Cádizfornia, tiempo después, en furgo

La última vez que bajamos a las playas de Cádiz nos sentíamos profundamente tristes. Este pequeño viaje nos ha confirmado que todo pasa. Aquello también pasó.

Teníamos libre el viernes y el jueves iniciamos la escapada a las 19.00 horas, desde Madrid. A las 2.30 am aparcábamos frente al mar en El Palmar. Esa noche nos la jugamos pese a que habíamos leído que han empezado con las multas. No pasó nada, pero a las 9 am nos despertaron dos surferos a ritmo de reagge.

No nos molestó. Nosotros habíamos venido a lo mismo. A surfear. Bueno, a intentarlo.

Los destinos en los que en verano no cabe ni un alfiler tienen otro rollo en invierno. El Palmar no ha estado tan vacío como creíamos porque ha hecho un tiempazo más propio de mayo. Pero es cierto que casi todos los establecimientos estaban cerrados. Nosotros nos abonamos a la terraza de El Cartero.

Si como a nosotros os apetece empezar a surfear, os recomendamos la Escuela 9 pies. Nos han tratado muy bien y el precio de un curso de dos días, cada uno de ellos durante dos horas y con el alquiler del equipo, nos ha costado 55 euros.

La playa estaba realmente bonita, perfecta para caminar con los pies descalzos y también para comer, leer mucho y disfrutar de una buena siesta.

Por la tarde, el primer día, fuimos a Barbate, donde no perdonamos la visita a Herpac, para comprar laterío del bueno; después a Zahara de los Atunes, casi desierta, y terminamos en un lugar que nos trae muchos recuerdos, el faro de Camarinal.

Subimos, ya de noche, a Vejer de la Frontera. Queríamos cenar donde siempre lo hemos hecho. Es un bar de viejillos junto a la iglesia de la Oliva. No pudo ser porque tenían la cocina cerrada por temporada y allí nos dijeron que lo teníamos difícil porque estaba todo con la persiana bajada o medio bajada.

Encontramos un garito con una música que casi nos quedamos hasta altas horas. Se llama La Bodeguita. Os lo recomendamos para picar algo sencillo y rico a base de salazones y chacinas.

La segunda noche en El Palmar dormimos en el parking de un chiringuito llamado Cádizfornia. Pagamos 5 euros por la noche y el tipo no quiso cobrarnos ayer. Nos fuimos a las 17 horas.

Lo cierto es que esta miniescapada vale por mil. Hemos cargado pilas, tomado el sol y visto el mar que siempre tiene algo terapéutico.

Pese a ser invierno, con menos horas de luz, hemos estirado el tiempo y hemos visitado Jerez de la Frontera, que no conocíamos, y hemos vuelto a Sevilla.

En esta ciudad hemos dormido en el área de autocaravanas de Las Razas. Hemos pagado 15 euros, sin electricidad. No hay baños ni duchas, y es un poco ruidosa porque está pegada a una carretera con bastante tráfico. Pero está cerca del centro, apenas 15′ en el autobús número 3, y unos 20′ a pie del parque de María Luisa, al que hemos ido esta mañana.

En Sevilla nuestra intención era ver hoy a una buena amiga. De modo que sin planes, anoche callejeamos y disfrutamos de una temperatura increíble. Paramos en la terraza de La Moneda (recomendación de otra amiga) y tomamos unas coquinas y unas ortiguillas. Como somos de buen comer, continúamos hasta la calle Gamazo y en la Bodega Paco Góngora, rematamos con una ración de cazón y un flamenquín.

Hoy tampoco nos hemos saltado el aperitivo, a ritmo de las comparsas de Cádiz que sonaban en el televisor y en la barra de otro local con mucha solera: La Fresquita. Los chicharrones, el salmorejo y la mojama de atún nos ha sabido a gloria.

Y así, con este buen sabor de boca y con una gran dosis de vitamina D, nos volvemos a Madrid.

Bueno, antes una mini siesta en el embalse de Tentudía, en Extremadura, con mesas perfectas para una comida al aire libre.

La Sierra de la Demanda, en furgo

Ahora deberíamos estar junto al mar, en el País Vasco, concretamente en Hondarribia, pero estamos en Burgos, para más señas en Santo Domingo de Silos. Ayer deberíamos haber estado en Navarra, junto a nuestros amigos furgoneteros, Txus y Rosa, pero estuvimos en Logroño.

Así es la vida, a veces los planes se desmontan, pero si tienes una furgoneta puedes rediseñar la hoja de ruta y no tiene porqué salir mal.

Llegamos a Logroño el día 2 de enero para conocer dos restaurantes que llevábamos tiempo queriendo probar, Juan Carlos Ferrando y Ajo Negro, y por supuesto para saludar a amigos y echar de menos nuestro antiguo hostel familiar: Check In Rioja. Lo pasamos fenomenal, heladitos de frío, eso sí, pero llegó la madrugada y con ella una gastroenteritis… Y menos mal que tenemos techo y cama en la capital riojana porque haber sufrido la gastroenteritis en la furgo hubiera sido… digamos que tela telita…

Como no sabíamos el estado en el que hoy amaneceríamos, no planeamos nada. Hoy, nos hemos levantado, desayunado y puesto rumbo a… pito-pito gorgorito… ¡Burgos! Y para llegar hemos recorrido una carretera que descubrimos hace menos de un mes, en el puente de diciembre, y que contamos aquí. Entonces formulamos el deseo de volver pronto, pero nunca imaginamos que sería tan pronto.

Nos hemos detenido en el Monasterio de Valvanera. Decir que el paisaje es precioso, es una zona boscosa con agua casi por todas partes. Como bonito ha sido el recorrido que después nos ha llevado al lado del río Najerilla, junto al embalse de Mansilla de la Sierra y por la Sierra de la Demanda, que une La Rioja con Burgos.

Hemos parado en Canales de la Sierra, que justo por el medio es atravesado por el río Canales y que según hemos leído cuenta con el teatro más antiguo de la comunidad. También tuvo una compañía que actuaba allí y en otros municipios cercanos. Nos ha encantado que en el porche o soportal, precisamente de dicho teatro, es decir, al aire libre, había dos muebles-biblioteca. Lo cierto es que siempre nos detenemos cuando encontramos estos puntos de lectura y solemos pensar que ningún título es apetecible. Hoy hemos cambiado de opinión porque sí los había.

Ya en Burgos, nos hemos desviado hasta Pineda de la Sierra, con una iglesia muy especial. Nos ha sorprendido la gran extensión de los embalses de Arlanzón y Úzquiza.

Hoy, nos hemos cruzado con burros, vacas y ovejas en medio de la carretara.

Caída la noche hemos llegado a Covarrubias, pueblo al que volveremos en verano porque Sara Serna, a quien hemos conocido en su taller de joyería, nos ha dicho que tiene una playa fluvial realmente animada. Echad un vistazo a su página web porque su trabajo es muy especial. Nosotros no nos hemos resistido y hemos elegido unos pendientes de plata.

Covarrubias es un lugar con mucho encanto. Como lo es Santo Domingo de Silos, que nos trae recuerdos de nuestros padres porque juntos caminaron el Camino de la lana y se hospedaron aquí.

Mañana, después de una noche que intuimos será fría, ahora marca -1º, queremos conocer el Barranco de la Yecla. Después, irremediablemente, de vuelta a Madrid. Se acaba lo bueno.

Casa Zaldierna merece un viaje

Nos gusta e interesa mucho la gastronomía, por ello, con frecuencia conocer un restaurante o una zona con productos ricos supone la razón de nuestros viajes. Esta escapada a través de Soria y La Rioja tenía una meta: nuestra reserva en Casa Zaldierna.

Zaldierna es una pequeña aldea, a escasos kilómetros de Ezcaray, municipio muy conocido y con un ambiente súper agradable. Allí, sin duda, existe otro lugar, Echaurren, con dos merecedísimas estrellas para la familia Paniego, con el chef Francis a la cabeza, y que asimismo merece un viaje.

Precisamente, Francis Paniego nos habló por vez primera del proyecto de Antonio y de Pilar, propietarios de Casa Zaldierna. Ambos, que son pareja, coincidieron trabajando en la casa de Paniego y, aunque ninguno es de La Rioja, decidieron iniciar un proyecto personal en una aldea en la que apenas viven 6 personas.

Se trata de un lugar con encanto, en un entorno natural maravilloso y en el que este restaurante, que además tiene cuatro habitaciones, supone un gran reclamo turístico.

Hemos comido de cine, como hacía tiempo. Cabe señalar que quienes adoran la caza y las setas, en temporada, como ahora, aquí pueden perder la cabeza. El plato de boletus con crema de calabaza, foie y huevo a baja temperatura ha sido para llorar.

Destaca la parrilla y el sarmiento impregna platos increíbles, pero antes de llegar a principales logradísimos y a platos de cuchara que traen gratos recuerdos, es obligatorio, sí, lo es, empezar por las croquetas. MA-RA-VI-LLO-SAS.

Ahora que están de moda las tartas de queso, la de Casa Zaldierna merece, como decimos, un viaje. Buena, rebuena. Claro que la de cuajada con polvo de boletus por encima… no se queda atrás. Y los helados, además, son de Fernando y Angelines, de la Heladería dellaSera, otra parada obligatoria, esta vez, en Logroño.

Nosotros hemos tomado el menú degustación (42 euros, bebidas aparte) que permite una buena inmersión en la filosofía de la casa. Nos gusta además el vínculo con los productores y la importacia otorgada a los ingredientes próximos. Gran parte de la despensa vegetal procede de La huerta del Oja, un proyecto en manos de emprendedores jóvenes sumamente interesante. ¡Antonio nos ha comentado que los chiles que allí cultivan son espectaculares!

Para nosotros, que procedemos de un pequeño pueblo, tiene mucho mérito el que se inicien proyectos o continúen negocios de toda la vida en el medio rural. Porque los fines de semana, en vacaciones y durante le verano, suele haber gente, pero el día a día, sobre todo en invierno, es realmente duro. Y defender un establecimiento tan especial como Casa Zaldierna, disfrutar de su cocina y atención, pueden ser una buena razón para programar una escapada.

Y claro, antes o después, detenerse en Ezcaray, para darse una vuelta e intentar tener suerte en Casa Masip -nosotros hoy no la hemos tenido- y tomarse un buen aperitivo. También para acercarse a la fábrica de Mantas de Ezcaray y querer, como nosotros, llevarse bufandas de todos los colores.

Conociendo la Sierra Cebollera, La Rioja

Amanecimos hoy, como dicen en nuestra tierra, con una rosada tremenda. O para que todo el mundo lo entienda: rociada o helada. El área de autocaravanas de Villoslada de Cameros, en la que hemos pasado la noche, estaba blanquísima…

Cuando llegamos, nos costó encontrar espacio libre, había bastantes furgonetas y autocaravanas. Nos dijeron que Villoslada es un pueblo animado, pero nos pudo el frío y la pereza. Lo hemos recorrido esta mañana, comprando pan sobado o amacerado, este último término también de nuestra tierra, Aragón, en una panadería, la única del municipio, con unos panaderos realmente majos.

También hemos tomado un café en el Bar Corona; nos hemos quedado alucinados con la energía de la camarera, pin-pan, le daba golpes a todo… y un grupo de señores estaba zampándose, cuando todavía no eran las 11 am, platos y platos de anchoas, tortilla de patata y caparrones. ¡Toma ya!

Nos hemos acercado hasta el Centro de Interpretación de Sierra Cebollera, donde nos ha atendido un chico muy amable. Desde allí, hemos conducido -con cuidado por posibles placas de hielo- hasta la Ermita de Lomos de Orio, con una escalinata de piedras muy llamativa. Hemos tenido que aparcar más abajo, porque no hay demasiadas plazas.

El paseo, circular, no ha alcanzado los 8 kilómetros y hemos disfrutado de un paisaje precioso. Acebos, pinos, hayas ya con las hojas caídas y multitud de hongos y setas, aunque no comestibles. Por mucho que hemos buscado boletus, no hemos encontrado…

Llegar hasta las cascadas de Puente Ra es sencillo, tanto que hoy éramos bastantes personas siguiendo la senda. Pero lo recomendamos de todas, todas. Hay que seguir unas marcas amarillas y naranjas.

A la vuelta, hemos comido en la furgoneta. ¡Cómo nos gusta la fabada en lata para estas ocasiones! Parecía que estábamos en el mejor restaurante del mundo, de verdad. Ensalada y fabada, cafecito y en marcha…

Hemos continuado ruta hasta Ortigosa de Cameros. Es un municipio muy sorprendente, en lo alto, con vistas a un embalse -hoy medio vacío- y con dos puentes muy llamativos tanto por su longitud como por su altura.

Uno comunica la iglesia con la otra parte del pueblo, y el otro permite llegar a las cuevas. Si bien, hasta la primavera no se pueden visitar. ¡Volveremos!

Pero lo más bonito ha sido callejear por el entramado de callecitas empedradas, cuestas y rincones múltiples. ¡Y con olor a leña!

Ortigosa es un puzle de casas y casitas, que parecen haber surgido unas encima de otras, aprovechando el espacio, y algunas de ellas con porches bajo imponentes vigas de madera. La parte negativa es que la mayoría están abandonadas.

Hemos continuado con la mirada puesta en Brieva de Cameros, que es una aldea diminuta, pero a la que se accede a través de un puerto y de una carretera impresionante. Sin duda, este recorrido es apto para amantes de la conducción y para quienes no se marean. Nos ha gustado tanto que volveremos, como decimos, en primavera.

Por último, nuestra parada, siguiendo el Najerilla, ha sido Viniegra de Abajo. Es otro lugar muy especial, aunque también con la mayoría de viviendas clausuradas. Existen algunas que son testimonio de la bonanza de aquellos que emigraron a América.

En esta zona, desde no hace mucho, según nos ha dicho un señor, se ha señalizado una ruta para motos y la afluencia de motoristas es elevada. ¡Nosotros le hemos lanzado la idea de crear un área para autocaravanas! Y nos ha comentado que ya lo tiene medio hablado con su hermana.

Aunque viajar en esta época del año tiene la desventaja de la oscuridad, hemos continuado. Hemos llegado a Santo Domingo de la Calzada que, aunque ya lo habíamos visitado en diversas ocasiones, siempre resulta apetecible. Hoy, había mercado de comida y también de antigüedades, y de inspiración medieval, en torno a la catedral. Hoy no hemos entrado a ver la gallina que vive en esta última y tampoco hemos estado mucho tiempo en el mercado dado que tanta gente nos agobia.

¿Dónde estamos ahora? En el camping de Santo Domingo, que es enorme, de hecho, estamos en la ampliación. Los baños son enormes y aunque nos han dicho que había calefacción, nosotros hemos soltado algún juramento en la ducha…

El precio de la noche, con la tarjeta ASCI, para dos personas y con electricidad, es de 20 euros. Hay bastante ambiente, y luces de Navidad por todas partes…

Otra vez, sin rumbo

Puente, por fin ha llegado el puente. Y menos mal porque andábamos ya con la lengua fuera. ¿Y dónde estamos? Ahora mismo, tomando una cerveza, comiendo algo de queso y escribiendo este post en Villoslada de Cameros (La Rioja).

Tenemos sangre riojana y hemos estado vinculados a su capital, Logroño, especialmente durante los últimos siete años, sacando adelante el hostel Check In Rioja. Pero sucede con frecuencia que a los lugares más cercanos no se les presta atención, ya habrá ocasión… y la vida entonces pasa y pasa, y te das cuenta que muy cerca existen rincones especiales. Muy especiales.

De modo que en este puente decidimos casi en el último momento, dirigirnos a La Rioja. Y aquí estamos, pero apenas hemos llegado hace un ratito, ya de noche, porque el día lo hemos disfrutado en la provincia de Soria. De donde corre sangre por nuestras venas… Lo de la vuelta a los orígenes nos atrae irremediablemente, y como tenemos tantos… ¡pues es un lujo!

Anoche llegamos a las 23.00 horas a Medinaceli. Para nosotros es un pueblo siempre agradable; hemos estado muchísimas veces porque parte de nuestra familia procede de otro municipio cercano, y asimismo muy bonito: Monteagudo de las Vicarías. No dejéis de visitar ambos, y si necesitáis algo, en el segundo, llamad a la casa pegada a la iglesia…

De Medinaceli casi siempre nos sorprende que haya tantas casas cerradas y que no haya ambiente, en la parte de arriba, queremos decir. Tiene un arco romano, calles agradables y una tiendita en la que el pan está riquísimo y es imprescindible comprar paciencias y mantequilla de Soria. Pero apenas hay movimiento. Nosotros nos imaginamos, una y otra vez, la plaza mayor llena de terrazas con gente… En fin, esto de la despoblación no es una broma.

También tiene una nueva zona de autocaravanas en la campa en la que también se puede jugar al fútbol y desde donde se disfrutan unas vistas muy bonitas.

Hemos dormido y amanecido allí. Es la segunda vez que lo hacemos y nos parece un punto perfecto para hacer noche cuando se viaja rumbo a Madrid o en dirección a Barcelona, Logroño…

Mientras desayunábamos hemos decidido acercarnos a un lugar que, por cercano, nunca antes habíamos visitado: el yacimiento arqueológico de Ambrona. ¿Cuál ha sido nuestra sorpresa? Que estaba cerrado pese a que en el cartel indicaba horario de apertura en este momento del año. En fin, que nos hemos preparado un café y los bocatas para disfrutar de un paseo.

De allí, hemos partido hacia Soria y hemos parado, como siempre hacemos cuando nos encaminamos a Logroño, en Almarza. Nos encantan el chorizo y los torreznos del bar de la entrada. No recordamos el nombre, pero es el de la entrada…

Hemos ido al acebal de Garagüeta y la decisión no ha podido ser más acertada. Nos hemos quedado con ganas de un paseo más largo, pero el recorrido de apenas 4 kilómetros desde el aparcamiento, es fácil y accesible.

Habíamos visto acebos, pero aislados. Un bosque de acebos es una maravilla, porque además están separados, y cada uno está formado por muchas ramas. Nos ha encantado, y lo recomendamos. Es una de esas pequeñas escapadas que, como decimos, por cercanas no suelen tenerse en mente.

Con nuestra filosofía de ir sin rumbo casi siempre tenemos sorpresas maravillosas. Mientras comíamos el bocadillo de sardinas y de mejillones, en una fuente, hemos recordado que una vez escribimos un reportaje sobre Oncala y su festival del acebo. Allí que nos hemos plantado por la tarde. Nos ha fascinado cómo se lo montan en este pequeño pueblo para que su propuesta por atraer visitantes alcance ya la décima edición.

En el mercadillo se podían comprar turrones, quesos, artesanía, y claro está, adornos navideños con el acebo como elemento protagonista.

Además, las calles y casas están adornadas con guirnaldas y coronas, también de acebo, y se pueden visitar la iglesia, en el barrio alto, con la exposición de varios tapices, y en el ayuntamiento, el museo de los pastores. Nos ha gustado muchísimo este último y nos ha recordado que parte de nuestra familia siempre se dedicó a dicha actividad.

Lo recomendamos de veras, porque la exposición desvela aspectos muy interesantes del modo de vida de las personas implicadas en la trashumancia, con un apartado dedicado a la función de las mujeres, quienes permanecían en los pueblos y sacaban adelante a la familia, el campo y otros animales que no eran ovejas.

Mañana os contamos hacia dónde se dirigen nuestros pasos…

Keep Rolling!

Cuenca entre mimbres púrpura

Llevamos una temporada de lado a lado, más emocional que físicamente. Así están siendo las circunstancias; y necesitábamos una salida, sin irnos lejos y aquí estamos, aparcados junto al embalse de Sacedón (Guadalajara). ¿De dónde venimos?

Ayer, sábado, salimos de casa en torno a las 12 horas. Sin darle demasiadas vueltas, decidimos encaminar nuestros pasos hacia Cuenca. Bueno, sin darle demasiadas vueltas, pero consultando a Óscar Checa, periodista especializado en viajes y que procede de La Manchuela.  Si tenéis Instagram, seguidle: @oscarchecalgarra

Mientras conducíamos, apenas 160 kilómetros, incluso hicimos una reserva en la barra del restaurante con estrella Michelin, Trivio. Mereció muchísimo la pena, nosotros no comimos el menú gastronómico, preferimos elegir algunas propuestas de la carta. Nos parecieron una comida y un servicio muy buenos… ¡Gracias por tratarnos tan bien, Ulises!

Después, sin prisa, ¡cómo a nosotros nos gusta!, descubrimos algunas flechas del Camino de la Lana, que nuestros padres, juntos, recorrieron.

Paseamos por el barrio de San Antón, que se está llenando de arte urbano, mensajes de buena convivencia y cuidado del barrio, y que está atrayendo a numerosos artistas a vivir en él.

Por supuesto, subimos a la parte alta, donde se encuentra la catedral. Callejeamos y donde estuvimos un rato largo fue en la Fundación Juan March. Cuenta con unos fondos artísticos de gran valor y el propio edificio que la alberga es una maravilla, se trata de una de las célebres casas colgadas. La entrada es gratuita y se pueden admirar obras de Zóbel, Chillida, Tàpies, Saura…

Cuando ya cayó la noche, nos planteamos hacia dónde emprender rumbo. El destino fue Beteta, en la Serranía de Cuenca, pero como no encontramos dónde aparcar y dormir, condujimos apenas unos kilómetros más, hasta Cueva del hierro.

Llegamos a través de una carretera que intuíamos bonita y, hoy, como suele ocurrir, con la luz del día, hemos comprobado que estábamos en lo cierto. Anoche alcanzamos los -4 grados y había restos de una nevada importante. Hemos dormido muy bien, justo al lado de la mina que hoy hemos visitado. El precio de la entrada es 6 euros.

Joaquín el guía nos ha explicado con todo lujo de detalles el origen, evolución y características de esta mina de origen romano. Se abandonó en los años 60 y los jóvenes del pueblo, que ahora cuenta con apenas 30 habitantes, se propusieron recuperarla con un fin cultural y turístico. Nos ha parecido increíble que hoy estuviera abierta. ¡Enhorabuena por la iniciativa!

De bajada, hemos recorrido y contemplado los campos de mimbre, distribuidos a lo largo de diversos pueblos (Villaconejos de Trabaque, Priego, Cañamares, Fuertescusa, Cañizares, Beteta), unos 40 km de ruta que merece la pena recorrer a finales de otoño.

Checa nos dijo que éste era el momento para disfrutar de su color rojo, simplemente por esto ha merecido la pena la escapada, pero hay mucho más. También zonas boscosas preciosas, sendas botánicas y otros rincones bellísimos en torno, por ejemplo, a la hoz de Beteta, así como el río Escabas y el Estrecho de Priego.

Hemos visto tanto y nos hemos dejado tanto por conocer, que nos han entrado las ganas de volver en primavera. Porque Cuenca y sus alrededores, bien cerca de Madrid, son ese tipo de escapadas, próximas y sin complicaciones, que nos cargan las pilas para la semana que está por empezar.