pone violento cuando siente hambre… (una).

En la nevera, además:

  • Cerveza. Sí, en primer lugar. Y bien fría. En Escocia añoramos Mahou y Estrella de Galicia.
  • Leche.
  • Queso. Nuestro favorito es Quesos Galindo Andrés. Aunque tenemos un olfato especial para descubrir tiendas especializadas de las que siempre salimos con algo apetitoso.
  • Verdura para preparar nuestro arroz ‘perruno’ o tabulé: tomate, pepino, pimiento, calabacín, berenjena…
  • Mermelada, casi siempre hecha por nosotros.
  • Huevos cocidos. Son el tentempié perfecto cuando damos una caminata larga.
  • Un poco de embutido.
  • Un tupper con hummus. Lo elaboramos según la receta clásica y, en ocasiones, le añadimos remolacha o pimientos del piquillo. Lo tomamos como snack y nos encanta.
  • Para no complicarnos, con frecuencia llevamos algún plato ya elaborado en casa y que creemos nos resultará apetecible y práctico. Suelen ser sobras de la semana, alguna receta con legumbres o nuestra especialidad: ¡Empanadillas!. La cuestión es que en Escocia no hemos encontrado la masa en forma de obleas individuales así que nos conformamos con comprar hojaldre y preparar quiché. Pero, lo confesamos, echamos de menos las empanadillas de atún o de carne.

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Prestamos mucha atención al peso de la furgo, de modo que cuidamos las cantidades. De hecho, los tupper grandes de Ikea no solemos llevarlos llenos hasta la bandera en viajes cortos; todo lo contrario, sobra espacio, pero preferimos hacerlo así. Finalizado el viaje, revisamos y reponemos para tenerlo listo para la próxima.

Si se trata de un viaje largo optamos por comprar a medida que necesitamos. Nos gusta visitar mercados y pequeñas tiendas, de forma que casi siempre adquirimos verdura y fruta sobre la marcha. Nos gusta consumir productos de pequeños productores y saborear lo local.

Somos prácticos y evitamos los olores dentro de la furgo, así que no solemos preparar platos de carne ni de pescado.

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Llevamos papel de aluminio, bolsas de plástico, alguna pinza y uno o dos tupper pequeños para guardar lo que queda. Es fundamental comprobar que cierran perfectamente para no lamentar que algún liquido se derrame.

Uno de nosotros es excepcionalmente ordenado. Y la otra un caos. De forma que hemos aprendido que, tras utilizarla, es importante guardar cada cosa en su sitio. Así se facilita el trabajo a la hora de buscarla de nuevo. No siempre nos sale bien y es uno de nuestros pocos motivos de discusión en la furgo.

Además, no falta una botella de buen vino. Pronto compartiremos nuestra lista de vinAZOS en una entrada. Ellos nos han hecho vivir buenos momentos y se la merecen.

Como los viajes, la gastronomía es una de nuestras pasiones, de modo que buscamos restaurantes, bares y locales de la zona para probarlos.

Uno de nosotros (ella) se pone violenta cuanto siente hambre, así que en asuntos de comida no dejamos nada al azar…

#nosinmifurgo
#keeprolling

 

Cerca. No nos vamos lejos.

En la decisión de comprar la furgo pesó mucho el hecho de que nuestros dos viejos coches tuvieron a bien romperse al mismo tiempo. Se pusieron de acuerdo y nosotros valoramos reparar, una vez más, lo irreparable o lanzarnos. Hicimos lo segundo y estuvimos un par de meses sin vehículo, aunque con moto y bici, hasta que llegó ella. Justo ahora hace un año.

Fue la mejor decisión que hemos tomado. Mucho más sabiendo que, poco después, nos trasladábamos a Escocia, a Dumfries-Galloway, un país en el que acampar no es un crimen.

Y aquí estamos, rodeados de personas y lugares maravillosos, de un entorno natural que inspira, que relaja y que carga las pilas. El legado histórico, además, es asombroso. Así que, casi cada fin de semana, programamos una salida a pesar de que el tiempo a veces nos la juega.

Por supuesto llueve y a veces mucho, aunque podría ser peor según nos dicen.

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Tampoco nos libramos de heladas espectaculares. La pobre furgo sabe bien lo que es quedarse congelada.

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También puede nevar cuando menos lo esperas. Nosotros, poco acostumbrados a ella, nos alegramos como si fuéramos niños.

Hemos residido en el norte de España y no tememos al frío. Nos influye más la luz, que aquí muchos días es tenue, casi inexistente. Si bien, cabe señalar que cuando luce el sol, aunque sea por unos minutos, la luz es única. Tiene un brillo singular, es diferente.

Nos encanta estar dentro de la furgo, como si de nuestro salón se tratara, leyendo, viendo un capítulo de alguna serie… pero visitar ciudades o lugares interesantes y quedarte a oscuras tan pronto, a veces, no apetece.

Afortunadamente ahora anochece a las 18.00 horas, pero en diciembre a las 16.00 horas ya era noche cerrada. En unos meses, cuando lleguen la primavera y el verano, todo cambiará y disfrutaremos de lo opuesto: de largas y luminosas jornadas. Soñamos con eso y con salir a dormir cualquier día de la semana. ¡Estamos rodeados de bosques increíbles que todavía no hemos descubierto!

De momento, no nos hemos lanzado a grandes escapadas, somos felices con salir el sábado por la mañana y regresar el domingo. O si no puede ser porque tenemos tareas laborales o domésticas pendientes, procuramos acercarnos a lugares próximos, pero imprescindibles. Ya sabéis que alejarte un poco, apenas unos kilómetros, y dar un paseo suele funcionar. Por ejemplo, a Glencaple.

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Es una pequeña localidad, apenas a 5 kilómetros de nuestra casa. Está situada en el estuario del río Nith, y la subida y bajada de las mareas es un espectáculo fascinante. Lo cierto es que hay que tener cuidado, multitud de carteles lo advierten.

La luz también es especial y hace que no sepas qué hora del día es. Puede parecer tarde y ser todavía temprano. ¡Así es Escocia!

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Poco después de Glencaple, hay un parking desde el que parte un paseo que recorre una zona de gran riqueza en flora y fauna. Se trata de la reserva natural de Caerlaverock y cuenta con un centro de interpretación.

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En Reino Unido, son multitud los aficionados a observar la naturaleza y la vida animal. Los pájaros, concretamente, les fascinan. Si te cruzas con alguien con los prismáticos en mano, es uno ellos. Es una maravilla caminar y escuchar el canto, por ejemplo, de un pájaro carpintero.

El sendero discurre entre árboles y llega a Caerlaverock Castle, que bien merece una visita.

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Es posible continuar un poco más. Abandonar el castillo, cruzar la carretera y ascender, sin apenas dificultad, hasta lo alto de una pequeña elevación, que fue un observatorio. Se llama The Wardlaw y desde allí se controlaban los incendios. Cuentan, además, que fue el lugar en el que se asentó el Clan Maxwell en tiempos de guerra.

Es un bosquecito minúsculo con unos árboles, altos y frondosos, y tiene una mesa perfecta para disfrutar del picnic y de la panorámica. Desde allí, se contempla el mar, plateado. Y la huella de toda la lluvia que cayó en los últimos días.

Hay que tener cuidado, eso sí, con las madrigueras. Hay quien se cayó en una de ellas…

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A nosotros nos gusta llevar un poco de queso, fruta y un termo con té o café caliente. En cualquier caso, de vuelta, se puede entrar en el pequeño salón de té del castillo y tomar algo para entrar en calor. También venden la típica sopa de tomate o de lentejas, que anuncian como hecha en casa y que es más bien de bote.

En Escocia es mejor salir de casa con buenas botas de montaña o las de agua, y en la furgo tener otras de repuesto así como un par de calcetines secos.

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Muy pronto, más escapadas aquí al lado. En furgo mucho mejor.

#nosinmifurgo
#keeprolling