Empecemos por lo penúltimo: 48 horas en Oporto.

Vaya por delante nuestro deseo de un año llenito de viajes en tren, en avión, en bici, a pie y, sobre todo, en furgo.

Las personas ordenadas suelen comenzar por el principio, nosotros hace tiempo que entendimos (y asumimos) que vivimos en un pequeño caos. Por eso, dejamos en el tintero algunos viajes como la ruta por la Isla de Arrán en Escocia; el regreso a casa atravesando Europa desde Reino Unido hasta España; Lisboa y alrededores; así como la última -y navideña- escapada al Pirineo catalán, para contaros el penúltimo viaje. Nosotros empezamos por lo penúltimo.

Nos declaramos incondicionales de Portugal. Nos gustan sus ciudades y pueblos, sus playas y nos vuelve locos su gastronomía. Aprovechamos los dos últimos puentes del año para escaparnos a Lisboa, en octubre, y a Oporto, en diciembre.

 

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(© Unsplash)

Había transcurrido muchísimo tiempo desde que ambos habíamos estado en la ciudad que baña el Duero. Si éste es también vuestro caso y la visitáis ahora descubriréis que en Oporto, en este momento, hay más turistas que nunca. Y la mayoría son españoles.

Salimos de Madrid a última hora de la tarde del 5 de diciembre, con niebla y bajas temperaturas. Decidimos hacer noche en Ciudad Rodrigo (Salamanca), en varios foros habíamos leído que se podía pernoctar en el parking del Mercado.

No tiene ningún tipo de servicios para furgos o autocaravanas, pero por la noche es una zona tranquila, hay bares para desayunar y supermercados en las proximidades. Además, está a unos 200 metros de la entrada al casco histórico. Eso sí, suponemos que en días laborables la actividad en el mercado empezará muy pronto.

Antes de parar el motor, dos sorpresas: parada de la Guardia Civil a la entrada del pueblo en un control rutinario (carnet, papeles de la furgo, etc.) y al aparcar y salir fuera, descubrir que llevábamos una buena capa de hielo en los retrovisores y en el toldo.

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A la mañana siguiente, iniciamos el viaje, después de haber dado cuenta de un desayuno doble a base de porras, churros y tortilla de patatas, y recorrer el casco histórico así como haber comprado las viandas propias de la zona, esto es: chorizo, lomo, etc.

Tras cruzar la frontera a Portugal, la primera obligación es gestionar el pago de las autopistas, puesto que muchas de ellas permiten tan solo hacerlo electrónicamente. No hay peajes, sino portalones con cámaras dónde comprueban si has pagado, y si no… ¡Pues receta que también llega a España! Entrando a Portugal por  la A-25 hay un Welcome Point en el área de servicio de Alto de Leomil (Vilar Formoso) y allí se puede pagar.

La primera noche en Oporto la pasamos en un hotel que, por motivos laborales, debíamos conocer. Pero la siguiente, después de un día intenso recorriendo la ciudad y alguna de sus bodegas, dormimos en nuestra furgo. La ciudad tiene varias opciones donde aparcar (y pernoctar) relativamente cerca del centro (unos 15/20 minutos andando) en los márgenes del río y dónde es habitual encontrar furgos y autocaravanas. Como siempre, cuando dormimos en ciudades procuramos ser lo más discretos posible (¡imprescindible el poty!).

No pretendemos escribir una guía exhaustiva de Oporto, tan solo recogeremos algunas direcciones que a nosotros nos encantaron.

1.- Adega de Sai Nicolau. A estas alturas quienes leéis este blog y seguís nuestras RRSS sabéis de sobra que nos pierde la comida. Nos hablaron de este restaurante y fue un acierto. Es imprescindible reservar dado que se trata de un pequeño y concurrido restaurante en Ribeira, es decir, la zona del río. Atención al pulpo rebozado.

2.- Seguimos comiendo. No se puede visitar Oporto y no probar la francesinha. Los viajes son para pasarlo bien y dejarse de ataduras o, en este caso, no pensar en las calorías. Hablamos de una auténtica bomba: un sándwich relleno de embutido (jamón, mortadela…) y carne (ternera o cerdo), cubierto con queso gratinado y con una salsa picante… por si fuera poco en algunos sitios ¡la sirven con huevo!. La lista de locales que anuncian preparar ‘LA MEJOR’ es infinita, pero nosotros recomendamos elegir cualquier tasca, por ejemplo, Churrasqueira Moura (Rua do Almada, 219-223). Una buena señal es que está hasta la bandera de locales.

3.- Más recomendaciones. Subir a la última planta del edificio situado en el número 178 de Rua de Passos Manuel y descubrir Maus Hábitos. Fue una casa okupa y, desde hace más de quince años, es uno de los locales con más rollo de la ciudad. Las vistas son muy especiales, combina restaurante, café y sala nocturna. Ah, y los camareros, al menos ese día, fueron encantadores. Las plantas de abajo siguen siendo un aparcamiento de coches.

4.- Alejarse de las tiendas gourmet de nuevo cuño y elegir las de toda la vida. En Rua do Bonjardim hay algunas de ellas especializadas en bacalao, quesos, vinos, café… A nosotros nos encantó, entre otras, O pretinho do Japao. Y volvimos cargados de latas de sardina, paté de bacalao y salmón, así como quesos buenísimos y pan para acompañar.

Además es de obligada visita el Mercado do Bolhao. ¡Impresionante!

Pese a haberse convertido en una ciudad, como decíamos, abarrotada de turismo, el encanto de Oporto reside en esa parte decadente que, por fortuna, todavía conserva. Mantened los ojos bien abiertos porque todavía es posible encontrar tiendas antiguas especializadas, por ejemplo, en escobas y cepillos. Eso sí, con cierto lavado de cara. Una muestra es Escovaria de Belomonte, fundada en 1927.

Nosotros huimos de las filas, de modo que no aguardamos ni accedimos a la archiconocida Librería Lello, inspiradora de algunos de los episodios de Harry Potter. No somos fans de los lugares llenos hasta la bandera ni tampoco del pequeño mago, aunque sabemos que es un espacio bellísimo porque estuvimos hace mucho tiempo.

5.- Pasear sin rumbo fijo, subir y bajar cuestas. Hacerlo aunque, como nos sucedió a nosotros, llueva a mares. En ese caminar impenitente conviene acercarse hasta la zona vertebrada por la calle Miguel Bombarda. Allí se concentran galerías de arte y multiespacio 100% interesantes.

Nos gustó mucho, por ejemplo, Early Made. Combina diseño, artesanía y moda 100% fabricados en Portugal. Además, tiene un patio al fondo en el que se puede tomar un café.

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(© Early Made)

A quienes les gustan las tiendas de moda y complementos vintage les recomendamos Patch Porto (Rua do Rosário, 193).

6.- Darse un atracón de azulejos. No dejar de visitar la Estación de Sao Bento y la Capilla de las Almas.

48 horas después, abandonamos Oporto para continuar ruta. Nos detuvimos en Aveiro, donde uno de nosotros pasó una noche en otra furgo hace tiempo. El recuerdo de esta localidad nada tenía que ver con el momento presente. Es decir, también plagado de turistas.

Huimos junto al mar. Dormimos en Praia Vagueira, donde hay plazas de aparcamiento especialmente reservadas para furgos y autocarvanas (sin servicios, pero junto al pueblo y a pie de playa).

A la mañana siguiente, tras hacer la compra en el mercado local (¡qué bueno es viajar con la nevera a cuestas!), regresamos a Madrid para evitar atascos.

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(© Unsplash)

Lo dicho, felices viajes en este nuevo año.

#nosinmifurgo
#keeprolling

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Volvemos a los Cotswolds.

¿Creíais que habíamos desaparecido? Casi, pero no. Tras nuestro regreso a España, a finales de agosto, no hemos tenido demasiado tiempo libre y éste lo hemos utilizado en lo que más nos gusta: viajar.

Cuando creamos este blog lo hicimos con el firme convencimiento de disfrutarlo, de no convertirlo en una obligación, pero también es cierto que echamos de menos compartir lo vivido en la isla de Arran, que visitamos justo antes de abandonar Escocia; nuestro viaje de vuelta a través de Inglaterra, Países Bajos, Bélgica y Francia; así como las últimas escapadas a Lisboa y a Oporto, justo hace unos días.

De momento y dado que la Navidad ha llegado, aprovechamos para compartir las fotografías que, justo hace un año, hicimos en Inglaterra, concretamente en la pintoresca zona de los Cotswolds, cuando nos dirigíamos al sur de Inglaterra, para tomar el ferry y volver a casa para comernos los turrones.

Tres son los pueblos que, al menos, os recomendamos visitar: Bourton on the water, Burford y Arlington Row, en Bibury.

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Si podéis hacerlo en la época navideña, descubriréis que por esos lares no se estilan los árboles de plástico ni los adornos artificiales. Todo lo contrario, se toman muy en serio lo de engalanar puertas y ventanas con plantas y frutos naturales.

 

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Si decidís visitar la zona en invierno, os recomendamos ir preparados para pasar un poco de frío, y llevar provisiones para las largas horas de oscuridad porque anochece realmente pronto. Para nosotros un par de libros y un par de series completas se convirtieron en indispensables en nuestros viajes invernales por Reino Unido, las horas de oscuridad se pueden hacer muy largas.

Aunque Inglaterra no es tan permisiva como Escocia en lo que se refiere a acampada, no tuvimos ningún problema en pernoctar en alguno de los parkings turísticos que hay en la entrada de los pueblos. Eso sí, la soledad hizo que alguno de nosotros (o alguna) sintiera cierta intranquilidad al principio de la noche.

 

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Hoy, volvemos a los Cotswolds, aunque solo sea con el recuerdo.

#keeprolling

Conducir por la izquierda… bye bye, Escocia!

Estamos de vuelta, y anunciamos que en las próximas semanas guardaremos silencio en el blog. Nos dedicaremos a lo que más nos gusta: viajar en furgo. Volvemos a España y creemos que nos merecemos hacerlo con un viajazo. Muy pronto, en sus pantallas…

Hemos vivido 11 meses en Escocia. Hemos sido felices. Lo hemos pasado mal. Y también muy bien.

Hemos conducido por la izquierda. Hemos aprendido que los escoceses aparcan en cualquier lugar por estrecha que sea la carretera o la calle.

Cuando volvamos a vivir a Madrid posiblemente seamos más pacientes, cedamos más el paso, y hagamos un gesto con la mano para mostrar nuestro agradecimiento a quienes nos dejen pasar primero. Intentaremos no tocar el claxon a la primera de cambio.

 

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También hemos observado que, mientras a nosotros no se nos ocurriría detenernos en el arcén de una autovía para descansar, aquí algunas personas lo hacen sin temblar. Teniendo en cuenta que apenas hay áreas de servicio, puede llegar a ser comprensible, pero nosotros nunca nos hemos detenido.

Hemos aprendido a conducir con los cinco sentidos, porque en medio de una vía de dos carriles por sentido te puedes encontrar un coche cruzando, o incorporándose por el carril más rápido.

Hemos comprobado que las carreteras de este país dejan mucho que desear, pero que pueden resultar muy divertidas. Algunas incluso parecen toboganes.

También hemos confirmado que el lenguaje y las imágenes contribuyen a configurar la sociedad, el modo en cómo vemos y entendemos la realidad.

Porque las mamás acompañan a los niños al cole, pero también lo hacen los papás.

 

Porque los ancianos, como los niños, también son personas vulnerables en una carretera.

 

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Por eso, en Escocia las señales de tráfico tienen en cuenta a mujeres, hombres, ancianos y a casi todo tipo de animales.

 

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Éste es un post de pocas palabras, pero sí de imágenes.  Es un resumen de lo visto durante 11 meses conduciendo por “el otro lado”. En breve, volvemos a la derecha.

 

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¡Bye, bye, Escocia. Te echaremos de menos!

¡Bye, bye, Escocia. Volveremos!

#nosinmifurgo
#keeprolling

Glasgow merece la pena. Mucho.

Nos resistíamos a escribir sobre Glasgow porque no la hemos visitado en furgo. Y no queremos que éste sea un blog sobre cualquier cosa; queremos que sea sobre nuestras experiencias conociendo, redescubriendo y disfrutando del mundo en nuestra VWT6. Si bien, en las últimas semanas hemos recibido varios correos de personas que quieren pasar las próximas vacaciones en Escocia. Casi ninguno había incluido Glasgow entre las paradas. Y eso es un gran error.

Ahora, no iremos de listillos. A nosotros también nos costó Glasgow. Fuimos en otoño, por motivos laborales y concluimos, así, sin pestañear, que no volveríamos, que no se nos había perdido nada allí. Sin embargo, una compañera, Catriona, no paró hasta convencernos y darle una segunda oportunidad. Ella sabía que estábamos equivocados.

A Glasgow, como decimos, no hemos ido ni dormido en la furgo. Nos han sugerido un posible lugar, en Park Circus, con unas vistas increíbles de Kelvingrove Park. Es una zona de viviendas, tranquila, y entendemos que es mejor ser discretos, no subir el techo, etc.

Glasgow resulta interesante por múltiples razones. Contamos parte de ellas en el blog Cardamomoyclavo. Pero tenemos, al menos, seis más.

1.- Mackintosh walking tour.
Tenemos muy claro que la mejor forma de conocer una ciudad es quemando zapatilla. Caminando con y sin rumbo. ¡Así la cerveza de última hora sienta mejor!

Nos gustan los tours gratuitos que hemos experimentado en primera persona: Berlín, Londres, Ámsterdam y Dublín, entre otros. Los hemos encontrado mejores y peores, pero en nuestra opinión son una opción a tener en cuenta. ¡Por favor, nunca hay que ser tacaño con los/as guías!

Además, cada vez en más lugares es posible unirse a una visita guiada temática. Por ejemplo, el Mackintosh walking tour promovido por la Glasgow School of Arts.

Se haga o no el tour, es un lugar que hay que visitar. En 2014, el edificio original sufrió un grave incendio y está en obras. Justo en frente, en la ampliación, existe una pequeña sala que muestra las obras de remodelación y la trayectoria de algunos insignes alumnos como Charles Rennie Mackintosh. Además, tiene una tienda con objetos de diseño de esos que quieres todos.

La escuela es el punto de partida (y de llegada) del recorrido que muestra las obras más relevantes del arquitecto escocés y de sus coetáneos. Es un paseo muy agradable, de unas dos horas y media. Merece mucho la pena. Los guías son alumnos y transmiten con pasión sus conocimientos. Se precisa, eso sí, un buen nivel de inglés. Precio: 19,50 £.

2.- The Lighthouse.
No, no existe un faro en el centro de Glasgow. Es un edificio proyectado por Mackintosh en 1895, junto a las imprentas del Glasgow Herald. De hecho, su función era la de depósito; es decir que contenía agua para responder con rapidez ante un posible incendio en la rotativa. El fuego es una de las obsesiones de los escoceses.

Ahora es un centro didáctico sobre arquitectura y diseño.

Que nadie se eche atrás ante sus 134 escalones. No nos inventamos el número, nuestra amiga, Sandrine, tuvo a bien contarlas. Las vistas compensan el esfuerzo. Creednos. La entrada es gratuita.

3.- Kelvingrove.
Como en muchas otras ciudades, Glasgow está creciendo y si se quiere conocer su verdadera esencia y lo que está en boga, hay que moverse más allá del centro. En el oeste, se encuentra, por ejemplo, Kelvingrove.

Inaugurado en 1901, es uno de los museos más interesantes de Escocia y el parque que lo rodea es perfecto para un picnic. Es aconsejable visitarlo con tiempo y puede ser una buena propuesta en un día gris, de lluvia, en el que se busca refugio. El edificio es una joya. Esas lámparas. Ese órgano.

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Nos gustó el apartado dedicado a Mackintosh y a su esposa, Margaret Macdonald. Ella también fue una artista muy relevante dentro del movimiento Glasgow Style, durante la década de 1890. De ella, su compañero dijo que tenía genio, mientras que él solo tenía talento.

Pero si hubo una instalación que captó toda nuestra atención fue la firmada por Sophie Cave: Floating Heads. Se compone de más de 50 cabezas, creemos que es la misma, pero cuyos rasgos denotan diferentes emociones. Es hipnótica. Y con el cambio de la luz resulta fantástico.

 

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Sin olvidar que Kelvingrove alberga la archiconocida obra de Dalí: Cristo de San Juan de la Cruz. Es un lienzo controvertido que ha sido atacado en dos ocasiones, pero por fortuna, hoy sigue a la vista de quien quiera contemplarlo.

La entrada también es gratuita.

4.- Riverside Museum.
El río Clyde fue y sigue siendo clave en la vida de la ciudad. Los astilleros han vivido un lavado de cara y una buena muestra es un edificio tan espectacular como el Riverside Museum, que alberga la colección del antiguo Museo del Transporte.

No podía ser menos teniendo el sello de la afamada arquitecta egipcia Zada Hadid. En España, por ejemplo, dejó su impronta en la bodega riojana R. López de Heredia, en Haro. Que también recomendamos visitar y no solo por el buen vino. (Nos tira mucho La Rioja).

En el museo se puede visitar una recreación de las calles del Glasgow del siglo XIX, incluyendo un pub, el metro… y con numerosas referencias a los movimientos obreros que han convertido a esta ciudad en icono de la lucha por los derechos de los trabajadores.

5.- Pollock Country Park.
Se podría afirmar que Escocia es en sí misma un parque gigante. En los pueblos y ciudades existen infinidad de jardines, huertos y otros espacios verdes. Los hay más o menos grandes; y más o menos a la vista de todos. En el sur de Glasgow, por ejemplo, se encuentra Pollock Country Park.

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Es, en nuestra opinión, una maravilla para quienes disfrutan caminando y contemplando la naturaleza. Caminar, correr, ir en bici… Solos, con niños, acompañados por el perro. Es una gozada.

6.- House for an Art Lover.
Otra buena pista, situada también en las afueras, es House of an Art Lover. Es un inmueble que recrea diseños de la pareja artística formada por Mackintosh y Macdonald. No son piezas originales, pero no importa.

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La historia cuenta que, en 1901, juntos participaron en un concurso, promovido por una revista alemana de diseño. Debían proyectar una casa para los amantes del arte. Debían respetar las dimensiones de las diferentes habitaciones, las escaleras y el presupuesto.

Ellos cumplieron los requisitos, convencieron a los jueces por el colorido y singularidad de la casa, si bien, un pequeño trámite a la hora de entregar imágenes de los interiores les dejó fuera de la competición. Y su proyecto se quedó en eso: en el papel, en los planos, en los dibujos y bocetos.

Asi fue hasta que en 1989 alguien alumbró la maravillosa idea de construirlo. En 1996 abrió al público.

Un último apunte, si es la hora del almuerzo, el café ofrece un menú equilibrado (nada de fish&chips) y con un buen precio. Nosotros lo probamos y nos encantó.

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North Coast 500, la ruta de las Highlands (II): Ullapool-Plockton.

Hay mil maneras de viajar y mil modos de afrontar un viaje. Viajar está relacionado con la actitud que cada uno tenemos ante la vida. Viajar tiene que ver mucho con lo vivido. Viajar es subjetivo. Lo que para nosotros no merece la pena, quizá para ti suponga una gran experiencia.

En las últimas semanas nos han escrito varias personas interesadas en viajar a Escocia. Durante un año de vida en este país, hemos tenido la suerte de comprobar que merece ser recorrido de principio a fin. Fuera de las rutas turísticas guarda sorpresas maravillosas. A nosotros, por ejemplo, nos parece que la Isla de Skye está sobrevalorada o que por Inverness se puede pasar de puntillas. Es, como decimos, una opinión.

Pero bueno, vayamos al lío. Porque tenemos pendiente rematar el viaje que nos llevó por las Highlands, siguiendo la North Coast 500. Recordarlo supone, de algún modo, volver a sentarnos en nuestra VWT6, acariciar el volante, acelerar, cambiar de marchas y sumar kilómetros.

Tras el festival de folk de Ullapool, en el mismo bar en el que bebimos y escuchamos música en directo, tomamos un café para despejarnos tras pasar una noche tranquila y despertarnos mirando al mar en el camping del pueblo. En la barra, coincidimos con un señor que nos recomendó dirigirnos a Applecross. “Hacerlo por el simple placer de conducir”, nos dijo. Así que hacia allí pusimos rumbo. Él estaba en lo cierto.

Por la ruta coincidimos con atrevidos ciclistas y con apasionados del volante probando cochazos (Ferraris y Lamborghinis) a los que, por cierto, no les debía preocupar ni arañarlos, ni los bajos, ni… las carreteras de la North Coas 500 son más aptas para todoterrenos y furgos que para deportivos.

ciclistas
Nos paramos, una y otra vez, para tomar fotos y soltar un ‘esto es increíble’ detrás de otro.

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Applecross está en la península de Wester Ross. Es un municipio minúsculo al que se puede llegar recorriendo la costa por la carretera que sale de Shielding, o directamente cogiendo un desvío que sale a la derecha de la A896 tras pasar el café Bealach, que está a pie de carretera.

Nosotros no disponíamos de mucho tiempo y, siguiendo las recomendaciones de algunos lugareños, nos decantamos por la segunda opción.

Esta carretera es una de las más altas de Gran Bretaña, y son unas 11 millas (18 km) de curvas y pendientes increíbles, con unas vistas impresionantes de la bahía de Raasay y de la Isla de Skye. Aquel día lucía un sol maravilloso, pero arriba, quedaba nieve. Y la temperatura era sensiblemente inferior.

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Posiblemente sea la carretera más espectacular que hemos recorrido. También nos encantó, digamos, la meta: Applecross. Apenas son unas casitas y un pub con muy buena fama.

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Nos quedamos con las ganas de aparcar la casa, tomar asiento en la terraza y pedir una ale y algo de comer.

No lo hicimos. Eso vendría después en el lugar en el que decidimos dormir: Plockton. Porque nosotros, como dijimos en la primera entrada, no regresamos a Inverness. Es decir que no completamos la ruta circular.

Plockton es uno de nuestros rincones favoritos de Escocia. Que nadie busque grandes monumentos o edificios. Está compuesto por unas casas, un par de hoteles, un pub, una calle principal con varias palmeras y una isla diminuta justo en frente.

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Cenamos (y muy bien) en el Hotel Plockton y nos tomamos varias cervezas, gin tonics y algún Talisker en el pub del pueblo. No recordamos el nombre, pero sí que fue una noche divertida.

Desde la barra, comprobamos cómo les gusta la fiesta a los escoceses. Al fondo del local había un grupo, grande y variopinto, gente joven y más mayor. Todos bebían, bebían… La curiosidad nos pudo e interrogamos al camarero. Se trataba del tercer día de celebración de una boda. ¡El tercero!

El camarero quiso saber de qué parte de España éramos. Para resumir, respondimos que de Madrid. Y él nos explicó que su novia es de una ciudad muy pequeña llamada Teruel. Entonces le confesamos que, por sangre y por emociones, somos aragoneses. Lo freímos a preguntas para saber cómo una chica de Teruel había terminado viviendo en ese rincón tan apartado (pero bonito) de Escocia. ¡Nos encantó que dijera lo bueno que está el jamón de Teruel!

En Plockton hay un parking junto a unos baños públicos. Hay un cartel que prohibe pernoctar, pero nosotros no lo vimos hasta la mañana siguiente (ejem…) y casi podemos enterder el porqué del cartel.

Junto a nosotros aparcó una autocaravana con dos parejas y un perro. Ellos también estuvieron bebiendo en el pub, aunque no eran parte de la boda. Por la mañana, se pasearon por el parking en pijama y albornoz con toda la calma del mundo. Usaron el baño público como el de su casa, neceseres gigantes incluidos. Luego, todavía en pijama, sacaron la mesa y las sillas ocupando plazas de aparcamiento, y enlazaron un té con otro. Además, vaciaron allí mismo el depósito de aguas grises. Y nosotros: a-lu-ci-na-dos.

No, eso no está bien. Como hemos dicho otras veces, defendemos el camping libre y el derecho a pernoctar dentro de nuestra furgo allá donde esté permitido aparcar, pero no nos extraña que ante comportamientos así algunos municipios limiten las plazas para pernoctar o, directamente, lo prohiban.

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Como furgoneteros creemos que hay prácticas que nos dejan en un mal lugar. Y ésta, la de convertir un pueblito encantador en un camping, es una de ellas. ¿Qué opináis?

Ya de bajada hacia el sur, nos detuvimos en el famoso (y lleno de turistas) castillo Eilean Donan.

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También paramos un ratito en Loch Lomond, el lago más grande de Escocia, que nosotros hemos tenido la suerte de recorrer a pie y que recomendamos visitar. Sí, porque puestos a elegir, Loch Ness también nos parece sobrevalorado.

Pero viajar y disfrutar de la experiencia, como dijimos, es algo personal.

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North Coast 500, la ruta de las Highlands (I): Inverness-Ullapool.

Antes de contaros nuestro viaje por la North Coast 500, hemos de decir que al iniciar este blog pretendíamos publicar un artículo cada viernes. La vida y sus circunstancias son caprichosas y exigentes, y nosotros no damos más de sí. Si algo deseamos es divertirnos y compartir este otro estilo de vida, el furgonetero. Dicho esto, escribiremos sin presiones. Dicho esto, nos subimos en nuestra T6 porque, ahora sí, empieza el viaje.

Durante la primera semana de mayo recorrimos la llamada “Route 66 escocesa”. En cinco días, sumamos más de 1.700 kilómetros y disfrutamos como hacia tiempo del hecho de conducir. Apenas hicimos otra cosa que eso a lo largo de carreteras muy estrechas, llenas de curvas y de “passing place”, es decir, de pequeños huecos en los que orillarse y dejar pasar a otro vehículo. En algunos momentos, confesamos que las pasamos canutas.

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Aunque para furgoneteros habituados a viajes largos 1.700 kilómetros en 5 días no son mucho… hay que tener en cuenta que en algunos tramos de la North Coast 500 se puede tardar hasta 1 hora en recorrer poco más de 15 kilómetros. Sin duda, esta ruta se merece hacer el viaje con calma y dedicarle al menos 5 días sólo a esas 500 millas (805 kilómetros).

Conducir despacio por esas carreteras permite disfrutar de los montes típicos del país, llamados munros, de los humedales cubiertos de vegetación que los rodean y del olor de la turba que se intuye en las profundidades.

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Para quienes se animen a recorrer esta ruta, es muy importante prestar atención a los pasos canadienses (“Cattle grid”). Aparecen de repente, no siempre están señalizados y pasar rápido sobre ellos supone que toda la furgo empiece a vibrar escandalosamente. Y claro, hay que prestar mucha atención a todo tipo de animales que los frecuentan. Y no solo hablamos de ovejas y vacas.

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La ruta comienza y concluye en Inverness. Nosotros no regresamos al punto de partida porque vivimos en el sur del país y no contábamos con demasiados días. Tomamos un desvío y conocimos un pueblo maravilloso: Plockton. Pero esto lo contaremos en la próxima entrada; hoy nos quedamos con la primera parte del viaje.

En nuestra opinión, Inverness se merece una visita, pero sin invertir demasiado tiempo en ella. Hasta llegar allí, condujimos durante tres horas desde casa. Para dormir buscábamos un parking que nos habían recomendado nuestros colegas de The Orange Pumpkin Travels junto al río; pero era muy tarde para andar dando vueltas, así que aparcamos en el parking del “Inverness Leisure“. Es un sitio tranquilo, pero la actividad del centro comienza temprano y hay algo de movimiento (a nosotros no nos molestó). Para quienes prefieran dormir en camping, hay uno junto al “Inverness Leisure” desde el que se puede acceder fácilmente a la ciudad.

Por la mañana, visitamos la catedral, nos acercamos al castillo y callejeamos. Lo dicho, es el punto de partida pero lo bueno está por llegar, así que merece la pena ponerse en marcha.

Y así, sin prisa pero sin pausa, llegamos a uno de los puntos míticos en el recorrido: John o’ Groats. Situado en el extremo norte de las tierras altas. Es algo así como el Finisterre escocés, y multitud de personas se acercan por aquello de sentirse en el final de la tierra. Desde allí se divisan las impresionantes Islas Orkney.

El punto más septentrional de Gran Bretaña es Dunnet Head, y hasta él fuimos. Por algún extraño motivo, a uno de nosotros le hacía especial ilusión ser la persona que se encontraba más al norte de toda la isla.

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En Dunnet Head hay un faro y restos de lo que durante la Segunda Guerra Mundial fue un campamento militar. Hoy queda una gran huella de él en forma de bunkers y polvorines.

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Recorrer la North Coast 500 brinda la oportunidad de visitar bellísimas playas.

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En una de ellas, encontramos un trozo de madera que queremos que nos ayude a recordar estos meses de vida escocesa.
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Las tierras altas están al margen del ruido y, aunque nos habían dicho que encontraríamos multitud de turistas, apenas nos encontramos con unos cuantos. La segunda noche la pasamos junto a una entrada de mar. Tras pasar el pueblo de Tongue la carretera discurre sobre un dique y, nada más cruzarlo, a la derecha sale una carretera hacia Talmine. Unos 500 metros más allá, a la derecha, hay una esplanada perfecta para aparcar y pasar la noche. Sólo un pequeño inconveniente en esa época del año… ¡los pájaros se despiertan y cantan con los primeros rayos de luz, es decir, a las 4.30 de la mañana!

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Admitimos que no preparamos el viaje con antelación. En la oficina de turismo de Inverness nos entregaron un mapa y nos dejamos guiar por el consejo de diferentes personas. Por ejemplo, la dueña del restaurante The Shorehouse, justo frente a la isla de Handa, que es reserva natural y a la que se puede acceder en un barquito. En su pequeño establecimiento, disfrutamos de las cigalas que su padre había pescado esa misma mañana (no recordamos el precio exacto, pero no nos pareció caro y, en cualquier caso, se puede consultar la carta en el exterior del local).

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cigalas

Cargadas las pilas pusimos rumbo a Ullapool. Deteniéndonos aquí y allá, y conduciendo sin prisa. Claro, que las carreteras tampoco permiten pisar demasiado el acelerador.

En este pueblo costero, que no somos capaces de pronunciar y cuyas sílabas cambiamos de posición continuamente, dormimos en el único camping que existe (20£ furgo y dos personas). Muy recomendable si hay que darle un “repaso” a la furgo: dispone de puntos de electricidad, lugar de vertido de aguas grises y negras, grifos y mangueras para cargar agua, etc. Duchas y baños limpios y, algo a tener muy en cuenta en un país en el que todo cierra entre las 5 y las 6 de la tarde, si se llega cuando la recepción está cerrada se puede entrar, dormir, y al día siguiente pasar a pagar.

Una vez más la suerte estuvo de nuestro lado… y coincidimos con la celebración de un festival de folk. Así que, una vez más, nos dedicamos a recorrer los pubs del pueblo disfrutando de buena música y cerveza.

Próximamente, North Coast 500, capítulo segundo. Desde Ullapool a Plockton.

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