San Sebastián, desde las alturas.

Es y será una de nuestras ciudades favoritas. Hemos perdido la cuenta de las veces que hemos ido y siempre se produce el mismo efecto. Sí, regresamos a casa, a la rutina, con la sensación de haber disfrutado al máximo, sin haber hecho nada excepcional, y también de haber cargado las pilas. Porque San Sebastián, Donosti, tiene mar, buena oferta gastronómica y es, se mire por dónde se mire, una ciudad bellísima. Y eso casi siempre funciona.

Si la conocéis, habréis comprobado que aparcar es complicado y mucho más hacerlo gratuitamente. Seguramente también sepáis que la oferta hotelera es amplia y no barata precisamente. Nosotros hemos estado en pensiones y en alguna ocasión en hotel, pero a partir de ahora nos quedamos en el Monte Ulía y disfrutamos de unas vistas impresionantes.

 

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Y es que está realmente alto. Pero una senda y multitud de escaleras lo conectan con el barrio de Gros. Si al día siguiente tenéis agujetas, ¡que no os sorprenda!

Advertimos que no es fácil encontrar el parking. Nosotros, de hecho, dimos varias vueltas y nos peleamos con el GPS, pero al fin lo conseguimos. Está en un bosque frondoso y es muy tranquilo. Dormimos junto a otras cinco ó seis furgonetas y un autobús convertido en vivienda (¡espectacular!).

 

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No penséis que al estar en una ciudad a altas horas de la madrugada habrá ruido, música en los coches o botellón. Al menos cuando nosotros hemos ido, no ha sucedido. Señalar, eso sí, que no es posible dormir a pierna suelta hasta tarde. Se trata de una zona de paseo muy popular y, desde muy temprano, se escucha el movimiento de coches y de paseantes.

Muy cerca se encuentra el Albergue Juvenil Ulía. Nos gustaría contar nuestra opinión porque nosotros nos acercamos al haber leído algún comentario positivo. Nuestra experiencia no fue así. Cuenta con una terraza y una panorámica verdaderamente maravillosa, si bien, pagamos un elevado precio por un desayuno mediocre y los baños estaban muy sucios.

Como decimos, si se siguen la senda y las escaleras, se llega al barrio de Gros. Nos gusta su playa; The Loaf Bakery, por su pan y su tarta de zanahoria; así como el restaurante japonés Elosta.

Si os apetece probar este último, conviene reservar y disfrutar de las sugerencias fuera de carta. Nosotros no hicimos lo primero, pero tuvimos suerte y el personal, que fue muy amable, nos hizo un hueco en la barra. Alucinaron porque probamos casi de todo. Y claro, luego teníamos la tripa tan llena que pensar en las escaleras se nos hizo cuesta arriba… Así que volvimos en taxi, por apenas 5 euros, y nos dejó en la puerta de la furgo.

En el albergue nos dijeron que hay un servicio de autobús. Llamas por teléfono una hora antes de subir, y te espera en una parada en Gros. No sabemos hasta qué hora funciona, pero es una gran solución.

Para nosotros, cada nueva visita a San Sebastián resulta relajada precisamente por todas las veces que ya la hemos recorrido. No sentimos prisa alguna por conocer nuevos lugares, paseamos sin rumbo fijo y casi siempre disfrutamos con ojos de recién llegados.

Y sí, la Playa de la Concha sigue despertando en nosotros más de un suspiro porque siempre luce bonita. En invierno, puede que incluso más.

 

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De Donosti, además, siempre volvemos con buen sabor de boca. Es complicado no acertar aunque la calidad tiene precio.

En cuanto a barras y restaurantes, elegimos: A Fuego Negro, Zeruko, GanbaraNineu y Bodegón Alejandro. Por supuesto, las opciones son numerosas y no recordamos el nombre de otros establecimientos en los que disfrutamos. A La Cuchara de San Telmo dejamos de ir por antipáticos. Quizá hayan cambiado, ojalá, porque tenían propuestas muy buenas.

En algún momento hay que pasar por La Viña y compartir (o no) una porción de su deliciosa tarta de queso (¡se merece un monumento!); por la Pastelería Otaegui y comprar chocolate; y también por Barrenetxe y llevarse sus bizcochos de almendra o ‘txintxorros’.

Si de un café o una copa a media tarde se trata, cerca del Aquarium hay un bar, en una esquina, con un neón rojo. Se llama Akerbeltz. No tiene nada especial pero a nosotros nos gusta, nos trae buenos recuerdos y nos encantan los neones.

 

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En cuanto a compras, también sabrosas, resultan imprescindibles el Mercado de La Bretxa y Aitor Lasa, especializado en hongos y setas. Don Serapio no está en el centro, pero es otra dirección clave si se trata de encontrar buenos quesos y carnes.

Por último, otra tienda muy suculenta es Mimo San Sebastián. Merece la pena visitarla por la selección de aceites, vinos y conservas que ofrece; porque está en el emblemático (y maravilloso) Hotel María Cristina y porque organizan interesantes talleres de cocina, catas y visitas guiadas por la ciudad con la gastronomía como eje, naturalmente.

Pero no todo es comer y aunque suele ser un plan en familia y con niños, nosotros recomendamos conocer el Aquarium también cuando se viaja en pareja, solo o con amigos.

Recoge la historia de la ciudad a través de la pesca, cómo eran los hombres y mujeres que vivían del mar y cómo ha sido la evolución de esta actividad económica. Además, claro está, permite ‘sumergirse’ y contemplar espectaculares peces, algunos son preciosos y otros, no tanto. La visita resulta relajante e inquietante a partes iguales.

 

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Para quienes disfrutan en las tiendas de objetos bonitos para el hogar, una última recomendación: Valentina.

Ésta es una pequeña parte de lo que San Sebastián ofrece. Lo mejor es vivirlo en persona y dejarse sorprender como si fuera la primera vez. Nunca falla.

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Edimburgo, mejor en furgo.

La primera vez que viajamos a Edimburgo fue por motivos laborales y en tren. Cogimos el de vuelta a las 6 de la tarde; una hora después debíamos estar en nuestro destino. Llegar, llegamos, pero 7 horas más tarde dado que, en las vías, un semáforo estaba en rojo. No identificaban porqué pero no era posible continuar. Volvimos a la estación y regresamos en un autobús, ya de madrugada. Como anécdota, coincidió con nuestro aniversario de boda y la cena fue tan sólo unos cuantos pistachos. Las siguientes veces hemos ido en la furgo. ¡De momento, ella no falla!

Para nosotros el mejor lugar para dormir está en la playa de Portobello. Hay varios aparcamientos y todos son gratuitos. Nos gusta el de mayor tamaño; estacionas casi en la misma arena y suele haber otras furgonetas y caravanas. Por la noche, se escucha el movimiento de las olas aunque la marea esté baja. Resulta muy relajante.

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Hay un bar y un pequeño café, que no cierran tarde. El segundo tiene muy buena pinta aunque nosotros no hemos entrado porque preferimos desayunar en la furgo.

Desde temprano, llegan coches de quienes se acercan a caminar por la orilla.

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Portobello Beach no dista demasiado del centro. Si bien, hay que coger el autobús. En la calle principal, hay una parada y cualquiera de ellos conduce a la ciudad. Nosotros hemos cogido el 26 y el 125, la última parada es en la parte nueva de Edimburgo, es decir, pleno centro. El billete sencillo cuesta 1,60 £. También existe uno para todo el día sin límete de viajes por menos de 5 libras.

Edimburgo impone por su carácter arquitectónico. También por esa atmósfera de otro tiempo que contrasta con el ambiente universitario y juvenil. Aunque muy turística, resulta una ciudad sugerente. Es fácil de explorar durante un par de días aunque quedan, eso sí, multitud de lugares para la próxima visita.

De la parte nueva, nos gusta recorrer George Street, que concentra un buen número de tiendas. Hace un tiempo, escribí una entrada en cardamomoyclavo.blogspot.co.uk, precisamente sobre el encanto de dicha calle.

No lejos, otro buen plan consiste en deambular, sin buscar nada en concreto, por la tranquila zona de Heriot Row, Great King y Howe Street, y detenernos, además, en los jardines de Queen Street. Sospechamos que improvisar allí un picnic, en primavera o verano, no tiene que ser mala idea.

Caminando por dicha zona, vimos esta maravilla de T3.

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En el número 8 de Howe Street está Homer. Es una tienda con una atractiva selección de velas y cosmética de calidad, la mayoría bio; muebles, ropa y  objetos bonitos para el hogar; libros y multitud de artículos de papelería… A los británicos les encantan las postales y siguen enviándolas y entregándolas en ocasiones que lo merecen.

De Homer te llevarías todo. Además, quienes allí trabajan son muy amables. Nosotros compramos una vela con un aroma muy suave y natural a coco.

¡Nos hubiéramos comprado diez!

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En cuanto a oferta artística y cultural, existen interesantes centros y en la mayoría el acceso es gratuito. En nuestra opinión, si no se cuenta con más tiempo que un fin de semana, elegimos dos: The Scottish National Gallery y National Museum of Scotland.

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Este museo solo tiene un inconveniente: alberga demasiadas piezas y todas de sumo interés. Así que o se invierten unas cuantas horas o hay que volver. De nuevo, en cardamomoyclavo.blogspot.co.uk, podéis leer algo más sobre todo lo que reúne.

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Lo que nunca hay que dejar para la próxima es la séptima planta. Se trata de una azotea con espectaculares vistas. Si el día es soleado, esta atalaya se convierte en un lugar privilegiado desde el que admirar los edificios, monumentos y lugares más representativos de la ciudad, por ejemplo, el castillo así como Nelson Monument y mucho más.

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Pero volvamos al interior porque hay un agradable café. Allí se puede tomar un té, un refresco o un tentempié. Si bien, antes o después de la visita, y a tan solo un par de calles de distancia, se encuentra otro espacio delicioso para los amantes de la cafeína: Brew Lab Coffe. No es barato, pero se nota la diferencia. Y había unos doughnuts con una pinta y unos rellenos de escándalo. ¡Nosotros fuimos fuertes y nos resistimos!

Cargadas las pilas, nunca está de más descender la Royal Mile y High Street para conocer el Scottish Parliament, obra del arquitecto español Enric Miralles. Es un edificio singular y llamativo.

Por supuesto, también es aconsejable acercarse hasta St. Giles Cathedral y el castillo. Acceder o no al interior del segundo es una elección personal y una cuestión de presupuesto. La entrada cuesta 16,50 £ y no aplican descuentos, ni siquiera a estudiantes. Desde la pequeña plaza de entrada, se admira una bonita panorámica y se divisa el mar.

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De esta ciudad, como de la mayoría de Reino Unido, nos gusta cómo la muerte está integrada en la vida, en la ciudad o, al menos, cómo los cementerios son parte del escenario urbano.

Resulta curioso caminar entre las tumbas de Canongate y de Greyfriars. La entrada del primero se identifica por la estatua del poeta Robert Fergusson y el segundo por la de un perro, de raza Skye Terrier, que permaneció junto a la tumba de su dueño durante 14 años. Hasta que él falleció.

La historia es muy conocida y contribuye a ese cariño que en este país sienten hacia los perros. ¡Casi todo el mundo tiene uno o dos!

cementerio-edimburgoFoto: Greyfriars.

En cuanto a oferta culinaria. En la parte nueva, en la conocida calle peatonal Rose Street, existe un antiguo local llamado Nicholson’s Rose Street Brewery. Nos gustó el ambiente, el servicio y, sobre todo, la comida. La relación calidad-precio fue muy buena.

Otra sugerencia está muy cerca de la Royal Mile, es decir, en la parte vieja, y es Arcade Bar. Nosotros recomendamos el fish&chips, uno de los mejores que hemos probado (nos estamos haciendo expertos). A nosotros nuestro amigo Tom nos lo recomendó por su famoso haggis, pero nosotros a lo nuestro: ¡Fish&chips!.

arcade-1Foto: Arcade.

A media tarde, tomamos una cerveza en un pub: Nº1 High Street. Quisimos cenar en el japonés Kanpai, pero al no tener reserva no fue posible. Lo guardamos para otra ocasión porque todo apunta a que lo disfrutaremos.

Nosotros ahora vivimos cerca de Edimburgo y todavía nos queda mucho por conocer. Nos han hablado, por ejemplo, de Water of Leith, un paseo de cerca de 15 kilómetros que permite conocer diferentes lugares de interés, entre ellos, Dean Village. También tenemos pendiente el Royal Botanic Garden y subir tanto a Arthur’s Seat como a la colina Calton Hill. 

Volveremos una vez más y será en furgo.

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El mar siempre funciona.

Llegamos un sábado, era tarde, casi de noche. Era el último fin de semana de agosto y nos enfrentábamos a un lugar desconocido y a un nuevo entorno social y emocional.

Coincidía con ese momento en el que casi todo el mundo siente que el verano llegó a su fin, aunque a nosotros nos apasiona septiembre. Significa regeneración, proyectos por desarrollar, otra luz, otra actitud, nueva energía… Así que quisimos ahuyentar ‘esas nubes’ que nos podían poner tristes por estar ya lejos de los nuestros. Y buscamos el mar.

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Nos acercamos en furgo hasta la playa de Sandyhills. La marea estaba baja, muy baja. Nosotros no estamos acostumbrados a este tipo de movimientos del mar tan radicales y nos sorprendió. De hecho, el agua se aleja varios kilómetros de la orilla y se adivina muy a lo lejos. Entonces, multitud de personas y de familias con niños, muchas también con perros, aprovechan para pasear sobre la arena. Llevan, cómo no, botas de agua.

En Sandyhills hay una caravana que vende helados y sale un pequeño sendero rumbo a Rockcliffe. Nosotros no hemos pasado todavía una noche allí, pero sabemos que hay una zona de aparcamiento adecuada.

La primera foto de esta entrada corresponde a dicha localidad, pintoresca y conocida como destino de veraneo. Caía la noche.

Todo está sumamente cuidado y los jardines de las casas son maravillosos.

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Hemos vuelto más veces. Siempre que necesitamos que el mar cumpla su efecto reparador, y nos calme.

Nos gusta el sonido del agua al llegar a las conchas. Choca contra ellas o sencillamente las acaricia. También el sonido que producen nuestras pisadas sobre ellas. Y es que la playa no es de arena fina, está cubierta de infinidad de conchas.

Nos han dicho que es un lugar peligroso para bañarse. Aunque los rayos de sol templen el agua, nos han dicho que no probemos.

En Rockliffe hay un bonito salón de té que, además, es tienda. A nosotros nos gusta ir y comprar un helado de Cream O’Galloway. El té preferimos tomarlo en la furgo, cuando volvemos del paseo. Después, llegamos a casa felices. Sin nubes…

Porque el mar siempre funciona.

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Biarritz, mercado y playa.

Vivimos un tiempo en Navarra y Biarritz era una escapada habitual. Nuestra primera salida en furgo fue, precisamente, a esta bonita localidad del sur de Francia. Tiene un ambiente encantador y merece la pena en cualquier estación del año. Si bien, durante el verano quizá sea demasiado turística.

Nuestro plan siempre fue sencillo. Callejear y entrar a echar un vistazo a la librería Bookstore, visita obligada aunque nunca compramos ningún libro porque no somos capaces de leer en francés. Después, con calma, un rato de playa para contemplar las olas y la luz, y respirar mar, aunque fuera invierno, el cielo estuviera gris, lloviera o hiciera frío.

El mercado de abastos de Biarritz, Les Halles, resulta fascinante. Está lleno de colorido, de gente yendo y viniendo con cestas cargadas de deliciosos productos, o simplemente curioseando. Además, los olores a comida rica se mezclan abriendo el apetito y las ganas de probar todo. ¡Por supuesto también es posible comprar flores naturales!

El mejor momento para visitarlo es a la hora del aperitivo y del almuerzo. En cualquier puesto puedes tomar unas ostras y llevarte a la furgo buen queso y verduras frescas. Para quienes adoran los productos elaborados con pato, éste es el paraíso. Eso sí, el precio no es económico, pero la calidad es indudable. La oferta ecológica también es muy amplia e interesante. ¡Y qué decir de la bollería!

Nuestra primera salida fue en marzo. Dormimos en un lugar muy tranquilo. Aparcamos junto a la playa La Milady, cerca de un chiringuito cerrado por ser temporada baja. No estuvimos solos, compartimos espacio con dos autocaravanas. En la zona hay baños públicos abiertos todo el año y muy limpios (incluso con papel higiénico). Es muy recomendable para pernoctar.

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Al ser la primera salida, no las teníamos todas con nosotros y pensábamos que algo habríamos olvidado. Nos intranquilizaba, por ejemplo, si el techo funcionaría bien aunque, finalmente, no lo subimos y dormimos abajo.

Aquella noche, estrenamos la calefacción estática. Os podéis imaginar nuestro susto al notar el olor a gasoil… Lógicamente, todo era nuevo y ese olor respondía a eso. Lo superamos y dormimos sin pasar frío. Hoy, meses después, sabemos cuál es la programación de tiempo y temperatura que más se ajusta a nosotros. Aunque nuestros termostatos son diferentes y solemos discutir…

También fue la primera vez que poníamos ‘el fermín’… Bueno, seguro que sabéis de qué hablamos, a qué sensaciones y pequeños temores nos referimos.

Llegamos justo al atardecer e hicimos algo que también nos apasiona: preparar un picnic y brindar con un buen vino blanco. Elegimos Pazo de San Mauro. Las copas no son de cristal, son de polycarbonato, es decir, irrompibles. La similitud con el grosor del cristal es muy acertada. Son un capricho que nos dimos en nuestra primera visita a la tienda Pplucaravan, en Zaragoza.

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Para el ritual del brindis también nos sirve una cerveza bien fría. En algún momento, compartiremos nuestra lista de vinos favoritos y aquello que consideramos imprescindible en nuestra furgo-despensa.

Además de en el destino, las rutas y los lugares donde dormir, también pensamos en la comida que prepararemos y que más nos apetecerá. Ya sabéis aquello de que un viaje debe disfrutarse mucho antes de empezarlo. ¡Tan solo imaginándolo y pensando en los grandes y pequeños detalles!

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